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Medidas infecciosas
Mientras convalecía me enteré de diversos y numerosos casos de gripas, catarros, enfriamientos, bronquitis, pulmonías y hasta de una neumonía
GUADALAJARA, JALISCO (14/FEB/2016).- Durante estos días y supongo que a consecuencia de los fríos que pasé durante una breve visita a Zacatecas, enfermé. Nada grave: la habitual gripa de principios del año. Quizá porque el clima invernal lo hace inevitable o porque tengo hijas pequeñas con una comunidad bastante grande de amigas, compañeros y profesores alrededor, mientras convalecía me enteré de diversos y numerosos casos de gripas, catarros, enfriamientos, bronquitis, pulmonías y hasta de una neumonía. Entre todos, formábamos una pequeña epidemia.
Me curé mediante el sencillo procedimiento de ir a un doctor y obedecer sus indicaciones, medicamentos incluidos. Aunque para el tapatío promedio (en especial para quienes superan los cincuenta años) lo que voy a decir sea una muestra de cobardía indigna de esta tierra brava, siempre he sido partidario de correr con el médico en cuanto uno descubre los primeros síntomas de enfermedad. Sé que voy a contracorriente, vaya, pero no creo en la automedicación, que fue el azote de mi generación, impulsada por padres y madres convencidos de que dos citas con el pediatra bastaban para convertirlos a ellos mismos en diagnosticadores expertos. Sé de padres que les retacaban el estómago de penicilina a sus pequeños a la primera tos. Y sé que gracias a sus esfuerzos, hay antibióticos que ya no pueden ni con una moquera simple y han debido ser reformulados y reforzados.
Pero no se crea que soy tan contemporáneo: no tengo la menor confianza en ninguna clase de esas “terapias alternativas” tan en boga. Me parece que la homeopatía, los imanes, las flores de Bach y demás yerbas son tan confiables como los horóscopos. Y no, no creo en los horóscopos. Creo que el pensamiento mágico debería limitarse a la ilusión de que uno puede controlar el marcador de los partidos de futbol que transmiten por televisión con la mirada fija en la pantalla y una voluntad de hierro y abstenerse de participar en el tema de la salud. Me parece que la desconfianza en la ciencia y la apuesta por remedios indignos, producto de las fantasías de una bola de charlatanes, es el azote que mi generación (la de quienes somos ahora treintones y cuarentones) le hemos impuesto a nuestros propios hijos (y menciono de pasada, y en espera de profundizar en un artículo posterior, en la locura de quienes no vacunan a sus críos amparados en las “revelaciones” de videos de YouTube y sitios de notas amarillistas en la red).
Entiendo (o trato) los reparos contra la llamada medicina industrial. Las farmacéuticas y su nulo sentido social. Sí. La poca ética de algunos médicos. Correcto. El lucro desmedido de los hospitales privados y la decidida apuesta por exterminar la seguridad social. Por supuesto. Pero no entiendo que la reacción ante esos problemas indiscutibles sea inferir que uno debe ser su propio curador o, ya de plano, preferir a los brujos.
He sabido de personas, cercanas incluso, que se ponen en manos de tipos que para tratarles algo tan terrorífico como el cáncer recurren a métodos como el baile en cuadrillas, la repetición de ciertas silabas “de poder”, la escritura de “decretos” de salud, las friegas con aceites aromáticos y la deglución de licuados de plantas endémicas o de cápsulas con polvitos de sustancias ignoradas por la tabla periódica. Ninguno ha rendido el menor resultado. En el mejor de los casos, han servido como meros placebos mientras sucedía lo inevitable. En otros, los peores, distrajeron tiempo y recursos que hubieran podido cambiar el curso de la enfermedad.
Por eso, y porque no quiero escribir “decretos” y quedar como un tonto, visito al médico cada vez que me siento mal.
Me curé mediante el sencillo procedimiento de ir a un doctor y obedecer sus indicaciones, medicamentos incluidos. Aunque para el tapatío promedio (en especial para quienes superan los cincuenta años) lo que voy a decir sea una muestra de cobardía indigna de esta tierra brava, siempre he sido partidario de correr con el médico en cuanto uno descubre los primeros síntomas de enfermedad. Sé que voy a contracorriente, vaya, pero no creo en la automedicación, que fue el azote de mi generación, impulsada por padres y madres convencidos de que dos citas con el pediatra bastaban para convertirlos a ellos mismos en diagnosticadores expertos. Sé de padres que les retacaban el estómago de penicilina a sus pequeños a la primera tos. Y sé que gracias a sus esfuerzos, hay antibióticos que ya no pueden ni con una moquera simple y han debido ser reformulados y reforzados.
Pero no se crea que soy tan contemporáneo: no tengo la menor confianza en ninguna clase de esas “terapias alternativas” tan en boga. Me parece que la homeopatía, los imanes, las flores de Bach y demás yerbas son tan confiables como los horóscopos. Y no, no creo en los horóscopos. Creo que el pensamiento mágico debería limitarse a la ilusión de que uno puede controlar el marcador de los partidos de futbol que transmiten por televisión con la mirada fija en la pantalla y una voluntad de hierro y abstenerse de participar en el tema de la salud. Me parece que la desconfianza en la ciencia y la apuesta por remedios indignos, producto de las fantasías de una bola de charlatanes, es el azote que mi generación (la de quienes somos ahora treintones y cuarentones) le hemos impuesto a nuestros propios hijos (y menciono de pasada, y en espera de profundizar en un artículo posterior, en la locura de quienes no vacunan a sus críos amparados en las “revelaciones” de videos de YouTube y sitios de notas amarillistas en la red).
Entiendo (o trato) los reparos contra la llamada medicina industrial. Las farmacéuticas y su nulo sentido social. Sí. La poca ética de algunos médicos. Correcto. El lucro desmedido de los hospitales privados y la decidida apuesta por exterminar la seguridad social. Por supuesto. Pero no entiendo que la reacción ante esos problemas indiscutibles sea inferir que uno debe ser su propio curador o, ya de plano, preferir a los brujos.
He sabido de personas, cercanas incluso, que se ponen en manos de tipos que para tratarles algo tan terrorífico como el cáncer recurren a métodos como el baile en cuadrillas, la repetición de ciertas silabas “de poder”, la escritura de “decretos” de salud, las friegas con aceites aromáticos y la deglución de licuados de plantas endémicas o de cápsulas con polvitos de sustancias ignoradas por la tabla periódica. Ninguno ha rendido el menor resultado. En el mejor de los casos, han servido como meros placebos mientras sucedía lo inevitable. En otros, los peores, distrajeron tiempo y recursos que hubieran podido cambiar el curso de la enfermedad.
Por eso, y porque no quiero escribir “decretos” y quedar como un tonto, visito al médico cada vez que me siento mal.