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Lo que Dios promete

Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no se cumplen las promesas de Dios?

     Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no se cumplen las promesas de Dios?

     Y la respuesta tendríamos que buscarla en nuestro propio corazón, no precisamente en lo que pretendemos que caiga espontáneamente como lluvia del cielo.

     En primer lugar sería necesario analizar si hemos leído detenida y seriamente el Evangelio, para saber en concreto qué es lo que nuestro Señor Jesucristo nos ha prometido; pero también para darnos cuenta de cuáles son las condiciones para conseguir esos premios.

     También es bueno mirar en torno para percatarnos de que nada que valga la pena en el mundo y la vida, es precisamente fácil.

     Que lo más valioso es lo que más cuesta, que lo más gratuito trae adjunto un compromiso muy grande.

     Que lo excelente requiere un esfuerzo extra de parte de quien lo desea, lo busca y quiere adquirirlo.

     Las promesas de Cristo Jesús van subiendo de tono conforme ve que se acerca el momento culminante en que deberá irse definitivamente de este mundo, para reinar eternamente con el Padre…

     Primero promete una felicidad enorme, para siempre; promete también una alegría plena, que no acabará nunca;  promete estar siempre presente, para que nadie esté solo, y promete también su Santo Espíritu que trae consigo todos los bienes que necesitamos y que pueden darnos todo aquello que deseamos.

     Es cierto que muchas veces oímos hablar del Espíritu Santo y también nosotros muchas veces hablamos de Él, pero sería bueno preguntarnos si de verdad entendemos lo que es, lo que significa ese Espíritu de Dios que el Señor Jesús prometió, y si tenemos claro lo que hay que poner de nuestra parte para recibirlo en el corazón; y sobre todo ver si lo tomamos en serio, o si es algo que ya ni nos llama la atención, que ni lo tomamos en cuenta y que ni siquiera nos afecta o nos mueve.

      Hemos llegado al momento en que recordamos y conmemoramos la Ascensión de Cristo Jesús a los cielos. Empezamos a insistir en el tema del Espíritu Santo, y tal vez nos ilusionaremos con su llegada a nuestra vida, pero si no ponemos las condiciones favorables, va a pasar de largo, como pasa la gracia que Dios va repartiendo cada día, como pasan las navidades, como tantas cosas buenas y bellas que constantemente pasan ante nosotros y ni siquiera abrimos los ojos para verlas.

      Cuando esperamos una visita, le preparamos un lugar en la casa, hacemos un ambiente agradable para que cuando llegue se sienta bien, y abrimos el corazón para llenarlo de ilusión… lo mismo exactamente corresponde hacer para esperar y recibir al Espíritu Santo.

     No basta con una indiferente espera, mientras vamos corriendo afanosamente en busca de alegrías pasajeras y a veces hasta pecaminosas, haciendo lo que desagrada a Dios y ofende a los que conviven con nosotros.

No basta con decir que sí queremos, si luego nada hacemos. No basta con creer que estamos bien y haciendo lo mejor. Muchas veces esto es precisamente lo que más nos perjudica: creernos buenos, hacernos la ilusión de que lo estamos haciendo todo bien, y en resumidas cuentas, en nuestro entorno sembramos descontento, hacemos sufrir y cometemos infinidad de errores.

      Sería deseable mirar hoy al cielo, pero en determinado momento sería también conveniente, mirar al suelo, ver nuestra auténtica realidad y poner un sincero y eficaz propósito de cambiar lo que hay que cambiar; de aceptar lo que no se puede cambiar. De hacer lo que Dios quiere que yo haga en su nombre, y crear en mi corazón un espacio donde pueda llegar y habitar el Espíritu Santo.

      Hoy pediremos al Señor que nos ayude a conseguir una genuina sinceridad, para quitar la venda de nuestros ojos y acabar con mentiras y falsedades que nos impiden ir a donde podemos encontrar lo verdadero, lo auténtico, lo que de verdad nos conduce a encontrarnos de lleno con las promesas de Dios, que al final van a ser las que sí nos darán felicidad.

María Belén Sánchez fsp

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