Suplementos
Más humanos, más generosos
Jesús es invitado a una boda de sencillos campesinos de una aldea de Caná, allí cerca, también de Galilea como su pueblo Nazaret
Las cuatro semanas del adviento fueron un camino hacia el portal de Belén. Tres semanas de absorta contemplación ante el misterio del Verbo de Dios hecho hombre, hecho niño en los brazos de su madre y manifestado a los judíos y luego a los gentiles con una estrella. Ese fue el principio de su vida adulta.
Treinta años después, el inicio de la vida pública de Jesús que desciende a recibir el bautismo en las aguas del río Jordán, y ahora siguen los tres años de la predicación y la fundación del nuevo Reino.
Jesús es invitado a una boda de sencillos campesinos de una aldea de Caná, allí cerca, también de Galilea como su pueblo Nazaret.
Con él han ido sus doce discípulos, y también invitada y comprometida a ayudar allí está María, su Madre. Todo hubiera salido bien, pero un grave descuido de los organizadores ocasionó que no sólo todo fuera bien, sino excelente, porque por ese descuido Cristo se manifestó al registrarse un hecho prodigioso, un milagro, el primero de los muchos con que reveló su divinidad y su amor.
“No tienen vino”
En los pueblos del Mediterráneo, el vino es parte integrante infaltable de la misa de ricos y pobres. Si es indispensable en los días ordinarios como parte de la dieta de cotidiana, también, y con mayor razón, ha de haber vino en las fiestas, en las bodas, para disfrutar del banquete y brindar por la felicidad de los novios.
Una mirada de María, mujer solícita, servicial, captó el problema y acudió ante su hijo. ¿Para qué? ¿Para que su hijo mandara a sus discípulos a comprarlo y traerlo?
Mas los planes de Dios siempre son imprevisibles; Dios sorprende siempre: imposible saber qué piensa, qué va a hacer; sus soluciones son al revés; siempre contradice los pequeños planes humanos y, por pequeños, incapaces de resolver los graves problemas de los hombres. A veces, cuando el hombre se anda ahogando en un vaso de agua, basta una mirada de Dios y todo queda resuelto. Por eso los grandes santos han sido los más humildes, los pequeños con conciencia de su pequeñez y con los ojos puestos en Cristo, poder y misericordia a la vez.
María conoce a su hijo, confía en él y está segura de que sacará a los novios de la pena, el bochorno de no haber previsto suficiente vino en atención a los muchos invitados, tal vez más de los que esperaban.
“¿Qué nos va a ti y a mí?”
Esta repuesta no es una repulsa, es una pregunta como si inquiriera “¿Tú y yo podemos hacer algo por ellos?”. Tan es así, que la madre solícita no dudó un instante y dijo a los servidores: “Hagan lo que él les diga”.
La devoción del pueblo cristiano a la Madre del Señor viene desde muy lejos, viene desde los primeros siglos de la Iglesia y se funda en el pensamiento de que Cristo, Salvador, Redentor, la quiso asociar a su obra redentora.
En síntesis: el ángel mensajero le pidió a María su libre consentimiento para ser la Madre del Redentor, y ella contestó afirmativamente respondiendo: “Hágase en mí según tu palabra”.
El anciano Simeón le dijo a María palabras proféticas: “Y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones”.
Fiel estará, con su dolor, con sus lágrimas, al pie de la cruz, de donde caen las gotas de la sangre redentora.
Nace la Iglesia y María, con los apóstoles, recibe el baño de luz y fuego del Espíritu Santo, la fuerza para el caminar de la Iglesia.
Con la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia está la madre del Salvador. Por eso el pueblo la busca, la venera y acude a ella, para que ella le diga a su Hijo: “Mira a esos hijos atribuidos como los novios de Caná”. En millares de advocaciones e imágenes el pueblo cristiano ha encontrado la imagen de la única “Madre del Salvador” por quien se vive.
