Suplementos
Los anfitriones
No hay como sentirse bien atendido por un buen anfitrión
Cuando uno está de viaje, lo mejor que te puede suceder es llegar a casa de un familiar o amigo y ser invitado a pasar la noche en su casa.
Tal vez las condiciones del hospedaje no lleguen a ser las óptimas, pero siempre son compensadas por la calidez del trato.
Hace algunas semanas me relataron la experiencia contraria, es decir llegar a casa de un hermano en el extranjero y en vez de invitarte a pasar la noche en su casa, de inmediato sugirió que se fueran al hotel cercano.
Simplemente porque ya se ha perdido ese sentido de hospitalidad tan grande, que aún se conserva en nuestras culturas. Desde luego que los viajeros se sintieron extrañados y rechazados por el hermano. El ya ni cuenta se dio de la falta de cortesía con sus familiares. Se le olvidó lo hermoso que es saber atender a los viajeros.
En cambio en nuestras familias es mucho más natural y hasta se convierte en un placer, recibir a los visitantes y atenderlos a cuerpo de rey. Todo lo que se tiene al alcance se pone a disposición del recién llegado. Y claro está, la experiencia de pasar unas noches en casa de alguien te da una idea más clara de las costumbres y hábitos de esa familia, como parte de la forma de ser de esa cultura.
Confieso que a lo largo de mi vida siempre he preferido llegar a casa de alguien, que quedarme en un hotel. Porque de esa manera he aprendido mucho de los anfitriones y su forma de ser.
Además, es una manera muy directa de sentirte el calor humano, las atenciones y detalles que tienen las personas. De hecho, se sabe que en muchas culturas es un elevado gesto de humanismos, incluso un gran valor moral atender al peregrino y al viajero. Abrir las puertas de tu hogar, es como abrir tu corazón al prójimo.
Tal vez las condiciones del hospedaje no lleguen a ser las óptimas, pero siempre son compensadas por la calidez del trato.
Hace algunas semanas me relataron la experiencia contraria, es decir llegar a casa de un hermano en el extranjero y en vez de invitarte a pasar la noche en su casa, de inmediato sugirió que se fueran al hotel cercano.
Simplemente porque ya se ha perdido ese sentido de hospitalidad tan grande, que aún se conserva en nuestras culturas. Desde luego que los viajeros se sintieron extrañados y rechazados por el hermano. El ya ni cuenta se dio de la falta de cortesía con sus familiares. Se le olvidó lo hermoso que es saber atender a los viajeros.
En cambio en nuestras familias es mucho más natural y hasta se convierte en un placer, recibir a los visitantes y atenderlos a cuerpo de rey. Todo lo que se tiene al alcance se pone a disposición del recién llegado. Y claro está, la experiencia de pasar unas noches en casa de alguien te da una idea más clara de las costumbres y hábitos de esa familia, como parte de la forma de ser de esa cultura.
Confieso que a lo largo de mi vida siempre he preferido llegar a casa de alguien, que quedarme en un hotel. Porque de esa manera he aprendido mucho de los anfitriones y su forma de ser.
Además, es una manera muy directa de sentirte el calor humano, las atenciones y detalles que tienen las personas. De hecho, se sabe que en muchas culturas es un elevado gesto de humanismos, incluso un gran valor moral atender al peregrino y al viajero. Abrir las puertas de tu hogar, es como abrir tu corazón al prójimo.