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¿Mucho amor o poco amor?
La aparente piedad y el profundo sentido religioso de Simón le hacían creer que su posición ante Dios era la correcta
¿Ama usted a Dios? Y en el caso de que lo ame…¿cuánto lo ama? La pregunta no es fácil de responder, porque la mayoría de la gente tiene a decir que ama a Dios, pero no puede cuantificar cuánto lo ama. Algunos dirán que “mucho”, o que “más o menos”, pero lo verdad es que no existe un aparato que nos ayude a medir la cantidad de amor que podemos tener por alguien.
Jesús dijo que las personas tienden a amar a Dios en la medida de que estén conscientes de que han sido perdonadas por Él. El punto no es tanto si Dios les ha perdonado mucho o poco (en realidad, todos necesitamos MUCHO en cuanto al perdón de Dios), sino más bien es tener la consciencia de que Dios nos ha perdonado.
En la lectura del evangelio del día de hoy, los personajes principales aparte de Jesús eran un fariseo llamado Simón, y una mujer identificada simplemente como pecadora. Ambos tenían su reputación muy bien ganada: Simón era un excelente observante de la Ley, un hombre educado y profundamente interesado en la religión, al grado de haberse identificado con el grupo más piadoso de su época, y una mujer cuya conducta era tan grotesca y vulgar que ni siquiera merecía ser llamada por su nombre, y simplemente era conocida como una mujer pecadora.
Sin embargo, ante los ojos de Jesús, ambos estaban desesperantemente necesitados del perdón de Dios, sólo que uno de ellos pensaba que no era así. La aparente piedad y el profundo sentido religioso de Simón le hacían creer que su posición ante Dios era la correcta y que no necesitaba tanto perdón como los pecadores de su ciudad. De hecho, y aunque Simón invitó a Jesús a comer a su casa, lo trató con una profunda descortesía y no poco menosprecio: no ordenó que lavaran sus pies, no le recibió con un beso y no mandó que le ungieran con aceite, cosas que eran obligadas cuando se quería honrar a un invitado. Todo parece indicar que la invitación de Simón tenía más bien la intención de conocer (y poder juzgar) a Jesús.
En medio de su orgullo y autosuficiencia, Simón no se daba cuenta de que estaba ante el hombre perfecto, el Hijo de Dios, quien conocía totalmente la profundidad del corazón humano y que era capaz de ver todos sus pecados. Una mirada de Jesús bastaba para desnudar el alma y confrontar a todos con su realidad, pero aquellos que interponían su propia justicia, a menudo acababan rechazando las enseñanzas de Jesús.
La mujer pecadora también necesitaba desesperadamente el perdón de Dios. Había arruinado su vida de todas las formas posibles y ya estaba enfrentando las consecuencias de sus actos. Eso mismo le llevó a buscar a Jesús y atreverse a entrar a una casa de donde la iban a correr en cuanto la descubrieran. Si esta mujer era rechazada aún en lugares públicos, con mayor razón lo sería en la casa de un fariseo. Con todo, en su desesperación se postró a los pies de Jesús, y los lavó con sus lágrimas y los ungió con aceite. Esta mujer hizo las tres cosas que Simón no hizo: besó a Jesús, lavo sus pies y lo ungió con perfume. ¿Era posible que por esto Jesús la perdonara? No, porque Dios no perdona en base a lo que hacemos, sino en base a nuestro arrepentimiento y a nuestra fe de que Jesús ha pagado por nosotros, pero con su actitud, la mujer estaba demostrando verdadero arrepentimiento y verdadera fe.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Jesús dijo que las personas tienden a amar a Dios en la medida de que estén conscientes de que han sido perdonadas por Él. El punto no es tanto si Dios les ha perdonado mucho o poco (en realidad, todos necesitamos MUCHO en cuanto al perdón de Dios), sino más bien es tener la consciencia de que Dios nos ha perdonado.
En la lectura del evangelio del día de hoy, los personajes principales aparte de Jesús eran un fariseo llamado Simón, y una mujer identificada simplemente como pecadora. Ambos tenían su reputación muy bien ganada: Simón era un excelente observante de la Ley, un hombre educado y profundamente interesado en la religión, al grado de haberse identificado con el grupo más piadoso de su época, y una mujer cuya conducta era tan grotesca y vulgar que ni siquiera merecía ser llamada por su nombre, y simplemente era conocida como una mujer pecadora.
Sin embargo, ante los ojos de Jesús, ambos estaban desesperantemente necesitados del perdón de Dios, sólo que uno de ellos pensaba que no era así. La aparente piedad y el profundo sentido religioso de Simón le hacían creer que su posición ante Dios era la correcta y que no necesitaba tanto perdón como los pecadores de su ciudad. De hecho, y aunque Simón invitó a Jesús a comer a su casa, lo trató con una profunda descortesía y no poco menosprecio: no ordenó que lavaran sus pies, no le recibió con un beso y no mandó que le ungieran con aceite, cosas que eran obligadas cuando se quería honrar a un invitado. Todo parece indicar que la invitación de Simón tenía más bien la intención de conocer (y poder juzgar) a Jesús.
En medio de su orgullo y autosuficiencia, Simón no se daba cuenta de que estaba ante el hombre perfecto, el Hijo de Dios, quien conocía totalmente la profundidad del corazón humano y que era capaz de ver todos sus pecados. Una mirada de Jesús bastaba para desnudar el alma y confrontar a todos con su realidad, pero aquellos que interponían su propia justicia, a menudo acababan rechazando las enseñanzas de Jesús.
La mujer pecadora también necesitaba desesperadamente el perdón de Dios. Había arruinado su vida de todas las formas posibles y ya estaba enfrentando las consecuencias de sus actos. Eso mismo le llevó a buscar a Jesús y atreverse a entrar a una casa de donde la iban a correr en cuanto la descubrieran. Si esta mujer era rechazada aún en lugares públicos, con mayor razón lo sería en la casa de un fariseo. Con todo, en su desesperación se postró a los pies de Jesús, y los lavó con sus lágrimas y los ungió con aceite. Esta mujer hizo las tres cosas que Simón no hizo: besó a Jesús, lavo sus pies y lo ungió con perfume. ¿Era posible que por esto Jesús la perdonara? No, porque Dios no perdona en base a lo que hacemos, sino en base a nuestro arrepentimiento y a nuestra fe de que Jesús ha pagado por nosotros, pero con su actitud, la mujer estaba demostrando verdadero arrepentimiento y verdadera fe.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com