Es, singularmente, el pueblo sencillo el más sencillo devoto de la Santísima Virgen, y sin duda ellos, los que con sencillez la han buscado, son los más beneficiados, mientras otros se vuelve elucubraciones, argumentos y dudas.
María está cerca, muy cerca, más que nadie, al lado de su Hijo, y es auxilio de los cristianos, es refugio de los pecadores, es abogada y consuelo para los que sufren, para los hijos desamparados.
Servicio con alegría
Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a convivir. Su presencia no despertó ni temor ni desconfianza. Allí está en esa boda con los que comen y beben, porque eso es parte de la vida de los hombres y por ellos y para ellos ha tomado la naturaleza de los hombres.
Algunos, sin conciencia recta, pretenden que la religión debe ser dura, austera, repulsiva, y que para ser cristiano se ha de ser una persona aburrida, con actitudes y palabras ajenas a la realidad que los rodea.
La pregunta es: ¿Se puede servir a Dios con alegría? Y la respuesta es que a Dios se le sirve con amor, y el amor manifestado en servicio. Y quien ama y sirve siempre está alegre, como ha transcurrido en alegría la vida de los grandes santos.
Dos virtudes son indispensables para ser santo: el amor y la humildad. Se le da homenaje a Dios no sólo rezando, sino también comiendo, bebiendo, si esto se hace con un corazón lleno de amor. San Pablo entendió y vivió este mensaje evangélico, y en su primera carta a los corintios les dice: “Ya coman, ya beban o ya hagan alguna cosa, hagan todo para gloria de Dios, y no sean motivo de escándalo ni para judíos ni para griegos” (1a. Cor 10, 31).
Con amor, con espíritu de acción de gracias y de reconocimiento, se acepta lo que Dios da para gozar de ello. Son regalos de Dios, como regalo es el vino “que alegra el corazón del hombre”; pero no el beberlo en exceso, no la embriaguez.
Cristo enseña a vivir la sinceridad frente a la vida, frente al gozo y a la amistad.
En vez de hacer de la religión un espantajo, aceptar los días buenos y los amargos con el valor, el coraje de vivir plenamente una vida humana que no se opone a que sea religiosa, es decir con amor a Dios y al prójimo.
Mal piensan los que sostienen que para ser cristianos han de renunciar a ser hombres --cierto angelismo--, que hay que torturarse, maltratarse, descarnarse.
Se debe ser más humanos, más generosos, más comprensivos, más serviciales, como lo demostraron Jesús y su Madre María al devolver la alegría en esta boda de aldeanos afligidos.
Y allí el paso del Antiguo
al Nuevo Testamento
La presencia de Cristo en esa boda santifica el contrato de un hombre y una mujer, para hacer de los dos uno solo, y mediante esa gracia, sacramento, hacer del matrimonio un camino de santidad.
No han faltado los ingenuos que creían que el único camino de la santidad era el convento, el hábito religioso o hasta aislarse en una cueva en lo alto de una montaña, cuando en realidad el llamado a la santidad es universal.
Santos deben y pueden ser los esposos en la íntima comunidad de amor y de vida, en las diversas circunstancias y etapas: juventud, años maduros, de tercera edad y ancianos, juntos en mutua ayuda y con el fin de engendrar, criar, educar a impulsar a los hijos hacia adelante en sus deberes de creyentes y de ciudadanos, en un camino de virtudes domésticas; toodo esto conduce hacia un camino de santidad.
El código de Derecho Canónico, que es la ley de la Iglesia, así define:
El sacramento del matrimonio es la alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural y al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Fue elevado por Cristo nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados. Es el canon 1055.
Es una alianza a la que acuden libremente un varón y una mujer --esto primero y muy claro en estos tiempos de extrañas novedades--, para toda la vida, y por esto para la debida preparación por las dolorosas desgracias de los divorcios; ordenado al bien común, porque mutuamente se complementan y se necesitan; y a la doble misión de continuarse en los hijos, el engendarlos y proyectarse en ellos al educarlos.
