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Matrimonio y Familia en el Tercer Milenio
6 de febrero 2010
En los planes de Dios, su infinita sabiduría ha establecido que los seres humanos vayan por el mundo en pareja, de la misma manera que observamos en algunas especies. De dos en dos, para que puedan llevar a sus hijos de la mano, para que realicen su misión en el mundo y para que sean felices. Pero hay algunos a los cuales nos saca del juego y nos pone a la vera, para que apoyemos, ayudemos, animemos y orientemos, a las parejas, para que les echemos porras y también para aplaudir.
No obstante, lo que sucede con frecuencia es que los llamados a ser orientadores de las familias, no sabemos hacerlo, nuestras voces no son persuasivas, no logramos decirles en dónde está el meollo de la importancia de ser familia, y no logramos convencer a las parejas de lo bueno que sería para todos el que formen familias capaces de crear mundos nuevos y cielos nuevos. Sólo desde allí puede hacerse, porque sólo en familia se puede construir. Lo demás es fantasía.
Con esto no digo que sea fácil; se necesita empeño, esfuerzo, grandeza de espíritu, personas de calidad que quieran lograr a toda costa llevar una vida digna y limpia conforme a la voluntad de Dios.
Cuando los años hayan pasado, cuando la vida haya transcurrido y nos demos cuenta de que hemos recorrido ya un buen tramo del camino, miraremos atrás y entonces podremos darnos cuenta de qué es lo que hemos estado logrando. Lamentablemente, tal vez no sea lo que inicialmente habíamos soñado.
Entonces podríamos preguntarnos ¿qué tanto he invertido de mí, para lograrlo? ¿no será que estoy recogiendo precisamente aquello que he ido sembrando?
Si he querido hacer prevalecer mi egoísmo, mi comodidad o mis intereses personales, si ha predominado mi falta de interés o mi despreocupación por los que conviven conmigo, es entonces cuando saldrá a flote en dónde puse el centro de mi vida, dónde fui a buscar mis alegrías, o dónde pensé que estaban mis mejores momentos.
Pobre de ti, si habitualmente dejas tu hogar para ir a buscar la compañía de los amigos; infeliz de ti, si gastas en vicios o parrandas lo que pertenece a tu familia; duro es decirlo, pero lo que se desperdicia fuera del hogar es un robo a la familia.
El que se reparte en infidelidades también comete un delito, una traición al amor, un pecado con el cual no solamente ofende a la pareja y a los hijos, sino primeramente a Dios. Un mañana saldrán a luz las consecuencias.
El matrimonio no es juego, es sagrado porque entra en los planes de Dios. Es para la vida y garantía de éxito para lograr plenitud y felicidad. Por eso hay que prepararlo y prepararse, llegar a formar un hogar con convicción y por vocación.
Es triste ver a nuestra juventud desorientada, buscando caminos fáciles, intentando nuevos modelos, cuando la institución “familia” ya ha probado y comprobado que es lo bueno y lo mejor. Ciertamente no estamos hablando de familias distorsionadas, de hogares disfuncionales donde más que un oasis de amor es un pequeño infierno.
En cierta ocasión en que hablaba a un grupo de matrimonios, un hombre joven dijo: --También dígales algo a ellas.
Ciertamente, todo lo que se hable de matrimonio es igualmente para “ellos” y para “ellas”, todo tiene su respectiva contraparte, porque si la mujer dedica más tiempo a sus cosas, a sus vanidades, a su egoísmo, si malgasta en frivolidades lo que podría utilizar a favor de sus hijos que luego carecen a veces hasta de lo más necesario, el perjuicio iría contra la familia.
Es verdad que hay que dedicar un tiempo razonable a la propia persona; pero invertir tiempo, esfuerzo, dinero y energías en la familia es una buena alcancía, que a la larga produce buenos y abundantes frutos de alegría cariño y repercute en felicidad sólida y duradera.
María Belén Sánchez fsp
Se aceptan observaciones y comentarios a:
palabradomingo@hotmail.com
No obstante, lo que sucede con frecuencia es que los llamados a ser orientadores de las familias, no sabemos hacerlo, nuestras voces no son persuasivas, no logramos decirles en dónde está el meollo de la importancia de ser familia, y no logramos convencer a las parejas de lo bueno que sería para todos el que formen familias capaces de crear mundos nuevos y cielos nuevos. Sólo desde allí puede hacerse, porque sólo en familia se puede construir. Lo demás es fantasía.
Con esto no digo que sea fácil; se necesita empeño, esfuerzo, grandeza de espíritu, personas de calidad que quieran lograr a toda costa llevar una vida digna y limpia conforme a la voluntad de Dios.
Cuando los años hayan pasado, cuando la vida haya transcurrido y nos demos cuenta de que hemos recorrido ya un buen tramo del camino, miraremos atrás y entonces podremos darnos cuenta de qué es lo que hemos estado logrando. Lamentablemente, tal vez no sea lo que inicialmente habíamos soñado.
Entonces podríamos preguntarnos ¿qué tanto he invertido de mí, para lograrlo? ¿no será que estoy recogiendo precisamente aquello que he ido sembrando?
Si he querido hacer prevalecer mi egoísmo, mi comodidad o mis intereses personales, si ha predominado mi falta de interés o mi despreocupación por los que conviven conmigo, es entonces cuando saldrá a flote en dónde puse el centro de mi vida, dónde fui a buscar mis alegrías, o dónde pensé que estaban mis mejores momentos.
Pobre de ti, si habitualmente dejas tu hogar para ir a buscar la compañía de los amigos; infeliz de ti, si gastas en vicios o parrandas lo que pertenece a tu familia; duro es decirlo, pero lo que se desperdicia fuera del hogar es un robo a la familia.
El que se reparte en infidelidades también comete un delito, una traición al amor, un pecado con el cual no solamente ofende a la pareja y a los hijos, sino primeramente a Dios. Un mañana saldrán a luz las consecuencias.
El matrimonio no es juego, es sagrado porque entra en los planes de Dios. Es para la vida y garantía de éxito para lograr plenitud y felicidad. Por eso hay que prepararlo y prepararse, llegar a formar un hogar con convicción y por vocación.
Es triste ver a nuestra juventud desorientada, buscando caminos fáciles, intentando nuevos modelos, cuando la institución “familia” ya ha probado y comprobado que es lo bueno y lo mejor. Ciertamente no estamos hablando de familias distorsionadas, de hogares disfuncionales donde más que un oasis de amor es un pequeño infierno.
En cierta ocasión en que hablaba a un grupo de matrimonios, un hombre joven dijo: --También dígales algo a ellas.
Ciertamente, todo lo que se hable de matrimonio es igualmente para “ellos” y para “ellas”, todo tiene su respectiva contraparte, porque si la mujer dedica más tiempo a sus cosas, a sus vanidades, a su egoísmo, si malgasta en frivolidades lo que podría utilizar a favor de sus hijos que luego carecen a veces hasta de lo más necesario, el perjuicio iría contra la familia.
Es verdad que hay que dedicar un tiempo razonable a la propia persona; pero invertir tiempo, esfuerzo, dinero y energías en la familia es una buena alcancía, que a la larga produce buenos y abundantes frutos de alegría cariño y repercute en felicidad sólida y duradera.
María Belén Sánchez fsp
Se aceptan observaciones y comentarios a:
palabradomingo@hotmail.com