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“Los suyos no lo conocieron”
En la sinagoga de Nazaret, el Señor Jesús subió a la tribuna y empezó a enseñar a la multitud
En la sinagoga de Nazaret, el Señor Jesús subió a la tribuna y empezó a enseñar a la multitud.
Todos estaban admirados de su sabiduría y se preguntaban con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le vienen esa sabiduría y el poder de hacer milagros?”.
Esto aconteció en los inicios de la vida pública de Cristo. Han corrido veinte siglos de cristianismo, y ahora, en el siglo XXI, para muchos Cristo es el gran desconocido, aún entre los bautizados, en quienes han nacido y crecido en el seno de la Iglesia.
Ante la persona de Cristo se han ido manifestando todos los errores posibles.
He aquí algunos: Dicen que es un gran filósofo, y sí lo es, pero no es la imagen de Cristo; afirman que es el predicador de la más alta doctrina; que es el mayor revolucionario, cuya causa sigue en pie veinte siglos después, hasta el día de hoy.
Otros lo presentan como el mayor héroe, hasta entregarse voluntariamente a la muerte por los suyos, y todavía se quedan cortos.
Y los que hablan movidos por bajas pasiones han afirmado que era un impostor, un alucinado o un simple hombre deificado por la devoción de sus seguidores.
No han faltado los ingenuos que han escrito: es un mito, nunca existió.
Pero la personalidad de Jesucristo es tan rica y su misión tan amplia, que ningún hombre podría dar cuenta de ello cumplidamente.
Él mismo es la imagen
visible de Dios
Nació hace veinte siglos en una aldea de un país pequeño: Israel. Vivió treinta años en otra aldea, una vida sencilla de operario en un taller de operario, artesano carpintero, trabajando con sus propias manos.
Sólo durante tres años predicó la Buena Nueva, fundó un Reino espiritual y con muchos milagros demostró que su palabra y su obra no eran ni palabra ni obra meramente humanas.
Un escritor judío del siglo I, Flavio Josefo, así dejó escrito: “Apareció en un tiempo Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos sorprendentes, maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a morir en la cruz. Sin embargo, quienes antes lo habían amado no dejaron de quererlo. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido”.
Pero la vida, la predicación, la obra de Cristo, carecen de sentido si se le despoja de su condición de que es hombre y es Dios.
Ni sólo Dios, ni sólo hombre, ni un ser intermedio, sino Dios y hombre a la vez.
Es hombre en la indigencia y los coros de los ángeles lo alaban como Dios; es circuncidado como hombre y recibe nombre divino; se somete a José y a María y es admirado por los doctores del templo; es bautizado por Juan y es “la complacencia del Padre”; padece hambre y sed y da de comer a multitudes; cansado se sienta y hace caminar a los paralíticos; es hijo de David y existió antes que Abraham; llora ante el sepulcro de Lázaro y luego lo resucita.
Buscar y conocer a Jesús
Los judíos tenían de él una falsa concepción: un Mesías terrenal cuya misión, según ellos, consistía en romper las cadenas las cadenas de la nación opresora. Un Mesías con la espada desenvainada, cortando cabezas de los enemigos del pueblo judío. No estaban dispuestos, no tenían fe y veían en él sólo al hombre, al carpintero, al hijo de María y hermano --así llamaban a los primos-- de Santiago, José, Judas y Simón.
La fe es una condición para conocer a Jesús. Como los suyos no tenían fe, no lo conocieron, ni merecieron la dádiva de su milagro. Sólo curó a unos pocos enfermos, los que vieron en él no sólo al hijo del carpintero. Se extrañan ante la presencia misteriosa de Cristo, sólo alcanzable su personalidad con una mirada de fe. El judío es un pueblo de dura cerviz, reacio para abrirse a la gracia.
Cristo está demasiado cerca
Cristo está en la historia. Resucitó y vive. Vive y está entre los suyos, entre los hombres todos, para que lo encuentre el que lo busque.
Está en la vida humana, en los acontecimientos. En estos días de dolor de las madres que perdieron a sus niños en Hermosillo, Sonora, muchas lágrimas fueron enjugadas en el corazón de Cristo. “Venid a mí los que están fatigados y agobiados, yo os aliviaré” (Mt 11, 28).
Cristo está en su palabra escrita y pronunciada por quien la proclama con fe. Está en sus sacramentos, singularmente en la Santa Eucaristía, alimento espiritual, pan de vida.
Está en la Iglesia en todos, en los justos y para los pecadores, porque así como Dios hace salir el sol para los buenos y para los malos, Cristo busca a todas las ovejas porque para todos es la vida eterna.
Permanece todos los días también en cada prójimo: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y m e diste de beber...”.
Está perpetuamente, generosamente, amistosamente, dondequiera; sólo falta el espíritu de fe para descubrir su presencia. “Dios ha manifestado su amor por nosotros, al enviar a su único Hijo al mundo” (Juan 22, 5).
