Suplementos
Mascotas inauditas
Digamos que, para quienes nos gustan los animales, hablar de perros y gatos es predicarle a la parroquia
GUADALAJARA, JALISCO (19/ABR/2015).- No: no hay necesidad de contar una sola anécdota más de las monerías que hacen perros y gatos. Ya sea uno partidario de uno u otro bando de bichos (o de ambos), la verdad es que los hemos humanizado a extremos notables y ya deja de sorprender que hagan cosas como marcar el teléfono, ver la televisión, exigir comida con modales propios de un adolescente o hasta indignarse por cualquier falta real o imaginaria del amo y castigarlo con ademanes de desprecio. Digamos que, para quienes nos gustan los animales, hablar de perros y gatos es predicarle a la parroquia.
¿Pero qué hay de esas otras bestias menos dadas a plegarse a nuestros propósitos pero que, sin embargo, conservamos en nuestra vecindad? Resulta difícil pensar que alguien sostenga con buenos motivos que lleve una verdadera relación de afecto con un canario o un pez (indiferentes o más probablemente deprimidos por su vida enjaulada, uno y otro). Aun así, hay miles que los someten a residir en espacios mínimos e incómodos y a comer solamente alimento empaquetado. Claro que hay fronteras todavía más extrañas.
Un amigo tenía como mascota una iguana, a la que incluso bautizó (Yadira, se llamaba) y a la que le dejó un amplio jardín como residencia. Otro tuvo, por años, un pato: lo siento si algún veterinario o experto me dice que aquello es imposible, pero ese pato era un bicho rencoroso, agresivo, quisquilloso, aprovechado y conspirador. Desarrolló, además, un atemorizante gusto por la carne. Primas de aquel salvaje eran unas ocas que fungían como custodias del enorme jardín de una casa que daba a la Glorieta Chapalita. Pocas veces en mi vida he visto animales más pendencieros y frenéticos. Bastaba con transitar en la banqueta cercana para que las ocas montaran en cólera y armaran un alboroto subversivo digno de mejores causas.
Tampoco puedo olvidar a un vecino al que le dio por tener un gallo de pelea en el jardincito frente a su casa. Era una pesadilla: el ave vociferaba su condición de “macho alfa” a partir de las tres de la mañana y no se callaba sino en los breves lapsos en que le daban de comer. Como nunca tuvo, al menos que yo viera, ninguna gallinita a tiro, se dedicaba a malvibrar a diestra y siniestra y a corretear a los sorprendidos peatones que tuvieran a bien circular a menos de diez metros de los límites de lo que consideraba su territorio. A veces, por las tardes, se aposentaba en lo alto del enrejado y sacudía las alas con un gesto de arrogancia monárquica insoportable. Menos mal que unos gatos dieron cuenta de él, porque quién sabe qué extremos habría alcanzado su reino del terror.
Otro notable error humano fue el de otro vecino, que decidió que su departamento, en el cuarto piso de un multifamiliar, era ideal para llevarse a vivir a un borreguito. Hay que reconocer que el ser lanudo aquel nunca hizo ruidos demasiado irritantes (aunque díganme si no es una extravagancia escuchar balidos a quince metros de donde está uno mirando la televisión). Eso sí: apestaba. Habrá tenido el rostro más tierno del mundo (eso dijo el vecino, cuando fuimos a protestar) pero hacía que el edificio oliera como si el borrego y todos sus antepasados hubieran tenido problemas digestivos crónicos.
Luego nos enteramos que el amo le daba de comer cualquier cosa que se le atravesara y, en vez de hierba, el animal ingería mangos, cáscaras de papa, lechuga y hasta croquetas de gato. La única conclusión posible es que luego de miles de años de relación con los animales, seguimos sin tener idea de cómo tratarlos.
¿Pero qué hay de esas otras bestias menos dadas a plegarse a nuestros propósitos pero que, sin embargo, conservamos en nuestra vecindad? Resulta difícil pensar que alguien sostenga con buenos motivos que lleve una verdadera relación de afecto con un canario o un pez (indiferentes o más probablemente deprimidos por su vida enjaulada, uno y otro). Aun así, hay miles que los someten a residir en espacios mínimos e incómodos y a comer solamente alimento empaquetado. Claro que hay fronteras todavía más extrañas.
Un amigo tenía como mascota una iguana, a la que incluso bautizó (Yadira, se llamaba) y a la que le dejó un amplio jardín como residencia. Otro tuvo, por años, un pato: lo siento si algún veterinario o experto me dice que aquello es imposible, pero ese pato era un bicho rencoroso, agresivo, quisquilloso, aprovechado y conspirador. Desarrolló, además, un atemorizante gusto por la carne. Primas de aquel salvaje eran unas ocas que fungían como custodias del enorme jardín de una casa que daba a la Glorieta Chapalita. Pocas veces en mi vida he visto animales más pendencieros y frenéticos. Bastaba con transitar en la banqueta cercana para que las ocas montaran en cólera y armaran un alboroto subversivo digno de mejores causas.
Tampoco puedo olvidar a un vecino al que le dio por tener un gallo de pelea en el jardincito frente a su casa. Era una pesadilla: el ave vociferaba su condición de “macho alfa” a partir de las tres de la mañana y no se callaba sino en los breves lapsos en que le daban de comer. Como nunca tuvo, al menos que yo viera, ninguna gallinita a tiro, se dedicaba a malvibrar a diestra y siniestra y a corretear a los sorprendidos peatones que tuvieran a bien circular a menos de diez metros de los límites de lo que consideraba su territorio. A veces, por las tardes, se aposentaba en lo alto del enrejado y sacudía las alas con un gesto de arrogancia monárquica insoportable. Menos mal que unos gatos dieron cuenta de él, porque quién sabe qué extremos habría alcanzado su reino del terror.
Otro notable error humano fue el de otro vecino, que decidió que su departamento, en el cuarto piso de un multifamiliar, era ideal para llevarse a vivir a un borreguito. Hay que reconocer que el ser lanudo aquel nunca hizo ruidos demasiado irritantes (aunque díganme si no es una extravagancia escuchar balidos a quince metros de donde está uno mirando la televisión). Eso sí: apestaba. Habrá tenido el rostro más tierno del mundo (eso dijo el vecino, cuando fuimos a protestar) pero hacía que el edificio oliera como si el borrego y todos sus antepasados hubieran tenido problemas digestivos crónicos.
Luego nos enteramos que el amo le daba de comer cualquier cosa que se le atravesara y, en vez de hierba, el animal ingería mangos, cáscaras de papa, lechuga y hasta croquetas de gato. La única conclusión posible es que luego de miles de años de relación con los animales, seguimos sin tener idea de cómo tratarlos.