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Muy cercano al paraíso

El ser humano traicionó el plan divino, y entonces el paraíso de paz, felicidad y prosperidad en el que vivía, se trocó en un mundo hostil

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios”. Esta afirmación de la carta a los Romanos 8, 14, da mucha luz para  comprender la realidad de nuestro mundo de hoy y sus causas.

El mundo fue creado por un Ser infinitamente poderoso y sabio; eterno e inmortal, el que igualmente le dio vida al ser humano, y por lo tanto infinitamente superior a éste. Ese ser se ha revelado como “Yo Soy el que Soy”, al que llamamos Yavéh o Dios en nuestro idioma.

Como Creador, Dueño y perfecto conocedor de su creación, especialmente de su obra culmen que es el propio ser humano, diseñó un plan para él, le dio una misión, los medios y herramientas para cumplirla, así como los lineamientos o mandamientos para comportarse y poder desarrollarse conforme a Su plan, con el fin de que el humano se esfuerce y trabaje obedientemente, conforme a sus mandatos; y por lo tanto  sabe a la perfección cuáles son sus capacidades, sus talentos, sus carismas, y de lo que es capaz, así como sus necesidades y requerimientos para lograr su mision. Todo ello respetando total y absolutamente la libertad que Él le dio al crearlo, don que lo caracteriza, entre otros, como el ser espiritual y trascendente que es.

El ser humano traicionó el plan divino, y entonces el paraíso de paz, felicidad y prosperidad en el que vivía, se trocó en un mundo hostil en el que había que trabajar para lograr el sustento; quedó expuesto a los peligros y realidades que su propia naturaleza caída, el mundo en el que está inmerso y su Enemigo acérrimo, el diablo, ante los cuales, él solo no podría superar, mucho menos cumplir su misión para alcanzar la meta final de salvación.

Sin embargo, aunque lo merecía, Dios no dejó al ser humano solo, a su suerte, sino que fiel a su promesa envió a su Hijo, quien al encarnarse, vivir su vida haciendo el bien y enseñando el camino de salvación; muriendo por ser coherente con su enseñanza de la Verdad, y resucitando glorioso, le ganó la reconciliación con Dios, recuperando la amistad con Él y, sobre todo, la posibilidad de alcanzar el nuevo paraíso: el Cielo.

Cuando Jesucristo retorna al Padre, envía desde su seno al Espíritu Santo para que continuara Su obra, y capacitar al ser humano para vivir conforme a sus designios originales, que contemplan la instauración de su Reino, un reino de amor, justicia, verdad, gracia, perdón y paz. Reino que es posible siempre y cuando éste acepte dichos designios y vivir como un verdadero hijo de Dios.

Y para ello es indispensable que el ser humano se deje guiar por el Espíritu de Dios, el cual recibió desde el Bautismo, para lo que requiere humildad, docilidad, obediencia y dependencia de Él. Si todos los que creemos en Cristo viviéramos un perenne Pentecostés, es decir, abiertos a una continua efusión de Él, nuestro mundo sería algo muy cercano al paraíso.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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