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'Lo que ha dicho el Señor se cumplirá'
El Adviento, este camino de preparación, de esperanza, de alegría, ha llegado ahora a su cuarta estación
El Adviento, este camino de preparación, de esperanza, de alegría, ha llegado ahora a su cuarta estación. El Señor está cada vez más cerca y se empiezan a percibir ya los signos de ello.
En la primera lectura el profeta Miqueas --coetáneo del profeta Isaías, ambos del siglo octavo antes de Cristo--, anuncia dos señales claras del Mesías esperado: la primera, que será descendiente de Jesé, padre de David; y la segunda, que nacerá en Belén de Judá.
El acontecimiento más grandioso en la historia de la humanidad: donde abrirá sus ojos el Mesías, el libertador de Israel, no será en una gran urbe plena de riqueza, sabiduría, cultura, sino en una aldea que es un punto geográfico insignificante: Belén, un pueblito de pastores. El Salvador anunciado inaugurará una época de paz, vendrá a pastorear “con la fuerza del Señor” a las ovejas de la casa de Israel.
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
La segunda lectura es de la Carta a los Hebreos, es la vinculación en los dos misterios vida-muerte: nace, hecho hombre, el Hijo de Dios, porque así podrá morir. Dios inmortal es hombre mortal. “Cristo suprime los antiguos sacrificios para establecer el nuevo”. “Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad”.
Los sacrificios del Antiguo Testamento ya perdieron su eficacia; el “único” sacrificio verdaderamente “redentor”, el que cambia radicalmente la suerte del hombre, es el de Cristo, que voluntariamente sube a Jerusalén, se abraza a la cruz y suspendido, clavado en ella, es la única mediación salvadora. Muere para quitar el pecado. Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Muere para, con su muerte, dar vida eterna a todos. Su pasión, su muerte y su resurrección es la pascua, es decir, el paso del pecado a la gracia, el paso de la muerte a la vida.
Por eso la Navidad ya es preludio de la pascua nacimiento-cruz.
Lope de Vega, gran poeta del Siglo de Oro español, así cantó:
Dormid entre las pajas
que, aunque frías se ven,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.
Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven,
serán mañana espinas
con corona cruel.
“Bendita seas entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre”
El evangelio de este domingo presenta una escena sencilla y sublime a la vez. Es el encuentro en la puerta de una humilde casa, allá arriba en la montaña, de dos primas, y las dos llevan en su seno un ser, una criatura ya para nacer. Son Isabel, la de la casa, entrada en años, esposa de Zacarías, favorecidos por Dios para ser padres del último de los profetas: Juan el Bautista; y la prima María, doncella, virgen pura que concebirá sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo: la escogida desde toda la eternidad para ser la Madre del Redentor.
Isabel, por inspiración llegada desde las alturas, al ver llegar a su prima siente en su seno saltar al niño y ella, con un grito de alegría, de gran afecto, bendice a la madre y bendice al niño que nacerá; no porque ellas necesitaran esa bendición, sino como testimonio de fe ante el gran misterio: allí ante Isabel están el Mesías que nacerá tres meses después, y la portadora de ese regalo para la humanidad, a quien llamarán “causa de nuestra alegría”.
Ante el portento, ante lo maravilloso de ese momento de su vida, Isabel exclama:
“¿Quién soy yo para que la Madre
de mi Señor venga a verme?”
Fe y humildad a la vez. Fe, porque cree que el niño que lleva en su seno María es su Señor, es el Hijo del Altísimo; humildad, porque reconoce que ella no es una mujer digna de tan grande regalo.
Así la Iglesia ha enseñado al pueblo cristiano a recibir la visita de Cristo en la Sagrada Comunión, con fe, con humildad, diciendo las palabras del centurión romano: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”.
El cristiano confiere con su fe la presencia real, verdadera, de Cristo en ese panecillo:
“Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas, si las vemos con fe,
entrarán al corazón.
“Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.
“Su sangre es nuestra bebida,
su carne nuestro alimento,
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo”.
“Dichosa tú que has creído”
Ésta es otra frase más de Isabel, porque tiene noticia de la aceptación generosa de María, quien al conocer por el mensaje del ángel --el misterio de Dios, la voluntad de Dios--, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”.
Los comentaristas, los teólogos, los doctos en Sagrada Escritura, afirman que la palabra “hágase”, traducida del latín “fiat”, fue la clave, fue el momento cumbre en el que el cielo bajó a la tierra: Dios inmortal se hizo, allí y entonces, hombre mortal.
La Iglesia durante siglos ha querido tener presente ese feliz momento y lo ha expresado en una oración, el “Angelus”, para rezarse “al alba”, hora de los primeros rayos del sol; a las doce horas del día, cuando astronómicamente los rayos caen en línea vertical desde el cenit; y “a la oración”, cuando ya tramontan los rayos del sol y pintan crepúsculos multicolores en el Occidente.
“Has creído”
Los padres conciliares, los tres mil obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), así escribieron: “La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio (Siglo V) a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo... ‘pues creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre’” (GL No. 61)
“Porque se cumplirá
cuanto te fue anunciado
de parte del Señor”
El Mesías viene a dividir la historia en dos mitades: la Antigua Alianza, y con Él, la Nueva Alianza. Viene a inaugurar la edad de oro anunciada por Isaías; “con la fuerza del Señor viene a traer el amor, la justicia, la paz”.
Si antes se vivía con la mirada elevada en el horizonte, a ver cuándo asomaba por el Oriente el “Sol de Justicia”, la Iglesia ya está gozosa porque Emmanuel --Dios con nosotros-- ha tomado parte de la historia en el centro de la vida de los hombres en este rodar de veinte siglos. El “antes” terminó en un “ahora hasta la consumación de los siglos”. María creyó y todo se ha cumplido como le fue anunciado.
Discípulos-misioneros
Los obispos de América Latina y el Caribe, reunidos el mes de mayo de 2007 en Aparecida, Brasil, llegaron al final con una idea clavada en las inteligencias y en las voluntades: todos iguales, tanto los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas; y si todos iguales, todos discípulos, todos misioneros.
Porque han recibido el mensaje son discípulos, y porque lo han recibido no es para esconder bajo tierra el talento o los talentos, sino para llevar todos ese tesoro; por eso, todos misioneros.
El evangelio de este domingo es un bello ejemplo: María recibe el mensaje del ángel y va presurosa, con alegría, con generosidad, a llevar ese regalo a su prima Isabel. María es la primera discípula, la primera misionera.
Mensaje para los
hombres del siglo XXI
Ir hacia ellos. Ya no es tiempo de esperar. Visitarlos con la Buena Nueva. Anunciarles un Salvador. Dios es amor, no el castigador severo del Antiguo Testamento. Dios es misericordia, y Cristo lo ha mostrado con imágenes elocuentes, como la del pastor agobiado, cansado y feliz contándoles a sus amigos su alegría. Allí trae sobre sus hombros a la oveja perdida y encontrada. Se le ha perdido no una, sino muchas veces, y la vuelve a buscar y la vuelve a traer al redil sobre sus hombros. Discípulos-misioneros, a correr, a llevar la noticia: ¡Ha nacido el Salvador!
Pbro. José R. Ramírez
En la primera lectura el profeta Miqueas --coetáneo del profeta Isaías, ambos del siglo octavo antes de Cristo--, anuncia dos señales claras del Mesías esperado: la primera, que será descendiente de Jesé, padre de David; y la segunda, que nacerá en Belén de Judá.
El acontecimiento más grandioso en la historia de la humanidad: donde abrirá sus ojos el Mesías, el libertador de Israel, no será en una gran urbe plena de riqueza, sabiduría, cultura, sino en una aldea que es un punto geográfico insignificante: Belén, un pueblito de pastores. El Salvador anunciado inaugurará una época de paz, vendrá a pastorear “con la fuerza del Señor” a las ovejas de la casa de Israel.
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
La segunda lectura es de la Carta a los Hebreos, es la vinculación en los dos misterios vida-muerte: nace, hecho hombre, el Hijo de Dios, porque así podrá morir. Dios inmortal es hombre mortal. “Cristo suprime los antiguos sacrificios para establecer el nuevo”. “Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad”.
Los sacrificios del Antiguo Testamento ya perdieron su eficacia; el “único” sacrificio verdaderamente “redentor”, el que cambia radicalmente la suerte del hombre, es el de Cristo, que voluntariamente sube a Jerusalén, se abraza a la cruz y suspendido, clavado en ella, es la única mediación salvadora. Muere para quitar el pecado. Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Muere para, con su muerte, dar vida eterna a todos. Su pasión, su muerte y su resurrección es la pascua, es decir, el paso del pecado a la gracia, el paso de la muerte a la vida.
Por eso la Navidad ya es preludio de la pascua nacimiento-cruz.
Lope de Vega, gran poeta del Siglo de Oro español, así cantó:
Dormid entre las pajas
que, aunque frías se ven,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.
Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven,
serán mañana espinas
con corona cruel.
“Bendita seas entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre”
El evangelio de este domingo presenta una escena sencilla y sublime a la vez. Es el encuentro en la puerta de una humilde casa, allá arriba en la montaña, de dos primas, y las dos llevan en su seno un ser, una criatura ya para nacer. Son Isabel, la de la casa, entrada en años, esposa de Zacarías, favorecidos por Dios para ser padres del último de los profetas: Juan el Bautista; y la prima María, doncella, virgen pura que concebirá sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo: la escogida desde toda la eternidad para ser la Madre del Redentor.
