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“Maestro, que yo vea”

Sentado a la orilla del camino, el ciego Bartimeo, implorando con voz suplicante, lograba algunas monedas para su sustento...

     Sentado a la orilla del camino, el ciego Bartimeo, implorando con voz suplicante, lograba algunas monedas para su sustento. Un día sus oídos, éstos sí muy vivos, percibieron el rumor de una multitud. Preguntó de qué se trataba y le dijeron que pasaba Jesús, el de Nazaret. Entonces comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.
     Fe, confianza, audacia, están presentes en esta muy breve oración.
     Fe, porque si le llama hijo de David, reconoce que es el descendiente de David, del que habían escrito los profetas que “se sentaría en el trono de David su padre --ya habían pasado mil años-- y que su reino no tendría fin”.
     Confianza, porque a su necesidad Jesús le pondría el remedio; seguro estaba de que podría dar la luz a sus ojos.
     Audacia, porque aunque “muchos lo reprendían para que se callara, él seguía gritando cada vez más fuerte”.
     Aquí está un modelo perfecto de oración de petición, que se torna eficaz cuando se cumplen las mencionadas condiciones a la hora de pedir.

Si el hombre es consciente
de su propia ceguera,
que acuda a Cristo

     En este siglo abundan las luces pequeñas, luces de bengala que iluminan el firmamento como en el final de los Juegos Olímpicos de China. Fueron la admiración y recibieron el aplauso mientras duraron, y luego se apagaron.
     El hombre vive deslumbrado por los avances de la ciencia, por todas las maravillas logradas por el ingenio con las técnicas cada vez más admirables, para tener una vida menos sacrificada y con muchos recursos de pasatiempo,
de diversión, de pequeños goces en la vida cotidiana. Pero esas son lucecitas, así en diminutivo, no para despreciarlas, sino par darles el valor que en verdad han de tener. ¿Qué vale más: el hombre o ese aparato con que adquiere respuestas con apretar solamente un botón? El Internet, los juegos con imágenes, seducción y entretenimiento de los párbulos, no son luz, son lucecitas.
     La vida es ir hacia una dirección eterna, el caminar siempre sin alto ni retorno, pero con un sentido trascendental, y hay una luz como la nube luminosa que guió al pueblo de Israel en su largo éxodo de cuarenta años por el desierto.
    Si a un automovilista, mientras conduce su vehículo en una noche oscura, se le apagan los faros, no podrá continuar.
     La luz es Cristo, y es al mismo tiempo el Camino, la Verdad y la Vida.
Ciegos son los que nunca han encendido sus faros, los que nunca han visto la luz. El domingo pasado, Día Mundial de las Misiones, la cristiandad elevó sus plegarias por esos ciegos, los infieles, para que sean abiertos sus ojos, para que encuentren a Cristo.

Muchos huyen de la luz

     Unos viven sin darle sentido a la vida, en una ceguera naturalista, autosuficiente.
     Otros viven en un racionalismo reconcentrado, atraídos por lo inmediato, por las muchas pequeñas adquisiciones que, como todo lo fácil, pronto llegan y pronto se van, sin preocuparse de algo más allá de la razón y el tiempo.
     Y hay hasta los que quieren limitar a las avestruces, que, según afirma la leyenda, esconden la cabeza en la arena a la hora del peligro. Querer no ver, no oír, no pensar, no preocuparse de lo trascendente, es ser un ciego voluntario.
     Mas para todos, también para éstos y quizá con mayor afecto, hay ocasión de encontrar a Cristo por su camino, quien espera que ya no se queden sentados a la vera del camino, sino que arrojen el manto, corran y alcancen al Maestro y, como Bartimeo, pidan que les abra los ojos.

“El fruto de la luz es todo
bondad, justicia, verdad”

     Cuando en la Iglesia salen al dominio público casos de escándalos --que siempre los ha habido, porque la Iglesia, asamblea de creyentes, nació y ha continuado con pecadores--, muchos se complacen en divulgar tales hechos, y hasta parece que disfrutan con algo que es suciedad.
     Mas cuando el camino es a la inversa, de quienes del pecado han llegado a la gracia, tienen poco valor publicitario esos valientes, esos esforzados que del fondo, o sea de la sima, han llegado hasta la cumbre, la cima.
     María Magdalena, aquella mujer entregada al pecado por muchos años, iba a ciegas y al fin un día encontró a Cristo.
     Muchos tocados por la gracia divina han percibido, en medio del murmullo del mundo, la noticia de que cerca de ellos “es Cristo el que pasa”, y se han levantado y le han rogado que les abra los ojos a la luz.
     Conmovedoras son las historias de los convertidos notables, como San Agustín, antes en el error y el vicio y después en la alegría de una vida con dirección cierta.
     Hay otras conversiones, las más silenciosas --con uno o dos testigos quizá, pero patentes-- ante el Buen Pastor, que saltando de alegría lleva sobre sus ojos la oveja que se había extraviado.
     Son historias cotidianas de hijos pródigos cansados de una vida vacía, que después de mucho trotar y rodar vuelven por sus propios pasos a la casa del Padre, con la certeza de ser recibidos con la bondad, la sonrisa, los brazos abiertos.    
     Muchos en el angustioso enigma del para qué, sin perspectivas ante el irreversible transcurrir de los días, han encontrado la dirección, la luz.

“Fuísteis en algún tiempo tinieblas,
pero ahora sois luz”
     Es ésta una exclamación de gozo y una comunicación de San Pablo a los habitantes de Éfeso. Pablo, desde la cárcel en Roma, les escribe para que permanezcan en la fe: “Dios Padre ha escogido a su pueblo. Jesús, el Hijo, le ha librado de sus pecados y ha roto todas las barreras de raza, religión y cultura; porque antes eran tinieblas, ahora ustedes ya son luz”. Pero les insiste en la segunda parte de la epístola, les invita a vivir de suerte que resplandezca su unidad en Cristo; es decir, caminar en la luz.
     Esa ha de ser la vocación del cristiano: reflejar luz con su pensamiento, sus actitudes y sus hechos. “Vosotros sois la luz del mundo”, les dijo Cristo a sus discípulos. Esa será la mejor predicación, la del testimonio con una vida conforme al Evangelio, la que atraerá, porque las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran.

La fe ilumina la
propia vida,
le da sentido

     Al abrir los ojos, Bartimeo vio lo que an tes no veía. El creyente ve lo que antes no veía. La fe muestra el otro lado, la otra cara de la vida,. Permite al hombre descubrir eso de esencial y profundo que tiene la existencia, más, mucho más que el afán de tener y disfrutar.
     La mirada de la fe penetra más allá de la vida y de la muerrte. La fe da una cosmovisión para ver al mismo tiempo lo lejano y lo cercano, para lanzarse a la lucha por las grandes conquistas y al mismo tiempo cuidar de lo pequeño y despreciable a los ojos de los hombres.
     Aprende el hombre, con la fe, a ver en el rostro de su prójimo a un hermano y compañero de ruta.
     La auténtica fe abre los ojos al amor. Una fe sin amor es estéril, es mentira. El cristiano siempre ha de orar ante Cristo con las palabras de Bartimeo: “Señor, que yo pueda ver”, y sus ojos se abrirán a las maravillas de Dios.

Pbro. José R. Ramírez  
 

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