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Las cantineras del lejano Oeste
Todos los hombres son iguales, en este ambiente, todos lo son
GUADALAJARA, JALISCO (20/JUL/2014).- Sarahí tiene pechos de madre que asoman de su blusa amarilla con tirantes. Su hija de un año la espera en casa mientras que esos mismos pechos son observados por el hombre de camisa a rayas que se sienta a un lado de mí en la barra. Escucho que le saca el nombre a la fuerza y que le habla de cualquier cosa con palabras resbaladizas. Ella, arisca, le responde cortante y sirve una campechana —cerveza clara y oscura— a uno de los clientes. En la barra somos unos 10, en las mesas dos. Sarahí habla con Laura, su compañera que también tiene una hija, pero de dos años.
Hoy, a las siete de la tarde de un miércoles, mientras el Parque Metropolitano, que está a sólo medio kilómetro de este bar, se llena de oficinistas que salen a correr después de la jornada de trabajo, paseadores de perros y los caminantes que esperan a que baje el sol para no transpirar durante el ejercicio, aquí, otros oficinistas, con camisas y gafetes aún colgados en los cuellos, paran por un litro a 35 pesos en este bar atendido por dos mujeres.
El ambiente tiene asistencia masculina en un 90 por ciento y las pocas mujeres que van son la pareja de alguien y se sientan en las mesas. Los hombres solos van a la barra a hablar con las cantineras.
Alguien le da la mala noticia a Laura de que algo pasó en el baño de hombres. Ella entra y sale inmediatamente con cara de asco. Llena de agua una cubeta vieja y, de mala gana, le tira adentro un trapeador que está gris de todo el trabajo que debe hacer diario. “Le voy a poner un cartel que diga ‘el mingitorio no es bote de basura’”. Sale del baño meneando la cabeza de un lado al otro, “no no no”. Con el pie arrastra el bote de agua a través de todo el local dejándolo fuera. No quiso siquiera que sus manos lo tocaran.
El estilo de lejano Oeste es el alma en la cantina. Tarros de acero inoxidable, platos de metal despintados que se llenan con churritos en forma de rueda que a granel llenan una bolsa puesta desprolijamente arriba de una caja, un par de botas empolvadas clavadas arriba de los espejos que reflejan a los clientes y una cabeza de vaca también empolvada. Puertas vaivén para que luzcan cuando el cliente las atraviesa. Afuera todavía hay sol, pero sólo se ve cuando las puertas hacen su baile.
Arriba de la barra, de frente a los que toman solos, cuelgan 12 cuadros de signos zodiacales con caricaturas de mujeres al estilo de portadas de El libro vaquero, con un toque más porno que astrológico: mujeres desnudas y toros y escorpiones rodeando sus cuerpos entre nubes y olas de mar. En las pantallas destinadas a partidos de futbol de pago por evento, el canal Classic 1 pasa videos de Phil Collins.
“Somos nosotras dos. A las nueve se va Sarahí y yo me quedo sola hasta que cerramos, a la una”, dice Laura que trabaja allí desde hace un año y medio. Sarahí lleva sólo cuatro meses y dejó la carrera de diseño gráfico cuando quedó embarazada; Laura pone uñas en las mañanas para llegar con un dinero extra a la casa. Las propinas del bar, en un día bueno, oscilan entre 300 y 400 pesos.
La más novata le dice a su compañera, luego de un comentario pesado por el exceso de alcohol del de camisa a rayas, “todos los hombres son iguales”, a lo que el implicado interviene: “No todos”. Sarahí lo mira y contesta “en este ambiente todos son iguales”.
El hombre ofendido carga el celular detrás de la barra y atiende el aparato con el cable estirado que desaparece en la madera roja gastada. Habla con un tono que roza el grito: “¡Que en un rato voy a la casa!”. Sarahí comenta: “A los de la barra los conoces en seguida, este del celular es nuevo”.
En un extremo del lugar con bancas altas hay dos hombres de unos 38 años mal vividos que podrían ser 45 y que bromean con las cantineras. “Ellos son clientes de siempre, amigos del dueño. Ya los conocemos”. Al dúo se le añaden tres amigos de las mismas edades. Laura les sirve sus tarros de memoria, sin que ellos se los pidan. Las cantineras cuentan que uno de los clientes que va seguido se toma de seis a siete litros por día. Varios de ellos están casados, uno incluso se aparecía en el bar con la amante hasta que un día su mujer llegó hecha un tornado con camisas de hombre en mano y la plancha. “Que te planche ella la ropa”, le dijo y dejó el artefacto y la ropa arriba de la barra.
“No me saludaste”, reclama uno de los recién llegados como si eso fuera a ofenderlo o a crear algún daño en la relación. “Tu cerveza está ahí, no te saludé pero ahí está”, se apura a responder Laura. Otro de los recién llegados se acerca a la caja, pasa por detrás del mostrador y toca con confianza el teclado de la computadora. La música cambia de inmediato de Alejandro Sanz a The Cure. Luego Creedence.
Debajo de un cartel que con el símbolo de no fumar dice “salud sin drogas, tarea de todos los jalisciences” está apoyada una cajetilla de Delicados. Las chicas salen a fumar y la puerta queda al lado de zona de clientes VIP de la barra. Uno de ellos le pasa a Laura el brazo por detrás del cuello, la mano descansa en su hombro.
Salgo a fumar y me encuentro el bote de agua con el trapeador sumergido que sacó Laura enojada el baño de hombres. Tal vez así queden algunas almas, sumergidas, malolientes y con restos de quién sabe qué, luego de tomar seis litros de cervezas y volver con sus mujeres a las camas que sólo añoran las meseras de la cantina. Esperando sus cervezas, sus escotes, sus charla complacientes y, por qué no, esperando eternamente sus besos.
Hoy, a las siete de la tarde de un miércoles, mientras el Parque Metropolitano, que está a sólo medio kilómetro de este bar, se llena de oficinistas que salen a correr después de la jornada de trabajo, paseadores de perros y los caminantes que esperan a que baje el sol para no transpirar durante el ejercicio, aquí, otros oficinistas, con camisas y gafetes aún colgados en los cuellos, paran por un litro a 35 pesos en este bar atendido por dos mujeres.
El ambiente tiene asistencia masculina en un 90 por ciento y las pocas mujeres que van son la pareja de alguien y se sientan en las mesas. Los hombres solos van a la barra a hablar con las cantineras.
Alguien le da la mala noticia a Laura de que algo pasó en el baño de hombres. Ella entra y sale inmediatamente con cara de asco. Llena de agua una cubeta vieja y, de mala gana, le tira adentro un trapeador que está gris de todo el trabajo que debe hacer diario. “Le voy a poner un cartel que diga ‘el mingitorio no es bote de basura’”. Sale del baño meneando la cabeza de un lado al otro, “no no no”. Con el pie arrastra el bote de agua a través de todo el local dejándolo fuera. No quiso siquiera que sus manos lo tocaran.
El estilo de lejano Oeste es el alma en la cantina. Tarros de acero inoxidable, platos de metal despintados que se llenan con churritos en forma de rueda que a granel llenan una bolsa puesta desprolijamente arriba de una caja, un par de botas empolvadas clavadas arriba de los espejos que reflejan a los clientes y una cabeza de vaca también empolvada. Puertas vaivén para que luzcan cuando el cliente las atraviesa. Afuera todavía hay sol, pero sólo se ve cuando las puertas hacen su baile.
Arriba de la barra, de frente a los que toman solos, cuelgan 12 cuadros de signos zodiacales con caricaturas de mujeres al estilo de portadas de El libro vaquero, con un toque más porno que astrológico: mujeres desnudas y toros y escorpiones rodeando sus cuerpos entre nubes y olas de mar. En las pantallas destinadas a partidos de futbol de pago por evento, el canal Classic 1 pasa videos de Phil Collins.
“Somos nosotras dos. A las nueve se va Sarahí y yo me quedo sola hasta que cerramos, a la una”, dice Laura que trabaja allí desde hace un año y medio. Sarahí lleva sólo cuatro meses y dejó la carrera de diseño gráfico cuando quedó embarazada; Laura pone uñas en las mañanas para llegar con un dinero extra a la casa. Las propinas del bar, en un día bueno, oscilan entre 300 y 400 pesos.
La más novata le dice a su compañera, luego de un comentario pesado por el exceso de alcohol del de camisa a rayas, “todos los hombres son iguales”, a lo que el implicado interviene: “No todos”. Sarahí lo mira y contesta “en este ambiente todos son iguales”.
El hombre ofendido carga el celular detrás de la barra y atiende el aparato con el cable estirado que desaparece en la madera roja gastada. Habla con un tono que roza el grito: “¡Que en un rato voy a la casa!”. Sarahí comenta: “A los de la barra los conoces en seguida, este del celular es nuevo”.
En un extremo del lugar con bancas altas hay dos hombres de unos 38 años mal vividos que podrían ser 45 y que bromean con las cantineras. “Ellos son clientes de siempre, amigos del dueño. Ya los conocemos”. Al dúo se le añaden tres amigos de las mismas edades. Laura les sirve sus tarros de memoria, sin que ellos se los pidan. Las cantineras cuentan que uno de los clientes que va seguido se toma de seis a siete litros por día. Varios de ellos están casados, uno incluso se aparecía en el bar con la amante hasta que un día su mujer llegó hecha un tornado con camisas de hombre en mano y la plancha. “Que te planche ella la ropa”, le dijo y dejó el artefacto y la ropa arriba de la barra.
“No me saludaste”, reclama uno de los recién llegados como si eso fuera a ofenderlo o a crear algún daño en la relación. “Tu cerveza está ahí, no te saludé pero ahí está”, se apura a responder Laura. Otro de los recién llegados se acerca a la caja, pasa por detrás del mostrador y toca con confianza el teclado de la computadora. La música cambia de inmediato de Alejandro Sanz a The Cure. Luego Creedence.
Debajo de un cartel que con el símbolo de no fumar dice “salud sin drogas, tarea de todos los jalisciences” está apoyada una cajetilla de Delicados. Las chicas salen a fumar y la puerta queda al lado de zona de clientes VIP de la barra. Uno de ellos le pasa a Laura el brazo por detrás del cuello, la mano descansa en su hombro.
Salgo a fumar y me encuentro el bote de agua con el trapeador sumergido que sacó Laura enojada el baño de hombres. Tal vez así queden algunas almas, sumergidas, malolientes y con restos de quién sabe qué, luego de tomar seis litros de cervezas y volver con sus mujeres a las camas que sólo añoran las meseras de la cantina. Esperando sus cervezas, sus escotes, sus charla complacientes y, por qué no, esperando eternamente sus besos.