Suplementos
La vida eterna
Entre las causas de ello, podemos mencionar la falta de una disciplina que le ayude a formar hábitos que le lleven a reflexionar, a profundizar, y que a su vez le faciliten la interiorización
Uno de los males que aquejan al ser humano de nuestro tiempo, es, sin duda, la enajenación en la que llega a vivir.
Entre las causas de ello, podemos mencionar la falta de una disciplina que le ayude a formar hábitos que le lleven a reflexionar, a profundizar, y que a su vez le faciliten la interiorización para de esa manera conocerse a sí mismo, quedándose, por consecuencia, en lo puro exterior, lo que suscita la superficialidad en su pensar, hablar y actuar.
Así mismo el estilo de vida “moderna”, la cual, de suyo, es enajenante. La lucha por la supervivencia, por destacar, por superarse y tener éxito; los múltiples compromisos sociales; el afán a veces insaciable de diversión desenfrenada, etc., que hace que el día sea insuficiente para desarrollar tantas actividades, y mucho menos para ir hacia adentro de sí mismo.
Es una gran verdad la que afirma que para conocer a Dios realmente, es preciso conocerse a sí mismo, y que nuestra vida, todos esos años que pasamos en este mundo, hemos de dedicarla a ese doble conocimiento: el de uno mismo y el de Dios; de esa manera cobrará sentido, para aquellos que lo logran, la vida mortal y la vida eterna.
Si bien, en un pasado no muy lejano --aunque de una manera muchas veces fantasiosa, desvirtuada o simplemente equivocada--, se tenía fe en una vida futura, en una vida eterna, podemos afirmar que en la actualidad se ha perdido considerablemente esa fe, de tal forma que muchos, inclusive bautizados y que se dicen cristianos católicos, pasan su existencia sin una auténtica esperanza, o llenos de confusiones y de sentimientos encontrados, entre los que prevalecen el temor, la incertidumbre. Por ello, y es frecuente que suceda, se inclinan a no enfrentar esa realidad y prefieren huír, argumentando que esas cosas son anacrónicas, son inventos de las gentes beatas, o de la misma Iglesia, para manipular conciencias, etc., fomentándose aun más la mencionada enajenación.
Es por ello que se hace necesario retomar esta gran verdad y a la vez gran misterio que es la vida eterna, a la que se le denomina también como el Cielo, la Gloria, la Casa del Padre, etc., para depurarla, para enseñarla en toda su dimensión y autenticidad.
Jesús la define de una manera sencilla, directa y clara, en el Evangelio de San Juan: “Pues en esto consiste la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesús el Cristo”(Jn 17, 3).
Ahora bien, ¿cómo pueden anhelar la vida eterna aquellos que no la conocen en realidad? Y, ¿cómo la conocerán, si no conocen a Dios Padre y a su enviado Jesucristo? Y, ¿cómo los conocerán, si no se conocen a sí mismos, ni conocen su origen, destino, objetivos en la vida? Y, ¿cómo se conocerán, si viven una vida atrapada en el torbellino del mundo, con todas sus fascinaciones y sus engaños? En pocas palabras, ¿cómo conocer a Dios, si se vive una auténtica ceguera espiritual?
Una forma de empezar a hacerlo, es salir de ese torbellino interior que es el egoísmo; abrir los ojos del espíritu y empezar a fijarse en los demás, a estar atentos a sus necesidades, a compartir con ellos no solamente cosas materiales, sino principalmente la propia vida, el tiempo, las alegrías y las tristezas.
Sin embargo, ello no es posible lograrlo por nosotros mismos. Es tan grande y poderosa la fuerza que ciega espiritualmente al ser humano, que se requiere el poder de Dios para vencerla y sanar dicha incapacidad de ver.