La presencia generosa de Cristo en esa boda fue de dos milagros: el agua convertida en vino, y el amor humano entre varón y mujer convertido en amor sagrado.
Pbro. José R. Ramírez
Treinta años después, el inicio de la vida pública de Jesús que desciende a recibir el bautismo en las aguas del río Jordán, y ahora siguen los tres años de la predicación y la fundación del nuevo Reino.
Jesús es invitado a una boda de sencillos campesinos de una aldea de Caná, allí cerca, también de Galilea como su pueblo Nazaret.
Con él han ido sus doce discípulos, y también invitada y comprometida a ayudar allí está María, su Madre. Todo hubiera salido bien, pero un grave descuido de los organizadores ocasionó que no sólo todo fuera bien, sino excelente, porque por ese descuido Cristo se manifestó al registrarse un hecho prodigioso, un milagro, el primero de los muchos con que reveló su divinidad y su amor.
“No tienen vino”
En los pueblos del Mediterráneo, el vino es parte integrante infaltable de la misa de ricos y pobres. Si es indispensable en los días ordinarios como parte de la dieta de cotidiana, también, y con mayor razón, ha de haber vino en las fiestas, en las bodas, para disfrutar del banquete y brindar por la felicidad de los novios.
Una mirada de María, mujer solícita, servicial, captó el problema y acudió ante su hijo. ¿Para qué? ¿Para que su hijo mandara a sus discípulos a comprarlo y traerlo?
Mas los planes de Dios siempre son imprevisibles; Dios sorprende siempre: imposible saber qué piensa, qué va a hacer; sus soluciones son al revés; siempre contradice los pequeños planes humanos y, por pequeños, incapaces de resolver los graves problemas de los hombres. A veces, cuando el hombre se anda ahogando en un vaso de agua, basta una mirada de Dios y todo queda resuelto. Por eso los grandes santos han sido los más humildes, los pequeños con conciencia de su pequeñez y con los ojos puestos en Cristo, poder y misericordia a la vez.
María conoce a su hijo, confía en él y está segura de que sacará a los novios de la pena, el bochorno de no haber previsto suficiente vino en atención a los muchos invitados, tal vez más de los que esperaban.
“¿Qué nos va a ti y a mí?”
Esta repuesta no es una repulsa, es una pregunta como si inquiriera “¿Tú y yo podemos hacer algo por ellos?”. Tan es así, que la madre solícita no dudó un instante y dijo a los servidores: “Hagan lo que él les diga”.
La devoción del pueblo cristiano a la Madre del Señor viene desde muy lejos, viene desde los primeros siglos de la Iglesia y se funda en el pensamiento de que Cristo, Salvador, Redentor, la quiso asociar a su obra redentora.
En síntesis: el ángel mensajero le pidió a María su libre consentimiento para ser la Madre del Redentor, y ella contestó afirmativamente respondiendo: “Hágase en mí según tu palabra”.
El anciano Simeón le dijo a María palabras proféticas: “Y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones”.
Fiel estará, con su dolor, con sus lágrimas, al pie de la cruz, de donde caen las gotas de la sangre redentora.
Nace la Iglesia y María, con los apóstoles, recibe el baño de luz y fuego del Espíritu Santo, la fuerza para el caminar de la Iglesia.
Con la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia está la madre del Salvador. Por eso el pueblo la busca, la venera y acude a ella, para que ella le diga a su Hijo: “Mira a esos hijos atribuidos como los novios de Caná”. En millares de advocaciones e imágenes el pueblo cristiano ha encontrado la imagen de la única “Madre del Salvador” por quien se vive.
Es, singularmente, el pueblo sencillo el más sencillo devoto de la Santísima Virgen, y sin duda ellos, los que con sencillez la han buscado, son los más beneficiados, mientras otros se vuelve elucubraciones, argumentos y dudas.