El cristianismo es Cristo
Ser Cristiano es creer en la persona de Cristo: el Kyrios de los cristianos de Antioquía, del primer siglo: el Logos del evangelista Juan; el Cristo --ungido de Dios-- que ardientemente predicó San Pablo.
El Cristo a quien levantaron en la Cruz entre dos ladrones, porque se proclamó Dios. Mayor que Jonás, que Salomón, que Moisés y que Elías. Mayor que toda criatura, igual al Padre; el Hijo del hombre, que tiene poder para perdonar los pecados Mt 9, 6), al que “muchos profetas y reyes ven lo que vosotros veis”.
Es conocer a Cristo para amarlo y luego servirlo en la Iglesia.
Cristo les pide a los apóstoles: “Ustedes serán mis testigos”. Eso mismo pide al cristiano de la actualidad; que sea testigo de Cristo.
Creer que Jesús es el Hijo de Dios, es creer en el misterio de la Trinidad; es creer en el misterio de la encarnación; es creer en el misterio de Dios, el misterio del amor; es creer en la presencia sacramental en la Santa Eucaristía. Cristo es todo.
Cristo es fuerza de Dios,
es sabiduría de Dios
San Pablo escribe a los colosenses: “Cristo es fuerza de Dios, es sabiduría de Dios. Por él sois lo que sois en Cristo, el cual fue hecho para nosotros sabiduría” (Col 1, 24).
Desde que apareció entre los hombres hasta este día, su fuerza y su sabiduría han quedado por amor al servicio de los hombres. Esos tesoros de su sabiduría y de su fuerza se han manifestado en toda la Iglesia y en cada uno de los cristianos que buscan a Cristo y creen que es el Hijo de Dios y no el hijo del carpintero.
La Iglesia es, por sus ministros, dispensadora y administradora de las gracias divinas, con los sacramentos y la palabra que ilumina y que salva.
Cristo es vida
Los reunidos en la sinagoga de Nazaret, mentes ofuscadas, no alcanzaron a llegar al regalo divino: que allí frente a ellos, en el mismo que entre ellos se crió y entre ellos creció, estaba el misterio del Ungido de Dios, del Verbo de Dios.
“Al principio era el Verbo
y el Verbo estaba en Dios
y el Verbo era Dios” (Juan 1, 1).
Y el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14)
“En él estaba la vida” (Juan 1, 3).
“Vino a los suyos,
pero los suyos no le recibieron” (Juan 1, 3).
Porque no le recibieron, no fue para ellos el gran regalo de Cristo: “Yo soy la vida. El que crea en mí, aunque haya muerto vivirá”.
Pbro. José R. Ramírez
Todos estaban admirados de su sabiduría y se preguntaban con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le vienen esa sabiduría y el poder de hacer milagros?”.
Esto aconteció en los inicios de la vida pública de Cristo. Han corrido veinte siglos de cristianismo, y ahora, en el siglo XXI, para muchos Cristo es el gran desconocido, aún entre los bautizados, en quienes han nacido y crecido en el seno de la Iglesia.
Ante la persona de Cristo se han ido manifestando todos los errores posibles.
He aquí algunos: Dicen que es un gran filósofo, y sí lo es, pero no es la imagen de Cristo; afirman que es el predicador de la más alta doctrina; que es el mayor revolucionario, cuya causa sigue en pie veinte siglos después, hasta el día de hoy.
Otros lo presentan como el mayor héroe, hasta entregarse voluntariamente a la muerte por los suyos, y todavía se quedan cortos.
Y los que hablan movidos por bajas pasiones han afirmado que era un impostor, un alucinado o un simple hombre deificado por la devoción de sus seguidores.
No han faltado los ingenuos que han escrito: es un mito, nunca existió.
Pero la personalidad de Jesucristo es tan rica y su misión tan amplia, que ningún hombre podría dar cuenta de ello cumplidamente.
Él mismo es la imagen
visible de Dios
Nació hace veinte siglos en una aldea de un país pequeño: Israel. Vivió treinta años en otra aldea, una vida sencilla de operario en un taller de operario, artesano carpintero, trabajando con sus propias manos.
Sólo durante tres años predicó la Buena Nueva, fundó un Reino espiritual y con muchos milagros demostró que su palabra y su obra no eran ni palabra ni obra meramente humanas.
Un escritor judío del siglo I, Flavio Josefo, así dejó escrito: “Apareció en un tiempo Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos sorprendentes, maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a morir en la cruz. Sin embargo, quienes antes lo habían amado no dejaron de quererlo. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido”.
Pero la vida, la predicación, la obra de Cristo, carecen de sentido si se le despoja de su condición de que es hombre y es Dios.
Ni sólo Dios, ni sólo hombre, ni un ser intermedio, sino Dios y hombre a la vez.
Es hombre en la indigencia y los coros de los ángeles lo alaban como Dios; es circuncidado como hombre y recibe nombre divino; se somete a José y a María y es admirado por los doctores del templo; es bautizado por Juan y es “la complacencia del Padre”; padece hambre y sed y da de comer a multitudes; cansado se sienta y hace caminar a los paralíticos; es hijo de David y existió antes que Abraham; llora ante el sepulcro de Lázaro y luego lo resucita.
Buscar y conocer a Jesús
Los judíos tenían de él una falsa concepción: un Mesías terrenal cuya misión, según ellos, consistía en romper las cadenas las cadenas de la nación opresora. Un Mesías con la espada desenvainada, cortando cabezas de los enemigos del pueblo judío. No estaban dispuestos, no tenían fe y veían en él sólo al hombre, al carpintero, al hijo de María y hermano --así llamaban a los primos-- de Santiago, José, Judas y Simón.
La fe es una condición para conocer a Jesús. Como los suyos no tenían fe, no lo conocieron, ni merecieron la dádiva de su milagro. Sólo curó a unos pocos enfermos, los que vieron en él no sólo al hijo del carpintero. Se extrañan ante la presencia misteriosa de Cristo, sólo alcanzable su personalidad con una mirada de fe. El judío es un pueblo de dura cerviz, reacio para abrirse a la gracia.
Cristo está demasiado cerca
Cristo está en la historia. Resucitó y vive. Vive y está entre los suyos, entre los hombres todos, para que lo encuentre el que lo busque.
Está en la vida humana, en los acontecimientos. En estos días de dolor de las madres que perdieron a sus niños en Hermosillo, Sonora, muchas lágrimas fueron enjugadas en el corazón de Cristo. “Venid a mí los que están fatigados y agobiados, yo os aliviaré” (Mt 11, 28).
Cristo está en su palabra escrita y pronunciada por quien la proclama con fe. Está en sus sacramentos, singularmente en la Santa Eucaristía, alimento espiritual, pan de vida.
Está en la Iglesia en todos, en los justos y para los pecadores, porque así como Dios hace salir el sol para los buenos y para los malos, Cristo busca a todas las ovejas porque para todos es la vida eterna.
Permanece todos los días también en cada prójimo: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y m e diste de beber...”.
Está perpetuamente, generosamente, amistosamente, dondequiera; sólo falta el espíritu de fe para descubrir su presencia. “Dios ha manifestado su amor por nosotros, al enviar a su único Hijo al mundo” (Juan 22, 5).
El cristianismo es Cristo
Ser Cristiano es creer en la persona de Cristo: el Kyrios de los cristianos de Antioquía, del primer siglo: el Logos del evangelista Juan; el Cristo --ungido de Dios-- que ardientemente predicó San Pablo.
El Cristo a quien levantaron en la Cruz entre dos ladrones, porque se proclamó Dios. Mayor que Jonás, que Salomón, que Moisés y que Elías. Mayor que toda criatura, igual al Padre; el Hijo del hombre, que tiene poder para perdonar los pecados Mt 9, 6), al que “muchos profetas y reyes ven lo que vosotros veis”.
Es conocer a Cristo para amarlo y luego servirlo en la Iglesia.
Cristo les pide a los apóstoles: “Ustedes serán mis testigos”. Eso mismo pide al cristiano de la actualidad; que sea testigo de Cristo.
Creer que Jesús es el Hijo de Dios, es creer en el misterio de la Trinidad; es creer en el misterio de la encarnación; es creer en el misterio de Dios, el misterio del amor; es creer en la presencia sacramental en la Santa Eucaristía. Cristo es todo.
Cristo es fuerza de Dios,
es sabiduría de Dios
San Pablo escribe a los colosenses: “Cristo es fuerza de Dios, es sabiduría de Dios. Por él sois lo que sois en Cristo, el cual fue hecho para nosotros sabiduría” (Col 1, 24).
Desde que apareció entre los hombres hasta este día, su fuerza y su sabiduría han quedado por amor al servicio de los hombres. Esos tesoros de su sabiduría y de su fuerza se han manifestado en toda la Iglesia y en cada uno de los cristianos que buscan a Cristo y creen que es el Hijo de Dios y no el hijo del carpintero.
La Iglesia es, por sus ministros, dispensadora y administradora de las gracias divinas, con los sacramentos y la palabra que ilumina y que salva.
Cristo es vida
Los reunidos en la sinagoga de Nazaret, mentes ofuscadas, no alcanzaron a llegar al regalo divino: que allí frente a ellos, en el mismo que entre ellos se crió y entre ellos creció, estaba el misterio del Ungido de Dios, del Verbo de Dios.
“Al principio era el Verbo
y el Verbo estaba en Dios
y el Verbo era Dios” (Juan 1, 1).
Y el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14)
“En él estaba la vida” (Juan 1, 3).
“Vino a los suyos,
pero los suyos no le recibieron” (Juan 1, 3).
Porque no le recibieron, no fue para ellos el gran regalo de Cristo: “Yo soy la vida. El que crea en mí, aunque haya muerto vivirá”.
Pbro. José R. Ramírez