El Evangelio de hoy nos plantea la solución: Pedirle, gritarle, si fuera preciso, a Jesús, con esa fe tan grande como lo hizo el ciego Bartimeo: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”; “¡Maestro, que pueda ver!”. Y estemos ciertos de que recuperaremos la visión espiritual, ya que tenemos la garantía de que Jesús es fiel a sus promesas y a la misión a la que fue enviado por el Padre, de “devolver la vista a los ciegos”. Así de sencillo, aunque realmente nada fácil. Mas para Dios no hay imposibles.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Entre las causas de ello, podemos mencionar la falta de una disciplina que le ayude a formar hábitos que le lleven a reflexionar, a profundizar, y que a su vez le faciliten la interiorización para de esa manera conocerse a sí mismo, quedándose, por consecuencia, en lo puro exterior, lo que suscita la superficialidad en su pensar, hablar y actuar.
Así mismo el estilo de vida “moderna”, la cual, de suyo, es enajenante. La lucha por la supervivencia, por destacar, por superarse y tener éxito; los múltiples compromisos sociales; el afán a veces insaciable de diversión desenfrenada, etc., que hace que el día sea insuficiente para desarrollar tantas actividades, y mucho menos para ir hacia adentro de sí mismo.
Es una gran verdad la que afirma que para conocer a Dios realmente, es preciso conocerse a sí mismo, y que nuestra vida, todos esos años que pasamos en este mundo, hemos de dedicarla a ese doble conocimiento: el de uno mismo y el de Dios; de esa manera cobrará sentido, para aquellos que lo logran, la vida mortal y la vida eterna.
Si bien, en un pasado no muy lejano --aunque de una manera muchas veces fantasiosa, desvirtuada o simplemente equivocada--, se tenía fe en una vida futura, en una vida eterna, podemos afirmar que en la actualidad se ha perdido considerablemente esa fe, de tal forma que muchos, inclusive bautizados y que se dicen cristianos católicos, pasan su existencia sin una auténtica esperanza, o llenos de confusiones y de sentimientos encontrados, entre los que prevalecen el temor, la incertidumbre. Por ello, y es frecuente que suceda, se inclinan a no enfrentar esa realidad y prefieren huír, argumentando que esas cosas son anacrónicas, son inventos de las gentes beatas, o de la misma Iglesia, para manipular conciencias, etc., fomentándose aun más la mencionada enajenación.
Es por ello que se hace necesario retomar esta gran verdad y a la vez gran misterio que es la vida eterna, a la que se le denomina también como el Cielo, la Gloria, la Casa del Padre, etc., para depurarla, para enseñarla en toda su dimensión y autenticidad.
Jesús la define de una manera sencilla, directa y clara, en el Evangelio de San Juan: “Pues en esto consiste la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesús el Cristo”(Jn 17, 3).
Ahora bien, ¿cómo pueden anhelar la vida eterna aquellos que no la conocen en realidad? Y, ¿cómo la conocerán, si no conocen a Dios Padre y a su enviado Jesucristo? Y, ¿cómo los conocerán, si no se conocen a sí mismos, ni conocen su origen, destino, objetivos en la vida? Y, ¿cómo se conocerán, si viven una vida atrapada en el torbellino del mundo, con todas sus fascinaciones y sus engaños? En pocas palabras, ¿cómo conocer a Dios, si se vive una auténtica ceguera espiritual?
Una forma de empezar a hacerlo, es salir de ese torbellino interior que es el egoísmo; abrir los ojos del espíritu y empezar a fijarse en los demás, a estar atentos a sus necesidades, a compartir con ellos no solamente cosas materiales, sino principalmente la propia vida, el tiempo, las alegrías y las tristezas.
Sin embargo, ello no es posible lograrlo por nosotros mismos. Es tan grande y poderosa la fuerza que ciega espiritualmente al ser humano, que se requiere el poder de Dios para vencerla y sanar dicha incapacidad de ver.
El Evangelio de hoy nos plantea la solución: Pedirle, gritarle, si fuera preciso, a Jesús, con esa fe tan grande como lo hizo el ciego Bartimeo: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”; “¡Maestro, que pueda ver!”. Y estemos ciertos de que recuperaremos la visión espiritual, ya que tenemos la garantía de que Jesús es fiel a sus promesas y a la misión a la que fue enviado por el Padre, de “devolver la vista a los ciegos”. Así de sencillo, aunque realmente nada fácil. Mas para Dios no hay imposibles.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx