Suplementos
Las soberanías del mundo son un obstáculo para la paz
En todas partes, en el trabajo, en la casa y en la calle, se perciben tensiones
Son muchas las preocupaciones que aquejan a todas las personas, en las ciudades, en el campo, en la vida social, en las aspiraciones políticas y en las cotidianas angustias económicas.
En todas partes, en el trabajo, en la casa y en la calle, se perciben tensiones, aparecen nuevos descalabros, crece la inseguridad y se multiplica la confusión.
No hay rincón de la tierra ni un solo hombre que no haya experimentado la realidad ambivalente de los progresos actuales y de los conflictos muchas veces violentos, ya con una visión global e inmersos en realizaciones notables en la ciencia y la técnica, que provocan cierta deshumanización.
Muchos no aciertan a cómo manejarse en esos conflictos, y no saben o no pueden liberarse de los enfrentamientos propios de una humanidad que lucha por la subsistencia y ya no en considerar los problemas solamente personales, familiares, locales, aparte del contexto global de todo hombre y de todos los hombres.
Basta dar una mirada a las ininterrumpidas caravanas de los migrantes, con una ilusión tan poderosa de mejorar su vida, como para enfrentarse a peligros cada vez mayores de ser secuestrados y asesinados, separarse dolorosamente de sus familias y sobrellevar sufrimientos, humillaciones, riesgos y sorpresas ingratas.
El evangelio se revela a las personas sencillas
Nadie entra a un conocimiento amistoso con Cristo por la sola inteligencia. A la fe se llega por la humildad del corazón, y ésta dispone para amar y servir.
Entrar en los misterios del Reino es obra de Dios. El ateísmo y la indiferencia religiosa son obras del hombre carnal, naturalista, soberbio.
Con la razón natural el hombre puede conocer a Dios por sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento, superior a las facultades cognoscitivas del ser humano, y es el camino de la fe, porque Dios se ha manifestado, se ha revelado.
“Dispuso Dios en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (Concilio Vaticano I).
Dios se revela y quiere hombres sencillos y por eso capaces de conocerle, de responderle, de amarle y de servirle. Dios se comunica poco a poco, mas siempre cuando el hombre se vaya disponiendo a aceptar las verdades reveladas. Aquí no entran ni las ciencias, y las técnicas.
Cristo ha revelado a Dios como Padre; repetidamente en los evangelios habla el Hijo de esa paternidad. Cristo es la revelación del Padre e inntroduce a los hombres en el conocimiento del don supremo del amor del Padre, y revela que su esencia es amor. El Hijo, con palabras humanas y labios humanos ha revelado misterios divinos, y sólo con fe, con amor, con humildad, son recibidos.
“Vengan a mí todos los que están fatigados y yo les daré alivio”
Cristo no es solamente el personaje de hace dos mil años, cuyo paso por el tiempo es conocido y registrado en las páginas de la historia.
Cristo viene y está presente invisible, misericordioso, en este siglo apresurado, entre los hombres disipados de ahora , y su Buena Nueva, su mensaje, está fresca y es eficaz para los hombres de ahora. Para ellos tiene las respuesta a sus inquietudes, a sus problemas.
Ante experiencias dolorosas de fracasos, desilusiones, incomprensiones, injusticias, falsedad, desconfianza, todo eso que se amontona, aplasta, entorpece y deja a veces un tremendo vacío, ante esa tremenda enfermedad del cansancio, Jesús de Nazaret, el médico de las almas, tiende su mano a todas y cada una. Invita: “vengan a mí”. Él no vino para condenar al mundo, sino para que todos se salven.
Su presencia invisible y cierta trae una paz interior, una nueva visión y una verdadera apreciación con mirada de fe del sentido de la vida y de todos los acontecimientos y las cosas perecederas, en contraste con las eternas.
La paz interior es el tesoro escondido y encontrado por millares de hombres angustiados antes, felices ahora por haber encontrado la brújula en su antes incierta navegación. Toda conversión siempre ha sido un puerto feliz. Encontrar a Cristo es hallar alivio,un bálsamo para hacer menos dolorosas las heridas, las derrotas.
Sencillez
Pero para encontrar a Cristo, para entender, gustar y vivir su mensaje, el hombre se tiene que despojar del orgullo, de la vanidad, de la soberbia.
Una anécdota, tal vez histórica, corre así: El emperador Hecladio venció al turco Corroes, y como botín recobró la verdadera cruz que estaba en poder de los vencidos. Radiante de alegría, el emperador se vistió de seda y oro y echó a su hombro la cruz para entronizarla en el santo templo, mas algo le detuvo en la puerta y no podía pasar. El Obispo Zaconás le dijo: “Despójate del oro y las riquezas”. Vestido con una sencilla túnica, llevó la cruz hasta el altar.
La sencillez es la renuncia a todo cálculo humano, es sentirse en presencia de Dios como se es en verdad, despojado de añadiduras inútiles.
Al humano suelen agradarle los trajes vistosos, los títulos adquiridos, los honores tributados, los reconocimientos. Todo esto, sin embargo, no impresiona a Cristo. A Él le complace solamente amar y ser amado.
Santa Teresa del Niño Jesús --conocida como Santa Teresita para distinguirla de la grande Teresa de Ávila-- descubrió un camino de santidad: vivir el amor y ponerse sencillamente en las manos de Dios. Alguien ha llamado ese camino “la infancia espiritual”.
Oremos: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.
José R. Ramírez Mercado
En todas partes, en el trabajo, en la casa y en la calle, se perciben tensiones, aparecen nuevos descalabros, crece la inseguridad y se multiplica la confusión.
No hay rincón de la tierra ni un solo hombre que no haya experimentado la realidad ambivalente de los progresos actuales y de los conflictos muchas veces violentos, ya con una visión global e inmersos en realizaciones notables en la ciencia y la técnica, que provocan cierta deshumanización.
Muchos no aciertan a cómo manejarse en esos conflictos, y no saben o no pueden liberarse de los enfrentamientos propios de una humanidad que lucha por la subsistencia y ya no en considerar los problemas solamente personales, familiares, locales, aparte del contexto global de todo hombre y de todos los hombres.
Basta dar una mirada a las ininterrumpidas caravanas de los migrantes, con una ilusión tan poderosa de mejorar su vida, como para enfrentarse a peligros cada vez mayores de ser secuestrados y asesinados, separarse dolorosamente de sus familias y sobrellevar sufrimientos, humillaciones, riesgos y sorpresas ingratas.
El evangelio se revela a las personas sencillas
Nadie entra a un conocimiento amistoso con Cristo por la sola inteligencia. A la fe se llega por la humildad del corazón, y ésta dispone para amar y servir.
Entrar en los misterios del Reino es obra de Dios. El ateísmo y la indiferencia religiosa son obras del hombre carnal, naturalista, soberbio.
Con la razón natural el hombre puede conocer a Dios por sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento, superior a las facultades cognoscitivas del ser humano, y es el camino de la fe, porque Dios se ha manifestado, se ha revelado.
“Dispuso Dios en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (Concilio Vaticano I).
Dios se revela y quiere hombres sencillos y por eso capaces de conocerle, de responderle, de amarle y de servirle. Dios se comunica poco a poco, mas siempre cuando el hombre se vaya disponiendo a aceptar las verdades reveladas. Aquí no entran ni las ciencias, y las técnicas.
Cristo ha revelado a Dios como Padre; repetidamente en los evangelios habla el Hijo de esa paternidad. Cristo es la revelación del Padre e inntroduce a los hombres en el conocimiento del don supremo del amor del Padre, y revela que su esencia es amor. El Hijo, con palabras humanas y labios humanos ha revelado misterios divinos, y sólo con fe, con amor, con humildad, son recibidos.
“Vengan a mí todos los que están fatigados y yo les daré alivio”
Cristo no es solamente el personaje de hace dos mil años, cuyo paso por el tiempo es conocido y registrado en las páginas de la historia.
Cristo viene y está presente invisible, misericordioso, en este siglo apresurado, entre los hombres disipados de ahora , y su Buena Nueva, su mensaje, está fresca y es eficaz para los hombres de ahora. Para ellos tiene las respuesta a sus inquietudes, a sus problemas.
Ante experiencias dolorosas de fracasos, desilusiones, incomprensiones, injusticias, falsedad, desconfianza, todo eso que se amontona, aplasta, entorpece y deja a veces un tremendo vacío, ante esa tremenda enfermedad del cansancio, Jesús de Nazaret, el médico de las almas, tiende su mano a todas y cada una. Invita: “vengan a mí”. Él no vino para condenar al mundo, sino para que todos se salven.
Su presencia invisible y cierta trae una paz interior, una nueva visión y una verdadera apreciación con mirada de fe del sentido de la vida y de todos los acontecimientos y las cosas perecederas, en contraste con las eternas.
La paz interior es el tesoro escondido y encontrado por millares de hombres angustiados antes, felices ahora por haber encontrado la brújula en su antes incierta navegación. Toda conversión siempre ha sido un puerto feliz. Encontrar a Cristo es hallar alivio,un bálsamo para hacer menos dolorosas las heridas, las derrotas.
Sencillez
Pero para encontrar a Cristo, para entender, gustar y vivir su mensaje, el hombre se tiene que despojar del orgullo, de la vanidad, de la soberbia.
Una anécdota, tal vez histórica, corre así: El emperador Hecladio venció al turco Corroes, y como botín recobró la verdadera cruz que estaba en poder de los vencidos. Radiante de alegría, el emperador se vistió de seda y oro y echó a su hombro la cruz para entronizarla en el santo templo, mas algo le detuvo en la puerta y no podía pasar. El Obispo Zaconás le dijo: “Despójate del oro y las riquezas”. Vestido con una sencilla túnica, llevó la cruz hasta el altar.
La sencillez es la renuncia a todo cálculo humano, es sentirse en presencia de Dios como se es en verdad, despojado de añadiduras inútiles.
Al humano suelen agradarle los trajes vistosos, los títulos adquiridos, los honores tributados, los reconocimientos. Todo esto, sin embargo, no impresiona a Cristo. A Él le complace solamente amar y ser amado.
Santa Teresa del Niño Jesús --conocida como Santa Teresita para distinguirla de la grande Teresa de Ávila-- descubrió un camino de santidad: vivir el amor y ponerse sencillamente en las manos de Dios. Alguien ha llamado ese camino “la infancia espiritual”.
Oremos: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.
José R. Ramírez Mercado