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Los Diez Mandamientos

Puede constatarse en la historia de la humanidad, en la filosofía y en la antropología que el hombre, cuando toma conciencia de sí mismo

     Puede constatarse en la historia de la humanidad, en la filosofía y en la antropología que el hombre, cuando toma conciencia de sí mismo y se interroga, descubre tendencias que indican una manera de ser innata. Por ejemplo, se orienta de manera natural –aunque a veces pareciera todo lo contrario– a la búsqueda de la verdad, a vivir en sociedad con otros, a decidir libremente sobre él mismo, etc. Estas orientaciones que constituyen en parte a la llamada ley natural, son generadoras de una acción dinámica que lleva al hombre a realizarse como persona sea o no creyente.
    Dentro del contexto cristiano, que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios es fundamental y decisivo para descubrir qué desea Dios de él. La aportación más importante para comprender el designio de Dios es la revelación, puesto que para conocer con certeza y detalle su voluntad y ponerla luego en práctica, necesitamos un apoyo que sólo puede venir de Él mismo. El hombre posee todo lo que necesita para conocer y comprender los principios fundamentales que rigen su vida. Sin embargo, los valores éticos han estado mezclados con tantas interpretaciones que era necesario que Dios mismo se hiciera presente con su palabra, la revelación, para que su conocimiento y posibilidades se renovaran adecuadamente.
     Así se presenta la ley mosaica y su eje fundamental: los Diez Mandamientos, el decálogo.
    “Si quieres entrar en la vida, obedece los mandamientos” (Mt 19, 17), son las palabras exactas con las que N. S. Jesucristo le indica al hombre de todos los tiempos el camino para alcanzar la plenitud. Los Mandamientos son preceptos de la ley natural, la cual se entiende, siguiendo a santo Tomás de Aquino, como la verdad grabada en el corazón de todo ser humano, cuya existencia es anterior al hombre y tiene las características de ser universal e inmutable.
     Se denomina ley natural, porque contiene los deberes propios de la naturaleza humana y porque su esencia puede ser captada por la razón sin ayuda sobrenatural. Por ejemplo, sabemos, sin que nadie tenga que decírnoslo, que el adulterio y el robo son males en sí mismos, puesto que podemos razonar que violan derechos humanos fundamentales. Generalmente, la ley natural se resume en dos obligaciones simples: busca el bien y evita el mal, y trata a los demás como quieras que te traten.
     Los Mandamientos de la Ley de Dios constituyen la ley moral que le fue entregada a Moisés, que Jesucristo perfeccionó y dio cumplimiento cabal (cfr. Mt 5, 17-48) y constituyen, sin lugar a dudas, el programa más completo y perfecto que se haya dado en el mundo para alcanzar la paz, la felicidad y la tranquilidad a los individuos, a las familias, a las sociedades y a las naciones.      
     Los Mandamientos no son prohibiciones arbitrarias que obstaculizan la actividad del hombre, sino una ley intrínsecamente justa con la que podemos gobernarnos para nuestro propio bien. Basta mirar alrededor nuestro. Las mayores tragedias en esta vida ocurren, frecuentemente, porque no se guardan los Mandamientos: falta de respeto a la vida y a la dignidad de la persona; la codicia y el desenfreno, la falta de honradez, las idolatrías, las supersticiones, y un largo etcétera. A veces, cumplirlos es una tarea ardua, difícil y penosa; no basta con decir: “yo no robo ni mato”, pues son diez los preceptos y para salvarse hay que obedecerlos todos.
     Cabe señalar que en el libro del Éxodo los Mandamientos no están claramente numerados del uno al diez; su orden y arreglo es obra de los hombres, cuyo fin es, esencialmente, facilitar su memorización. También es notorio que integran una lista de los pecados más graves contra las virtudes más importantes: idolatría contra religión, profanación contra reverencia, homicidio y robo contra justicia, perjurio contra veracidad y caridad.
     En el sermón de la montaña Jesús nos enseñó a descubrir la perfección de la ley mosaica en el espíritu de las bienaventuranzas: “no he venido a ponerles fin, sino a darle su verdadero significado” (Mt 5, 17).
     A la luz de la nueva alianza, el decálogo revela su perenne actualidad en la vida del hombre. El contenido de sus formulaciones conserva siempre la capacidad de promover el respeto de los valores, derechos y deberes humanos, y de contribuir a su crecimiento hasta la plenitud de la ley del amor que Cristo nos revela. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
 
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
       

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