Isabel, por inspiración llegada desde las alturas, al ver llegar a su prima siente en su seno saltar al niño y ella, con un grito de alegría, de gran afecto, bendice a la madre y bendice al niño que nacerá; no porque ellas necesitaran esa bendición, sino como testimonio de fe ante el gran misterio: allí ante Isabel están el Mesías que nacerá tres meses después, y la portadora de ese regalo para la humanidad, a quien llamarán “causa de nuestra alegría”.
Ante el portento, ante lo maravilloso de ese momento de su vida, Isabel exclama:
“¿Quién soy yo para que la Madre
de mi Señor venga a verme?”
Fe y humildad a la vez. Fe, porque cree que el niño que lleva en su seno María es su Señor, es el Hijo del Altísimo; humildad, porque reconoce que ella no es una mujer digna de tan grande regalo.
Así la Iglesia ha enseñado al pueblo cristiano a recibir la visita de Cristo en la Sagrada Comunión, con fe, con humildad, diciendo las palabras del centurión romano: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”.
El cristiano confiere con su fe la presencia real, verdadera, de Cristo en ese panecillo:
“Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas, si las vemos con fe,
entrarán al corazón.
“Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.
“Su sangre es nuestra bebida,
su carne nuestro alimento,
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo”.
“Dichosa tú que has creído”
Ésta es otra frase más de Isabel, porque tiene noticia de la aceptación generosa de María, quien al conocer por el mensaje del ángel --el misterio de Dios, la voluntad de Dios--, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”.
Los comentaristas, los teólogos, los doctos en Sagrada Escritura, afirman que la palabra “hágase”, traducida del latín “fiat”, fue la clave, fue el momento cumbre en el que el cielo bajó a la tierra: Dios inmortal se hizo, allí y entonces, hombre mortal.
La Iglesia durante siglos ha querido tener presente ese feliz momento y lo ha expresado en una oración, el “Angelus”, para rezarse “al alba”, hora de los primeros rayos del sol; a las doce horas del día, cuando astronómicamente los rayos caen en línea vertical desde el cenit; y “a la oración”, cuando ya tramontan los rayos del sol y pintan crepúsculos multicolores en el Occidente.
“Has creído”
Los padres conciliares, los tres mil obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), así escribieron: “La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio (Siglo V) a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo... ‘pues creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre’” (GL No. 61)
“Porque se cumplirá
cuanto te fue anunciado
de parte del Señor”
El Mesías viene a dividir la historia en dos mitades: la Antigua Alianza, y con Él, la Nueva Alianza. Viene a inaugurar la edad de oro anunciada por Isaías; “con la fuerza del Señor viene a traer el amor, la justicia, la paz”.
Si antes se vivía con la mirada elevada en el horizonte, a ver cuándo asomaba por el Oriente el “Sol de Justicia”, la Iglesia ya está gozosa porque Emmanuel --Dios con nosotros-- ha tomado parte de la historia en el centro de la vida de los hombres en este rodar de veinte siglos. El “antes” terminó en un “ahora hasta la consumación de los siglos”. María creyó y todo se ha cumplido como le fue anunciado.
Discípulos-misioneros
Los obispos de América Latina y el Caribe, reunidos el mes de mayo de 2007 en Aparecida, Brasil, llegaron al final con una idea clavada en las inteligencias y en las voluntades: todos iguales, tanto los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas; y si todos iguales, todos discípulos, todos misioneros.
Porque han recibido el mensaje son discípulos, y porque lo han recibido no es para esconder bajo tierra el talento o los talentos, sino para llevar todos ese tesoro; por eso, todos misioneros.
El evangelio de este domingo es un bello ejemplo: María recibe el mensaje del ángel y va presurosa, con alegría, con generosidad, a llevar ese regalo a su prima Isabel. María es la primera discípula, la primera misionera.
Mensaje para los
hombres del siglo XXI
Ir hacia ellos. Ya no es tiempo de esperar. Visitarlos con la Buena Nueva. Anunciarles un Salvador. Dios es amor, no el castigador severo del Antiguo Testamento. Dios es misericordia, y Cristo lo ha mostrado con imágenes elocuentes, como la del pastor agobiado, cansado y feliz contándoles a sus amigos su alegría. Allí trae sobre sus hombros a la oveja perdida y encontrada. Se le ha perdido no una, sino muchas veces, y la vuelve a buscar y la vuelve a traer al redil sobre sus hombros. Discípulos-misioneros, a correr, a llevar la noticia: ¡Ha nacido el Salvador!
Pbro. José R. Ramírez