María está cerca, muy cerca, más que nadie, al lado de su Hijo, y es auxilio de los cristianos, es refugio de los pecadores, es abogada y consuelo para los que sufren, para los hijos desamparados.
Servicio con alegría
Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a convivir. Su presencia no despertó ni temor ni desconfianza. Allí está en esa boda con los que comen y beben, porque eso es parte de la vida de los hombres y por ellos y para ellos ha tomado la naturaleza de los hombres.
Algunos, sin conciencia recta, pretenden que la religión debe ser dura, austera, repulsiva, y que para ser cristiano se ha de ser una persona aburrida, con actitudes y palabras ajenas a la realidad que los rodea.
La pregunta es: ¿Se puede servir a Dios con alegría? Y la respuesta es que a Dios se le sirve con amor, y el amor manifestado en servicio. Y quien ama y sirve siempre está alegre, como ha transcurrido en alegría la vida de los grandes santos.
Dos virtudes son indispensables para ser santo: el amor y la humildad. Se le da homenaje a Dios no sólo rezando, sino también comiendo, bebiendo, si esto se hace con un corazón lleno de amor. San Pablo entendió y vivió este mensaje evangélico, y en su primera carta a los corintios les dice: “Ya coman, ya beban o ya hagan alguna cosa, hagan todo para gloria de Dios, y no sean motivo de escándalo ni para judíos ni para griegos” (1a. Cor 10, 31).
Con amor, con espíritu de acción de gracias y de reconocimiento, se acepta lo que Dios da para gozar de ello. Son regalos de Dios, como regalo es el vino “que alegra el corazón del hombre”; pero no el beberlo en exceso, no la embriaguez.
Cristo enseña a vivir la sinceridad frente a la vida, frente al gozo y a la amistad.
En vez de hacer de la religión un espantajo, aceptar los días buenos y los amargos con el valor, el coraje de vivir plenamente una vida humana que no se opone a que sea religiosa, es decir con amor a Dios y al prójimo.
Mal piensan los que sostienen que para ser cristianos han de renunciar a ser hombres --cierto angelismo--, que hay que torturarse, maltratarse, descarnarse.
Se debe ser más humanos, más generosos, más comprensivos, más serviciales, como lo demostraron Jesús y su Madre María al devolver la alegría en esta boda de aldeanos afligidos.
Y allí el paso del Antiguo
al Nuevo Testamento
La presencia de Cristo en esa boda santifica el contrato de un hombre y una mujer, para hacer de los dos uno solo, y mediante esa gracia, sacramento, hacer del matrimonio un camino de santidad.
No han faltado los ingenuos que creían que el único camino de la santidad era el convento, el hábito religioso o hasta aislarse en una cueva en lo alto de una montaña, cuando en realidad el llamado a la santidad es universal.
Santos deben y pueden ser los esposos en la íntima comunidad de amor y de vida, en las diversas circunstancias y etapas: juventud, años maduros, de tercera edad y ancianos, juntos en mutua ayuda y con el fin de engendrar, criar, educar a impulsar a los hijos hacia adelante en sus deberes de creyentes y de ciudadanos, en un camino de virtudes domésticas; toodo esto conduce hacia un camino de santidad.
El código de Derecho Canónico, que es la ley de la Iglesia, así define:
El sacramento del matrimonio es la alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural y al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Fue elevado por Cristo nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados. Es el canon 1055.
Es una alianza a la que acuden libremente un varón y una mujer --esto primero y muy claro en estos tiempos de extrañas novedades--, para toda la vida, y por esto para la debida preparación por las dolorosas desgracias de los divorcios; ordenado al bien común, porque mutuamente se complementan y se necesitan; y a la doble misión de continuarse en los hijos, el engendarlos y proyectarse en ellos al educarlos.
La presencia generosa de Cristo en esa boda fue de dos milagros: el agua convertida en vino, y el amor humano entre varón y mujer convertido en amor sagrado.
Pbro. José R. Ramírez