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Mira que el Señor va a venir

'Vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan'

    Continúan el gozo y la esperanza en este segundo domingo de Adviento.
La liturgia es anuncio de un acontecimiento ya próximo, e induce a preparar los ánimos y disponerlos bien, ante todo una fuerte espitritualidad con motivo de la Navidad.
     Dos heraldos salen al encuentro de las multitudes y a voz en cuello, para que a todos llegue, anuncian, movidos por una divina inspiración, la llegada del Mesías, del Cristo.
     El primero es Isaías. Un día, siendo apenas un joven de 10 años, en el templo de Jerusalén fue sacudido por terrible trance y tuvo la primera inspiración: vio la gloria de Dios y abrió sus labios para profetizar.
     Era hijo de Amós, de estirpe real, y durante cuarenta años dejó oír su voz profetizando en los reinados de Ozías, Ezequías y Manasés. A este último no le agradaron los mensajes de Isaías, lo quiso matar y lo tuvo prisionero.
     Es Isaías el primero --del siglo séptimo antes de Cristo-- y el más célebre de los cuatro profetas mayores. Su obra es importante, por su extensión en sesenta y seis capítulos y por la profundidad de sus revelaciones.

“Vino la palabra de Dios
en el desierto sobre Juan”

     Un hombre en la plenitud de su vigor, soportando las inclemencias del desierto, vestido con una piel de camello y ceñida ésta a la cintura con una correa, lanzó el grito: “¡Preparen los caminos del Señor!”.
     Era Juan, hijo de Zacarías --sacerdote en el templo de Jerusalén-- y de Isabel, una pareja a quienes Dios alegró con el regalo de traer un hijo a la vida cuando ya eran viejos. Al hijo, Juan, le fue confiada la misión de ser el último profeta del Antiguo Testamento, y el primero y el último del Nuevo Testamento, porque al aparecer en la tierra el Verbo de Dios, ya en adelante sería Jesús la única Palabra, Dios mismo, Verdad, Luz y Vida.
     Juan aceptó su responsabilidad de ser el precursor, el heraldo ya cercano, muy cercano a la llegada del Rey. Notas significativas singulares: Juan Bautista primero lo anunció; luego movió a las multitudes a arrepentirse de sus pecados y, como señal de arrepentimiento, recibir un bautismo purificador; luego, no sólo anunciar a Jesús, sino señalarlo con el dedo y afirmar: “Ese es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo”; y por último declarar que él, Juan, sólo era la voz, que luego vendría quien era la Palabra, y desapareció para dejar todo el espacio a Cristo, y hacia él envió a sus propios discípulos.    

“Ha resonado la voz en el desierto”

     Juan el Bautista no tiene otra misión sino la de continuar y concluir lo mismo que anunciaron los otros profetas, y por ello su mensaje es el mismo que el del profeta Isaías y así exhorta: “Preparen el camino del Señor”.
    Ahora, a los cristianos en este año 2009, se les dirige la misma exhortación; a los que andan más preocupados por la influenza y el dengue; a los que ya no son fieles seguidores del campeón de futbol, porque ya no están en la cumbre los equipos de Jalisco, pero sí están enajenados por los medios masivos de comunicación, en particular por la televisión, que les ahorra el esfuerzo de pensar y los convierte en autómatas, en fieles seguidores a veces de razones y las más de sinrazones, modas, ondas y todas las vanidades que tiene el mundo para seducir.
     A estos apresurados o adormilados por el ritmo del siglo XXI que es superficialidad, les dice que despierten y que deben prepararse para una Navidad distinta y, siguiendo las pautas de los ingenieros de caminos:

“Hagan rectos sus senderos”

     En el lenguaje del pueblo dicen “esto está muy chueco”, refiriéndose a sus negocios, o “aquel anda chueco”en su matrimonio; o a la inversa, “este es muy recto en todo”.
     La rectitud, como virtud humana, es compendio o suma de otras virtudes: es fidelidad a las propias convicciones; es autenticidad, ser uno mismo; una adecuación entre lo que se piensa y se dice y lo que se debe hacer; es apertura para enfrentarse sin repliegues a lo ordinario y a lo accidental; es la virtud que quieren ver todos los ciudadanos en sus gobernantes.
     Ha de ser la virtud de los cristianos auténticos; es la virtud que se ha de cultivar en la preparación al camino derecho, no torcido, para encontrar a Cristo.

“Todo valle será rellenado”

     Las virtudes no son carencia, sino plenitud. No es virtuoso el que no hace el mal, sino el que practica el bien; no es el o la que adorna su cuerpo con joyas y ricas vestiduras, sino quien adorna el alma con buenas obras.
     Al Papa Juan Pablo II le preocupaba ver a muchos jóvenes ansiosos de dinero, placer, sexo, poder, fama, que a veces eran meras marionetas manipuladas por los que predican contravalores, y escribió: “En una sociedad secularizada que ha perdido el sentido de lo sagrado y de la moralidad, hay una urgente necesidad de educar en los valores religiosos”,
     Esos son los huecos y las carencias por los que hay ignorancia y por el poco interés hacia los temas espirituales. La Navidad puede ser una ocasión para interesarse por algo más arriba de las cosas materiales.

“Toda montaña y colina será rebajada”

     De los siete pecados capitales --así llamados porque cada uno es cabeza de otros vicios--, la soberbia es el peor. Es una pasión con secuelas terribles: ciega a sus víctimas, les da una falsa visión de sí mismos y las engaña haciéndoles sentir que son muy grandes, muy sabios, muy poderosos.
Esas son las falsas montañas que hay que rebajar. La soberbia es sumamente peligrosa, porque es mentira, es falsedad.
     Se opone a este vicio una de las más bellas virtudes: la humildad. Cristo es el modelo perfecto de esta virtud: Dios omnipotente, al tomar la naturaleza humana es el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.
     Juan el Bautista toma el mensaje de Isaías, lo hace suyo y lo ofrece al pueblo judío; la Iglesia toma una vez más en este Adviento ese mismo mensaje, y anhela que los cristianos de ahora escuchen, despierten, acepten y pongan en práctica esas normas, para que acaben diciendo las mismas palabras de Isaías: “Y todos los hombres verán la salvación de Dios”.

Pbro. José R. Ramírez        
           

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