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Madre de Dios y Madre Nuestra
Dios, en cuanto Dios, es eterno, por lo que no tiene origen ni término. Esta verdad indica que no puede tener madre...
Dios, en cuanto Dios, es eterno, por lo que no tiene origen ni término. Esta verdad indica que no puede tener madre. Entonces, ¿por qué nos referimos a María como Madre de Dios? Sabemos que el niño que nace de Ella, es nada menos que Jesús, el Verbo Encarnado, la Palabra de Dios hecha hombre, el Hijo de Dios. Es María Santísima quien da vida terrena a Dios mismo convertido en su propio y verdadero hijo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por esto mismo, queda claro que María no es quien da la divinidad a Jesús, sino que es la madre que engendra a la persona que, en este caso singularísimo, es la persona única de Dios, por lo que María, madre de Jesús, es Madre de Dios.
También decimos que María Santísima es modelo de fe, afirmación que se comprueba por los siguientes hechos: antes que ser madre, fue una mujer de su tiempo; y hemos de pensar que en esa época el papel de la mujer era completamente diferente del que tiene en la actualidad. No podía estudiar, ser discípula, ni participar en la vida pública; no se le tenía en cuenta en el culto ni en la sinagoga. Aún así, María asumió su responsabilidad en un mundo en el que también, a la menor provocación, la mujer era repudiada y en muchos casos condenada a muerte por lapidación. Sin embargo, su fe infinita la llevó a arriesgar todo para dar el sí definitivo a Dios por medio de su mensajero: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
La fe de María es la fe de la gente sencilla, de aquellos a quienes se refiere la primera bienaventuranza: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios” (Mt 5, 3), donde el dativo “de espíritu” se entiende de varias maneras. Como dativo agente, “los que eligen ser pobres”, o como dativo de relación, que expresa una disposición interior por la que se da un desprendimiento de la propia estima, la humildad, o de las riquezas. En ambos casos tal desprendimiento permite la apertura a la trascendencia, a la santidad, que en Mateo consiste en el cumplir la voluntad de Dios.
María Santísima, escogida por Dios para ser madre de su Hijo, es una mujer pobre y una mujer del pueblo, y si los hijos queremos lo mejor para nuestras madres –al menos quienes respetamos y nos guiamos por el cuarto mandamiento–, ¿por qué Dios eligió a una mujer pobre y desposeída, una mujer del pueblo? Creo que porque así estaría al alcance de todos los que la buscan. María Santísima no es, nunca fue engalanada, sentada entre los poderosos, apartada y alejada. Se encontraba y se encuentra donde todos, ricos y pobres, podemos encontrarla fácilmente. Y así, la fe de María salta jubilosa durante su encuentro con su prima Isabel: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava” (Lc 1, 46-48).
De esta manera entendemos mejor lo dicho por Isaías (41, 4): “Yo, el Señor, que soy el primero y estaré también con los últimos”, y también por ello, podemos comprender por qué, cuando la Virgen se ha querido mostrar a sus hijos, como en Guadalupe, Lourdes o Fátima, no ha acudido a Obispos ni a poderosos.
Finalmente, cuando Jesús está en la cruz, junto a ella estaban “su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: ‘Mujer ahí tienes a tu hijo’” (Jn 19, 25-26). Jesús pone en este acto a toda la humanidad ante los ojos de María Santísima en la persona de Juan. Es entonces cuando un nuevo amor nace y florece dentro de María: la última voluntad de su Hijo, ser Madre de todos los hombres y mujeres.
Al respecto, Juan Pablo II expresó en su encíclica “La Madre del Redentor” (Cfr. 23), que esta nueva maternidad de María, engendrada por la fe, es fruto del nuevo amor que maduró en ella definitivamente junto a la cruz. Es por eso que los católicos decimos confiadamente en nuestra oración: “Madre de Dios y Madre nuestra”. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
También decimos que María Santísima es modelo de fe, afirmación que se comprueba por los siguientes hechos: antes que ser madre, fue una mujer de su tiempo; y hemos de pensar que en esa época el papel de la mujer era completamente diferente del que tiene en la actualidad. No podía estudiar, ser discípula, ni participar en la vida pública; no se le tenía en cuenta en el culto ni en la sinagoga. Aún así, María asumió su responsabilidad en un mundo en el que también, a la menor provocación, la mujer era repudiada y en muchos casos condenada a muerte por lapidación. Sin embargo, su fe infinita la llevó a arriesgar todo para dar el sí definitivo a Dios por medio de su mensajero: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
La fe de María es la fe de la gente sencilla, de aquellos a quienes se refiere la primera bienaventuranza: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios” (Mt 5, 3), donde el dativo “de espíritu” se entiende de varias maneras. Como dativo agente, “los que eligen ser pobres”, o como dativo de relación, que expresa una disposición interior por la que se da un desprendimiento de la propia estima, la humildad, o de las riquezas. En ambos casos tal desprendimiento permite la apertura a la trascendencia, a la santidad, que en Mateo consiste en el cumplir la voluntad de Dios.
María Santísima, escogida por Dios para ser madre de su Hijo, es una mujer pobre y una mujer del pueblo, y si los hijos queremos lo mejor para nuestras madres –al menos quienes respetamos y nos guiamos por el cuarto mandamiento–, ¿por qué Dios eligió a una mujer pobre y desposeída, una mujer del pueblo? Creo que porque así estaría al alcance de todos los que la buscan. María Santísima no es, nunca fue engalanada, sentada entre los poderosos, apartada y alejada. Se encontraba y se encuentra donde todos, ricos y pobres, podemos encontrarla fácilmente. Y así, la fe de María salta jubilosa durante su encuentro con su prima Isabel: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava” (Lc 1, 46-48).
De esta manera entendemos mejor lo dicho por Isaías (41, 4): “Yo, el Señor, que soy el primero y estaré también con los últimos”, y también por ello, podemos comprender por qué, cuando la Virgen se ha querido mostrar a sus hijos, como en Guadalupe, Lourdes o Fátima, no ha acudido a Obispos ni a poderosos.
Finalmente, cuando Jesús está en la cruz, junto a ella estaban “su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: ‘Mujer ahí tienes a tu hijo’” (Jn 19, 25-26). Jesús pone en este acto a toda la humanidad ante los ojos de María Santísima en la persona de Juan. Es entonces cuando un nuevo amor nace y florece dentro de María: la última voluntad de su Hijo, ser Madre de todos los hombres y mujeres.
Al respecto, Juan Pablo II expresó en su encíclica “La Madre del Redentor” (Cfr. 23), que esta nueva maternidad de María, engendrada por la fe, es fruto del nuevo amor que maduró en ella definitivamente junto a la cruz. Es por eso que los católicos decimos confiadamente en nuestra oración: “Madre de Dios y Madre nuestra”. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx