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Nadie es profeta en su tierra

Cuando Jesús decidió visitar su tierra, al poco tiempo de haber iniciado su ministerio terrenal, fue todo un acontecimiento para la aldea de Nazaret

     Cuando Jesús decidió visitar su tierra, al poco tiempo de haber iniciado su ministerio terrenal, fue todo un acontecimiento para la aldea de Nazaret. Todos le conocían desde pequeño, y por eso les asombraba cada vez más, escuchar los relatos de los milagros y señales que se decían acerca de Él. Les parecía casi increíble imaginar que un joven que se había criado entre ellos, y al cual muchos de ellos le habían encargado trabajos de carpintería, fuera ahora reconocido como un rabino y un hacedor de milagros.
    Por eso, aquel día de reposo en el cual Jesús se presentó en la sinagoga de Nazaret, inmediatamente fue recibido y se le concedió el honor de leer el pasaje de la Escritura correspondiente a ese día. Todo iba bien hasta que, al terminar la lectura, Jesús dijo “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
     Estas palabras escandalizaron inmediatamente a sus oyentes, porque no había lugar a confusión alguna: Jesús estaba declarando abiertamente que Él era el ungido o enviado de Dios para hacer toda clase de bien: sanar enfermos, echar fuera demonios, vendar a los quebrantados de corazón y abrir la prisión de los encadenados. Todos ellos sabían que esa misión sólo correspondía a un enviado al que llamarían Mesías, y por ningún lado cabía en sus mentes la posibilidad de que Jesús de Nazaret fuera el Mesías, por la sencilla razón de que a Él lo conocían bien.
     Curiosamente, no había entre ellos persona alguna que pudiera hablar mal de Jesús; muchos de ellos le habían encargado trabajos de carpintería y todos tenían que reconocer que Él les había hecho un excelente trabajo, y a un precio justo, sin retrasos ni fraude alguno. También era ampliamente conocido como un joven respetuoso de sus padres y de los demás, y no se le había relacionado con ningún tipo de incidente de desobediencia o mal ejemplo durante los años de su adolescencia y juventud, y vaya que en Nazaret las noticias corrían muy pronto de boca en boca.
     Por otro lado, el joven Jesús siempre había mostrado un corazón enamorado de Dios y una sensibilidad muy especial hacia las necesidades de los demás. En pocas palabras, aunque nadie podía hablar palabra alguna en contra de Él, por otro lado les escandalizaba que ese joven se atreviera a proclamarse el Mesías salvador de Israel. El triste desenlace de este episodio, es que la gente no sólo no creyó en sus palabras, sino que incluso trataron de matarlo en ese mismo momento, a pesar de que recién habían terminado su reunión en la sinagoga.
     Con este hecho, la gente de Nazaret lo perdió todo: no pudieron ver los milagros que Jesús acostumbraba realizar, no pudieron escuchar sus maravillosas enseñanzas, y no recibieron las acciones que el Mesías quería realizar entre ellos, tales como sacar demonios, sanar enfermos, vendar corazones quebrantados y abrir las prisiones espirituales de la gente. Esa pobre gente de Nazaret regresó a su casa enojada con Jesús, y en la misma pobreza espiritual con la que había llegado a la sinagoga.
     ¿Cuál es la moraleja? Que no nos suceda a nosotros lo mismo, que al acercarnos a Jesús, dejemos que los prejuicios o nuestro egoísmo nos priven de escuchar verdaderamente sus palabras, de recibir el beneficio de sus buenas obras, o que dejemos de reconocer a Jesús como nuestro único y suficiente salvador.

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
 
 

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