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La vida es camino... “se hace camino al andar”
Ver el pasado como páginas ya escritas, y en blanco el día de hoy para vivirlo, aprovecharlo y dedicarse a hacer obras buenas
Los pensadores, los filósofos, los poetas, le han dado a la vida el nombre de “camino”. A los treinta y tres años de vida, Dante Alighieri se siente a la mitad de su existencia y así inicia su maravillosa obra “La Divina Comedia”, “nel mezzo dei camino di nostra vita” -- a la mitad del camino de nuestra vida.
Jorge Manrique, poeta español del siglo XV, escribió las coplas a la muerte de su padre Don Rodrigo y así expresó:
“Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin parar,
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo en que fenecemos,
así que cuando morimos, descansamos”.
El hombre siempre va, siempre camina. El álbum de fotografías muestra las señales de las distintas estaciones de la vida de cada hombre: las joviales imágenes de la primavera, alegrías, esperanzas, ilusiones; luego el verano con la madurez de los frutos y la sabiduría de los años, para aceptar los desengaños y derrotas; sigue el otoño, con el ritmo más lento y con mayor provisión de enseñanzas de la maestra, la vida, y finalmente el invierno con los años de añoranzas, de alegría o amargura, o de ambos.
Así la vida pasa, mas para muchos pasa sin sentirla en el mucho correr de este siglo, y otros muchos no han sentido la dicha de sentarse a la vera del camino, a pensar, a planear.
¿Qué sentido tiene la vida?
Si la vida es el camino, todo camino lleva al caminante a donde él mismo quiere llegar. Conocer el sentido de la vida es verdadera sabiduría. El hombre es un corazón inquieto, es un perpetuo buscador, es una interrogación, es el niño con la constante pregunta en los labios: ¿qué es?
Siempre se ha preguntado: ¿Qué es la vida? ¿Para qué vivo? ¿Qué hago en aquí en este planeta en continuo girar en torno al sol? ¿Qué es el tiempo? ¿Sólo hay tiempo? ¿También hay eternidad? Y según como corren muchos en la vida, precipitada carrera, desbocados y sin rumbo, ¿qué sentido le dan?, ¿qué dirección lleva su vida?
No es cierto, sino falso, lo cantado por muchos: la vida no vale nada. Tal vez por lo mismo, muchos necios, ciegos, se hieren y se matan unos a otros.
Y luego otros van destruyendo desde los cimientos el edificio de su propia vida, con el alcohol y las drogas.
Muchas vidas no llegan a plenitud y sólo dejan amargura, porque se frustraron ilusiones y esperanzas. Muchas vidas son segadas, como cuentan en estos días los medios de comunicación masiva, en crímenes sin sentido. Parece ser que la sociedad ya se ha acostumbrado a tener noticia de los caídos aquí, de los “ajusticiados allá”, y extraño es que se haga justicia.
La vida tendrá el sentido que cada persona le dé
En esta sociedad de consumo, en este siglo fuertemente motivado por el materialismo imperante y por un hedonismo envolvente, se ha llegado a un neopaganismo, a un epicureísmo nuevo que proclama: “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
Y en el mundo globalizado, esa masificación de las grandes urbes provoca el individualismo cerrado; en otras palabras, es un volverse hacia sí mismo en egocentrismo y en egoísmo, tanto para elaborar su jerarquía de valores muy individual, como su código moral, con preferencia por lo cómodo y lo acoplado a sus gustos y particulares intereses. Y viene por lo mismo la pregunta: ¿tendrá sentido la vida así?
El Señor Jesús tiene la respuesta: “De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida” (Mt. 16, 26).
Porque son diversos los objetivos, distintas son las manifestaciones de los hombres ante el riesgo de vivir. Allí entra la labor de los padres de familia, porque no ha terminado su obra al traer seres humanos a la vida, pues les queda luego la ineludible tarea de encauzar esas vidas hacia un sentido pleno, auténtico, fructífero.
Se les compara al dueño de un solar donde por su empeño han brotado tiernas plantas y ha de cuidarlas con esmero, alimentarlas, nutrirlas bien, protegerlas porque pueden ser destruidas, y llevarlas a la edad de florecer, de dar frutos. Muchas vidas mueren vacías porque nadie les mostró el sentido, ni les dio impulso para desarrollar sus potencias, sus valores.
“Una vida bella es un ideal de juventud realizado en la adultez”
Ésta es una sentencia del filósofo francés Augusto Comte, creador del positivismo y padre de la filosofía moderna. No se pretende aquí tomar su dirección filosófica, sino de concluir con él que los ideales iluminan las mentes de los jóvenes y los realizan en sus años maduros.
Con el pensamiento del cristiano la vida tendrá sentido y es profundo y trascendente, pues va más allá de la muerte y del tiempo. La vida es amar con amor hecho servicio, y llegar al final con las manos colmadas de buenas obras.
Los pesimistas, los inculcados de materialismo, los egoístas, jamás encontrarán el sentido de la vida mientras no se despojen de esos engaños que son regalos del demonio, del mundo y de la carne.
El materialismo imperante, el hedonismo asfixiante y el paganismo degradante se derriten cuando calienta el fuego del verdadero amor. Ese es el mensaje del amor en el cristianismo.
Educar en el amor y parael amores evangelizar, es cristianizar.
“Joven, yo te lo mando: levántate”
En el evangelio de este domingo décimo del año, San Lucas narra un milagro del Señor: “Se dirigía el Señor a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que llevaban a un muerto a darle sepultura; era el hijo único de una viuda. El Señor la vio, se compadeció de ella y le devolvió vivo a su hijo. Ordenó: ‘Joven, yo te lo mando, levántate’. Y el joven volvió a la vida”.
En el siglo actual muchos jóvenes carecen de vida, y al imperio de la voz de Cristo pueden resucitar a una existencia limpia y nueva. Miles y miles en la historia del pueblo de Dios han escuchado esa voz y han encontrado la vida interior, la de la gracia, la de la comunión con Dios, y han gozado de fuentes inagotables de alegría.
Testigo insigne es el fariseo fanático Saulo de Tarso, que escuchó el llamado de Dios y se transformó en el apóstol Pablo proclamador intenso de la Buena Nueva. Buscador también fue San Agustín, joven inquieto que encontró el verdadero camino.
“Yo he venido a que tengan vida y la tengan en abundancia”
Para esta reflexión sobre la inquietante definición de la vida, Teresa de Calcuta, presente siempre con fe y amor en incontables ambientes y manifestaciones de vida, así expresó:
La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es una belleza, admírala.
La vida es dicha, saboréala.
La vida es un sueño, hazla realidad.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es una aventura, arrástrala.
La vida es felicidad, merécela
La vida es la vida, defiéndela.
La vida es para hacer el bien posible.
Tres ideas como conclusión
Amar la vida como un don singular, personal; agradecer ese regalo porque con la vida llegan todo lo demás, grato e ingrato; ver el pasado como páginas ya escritas, y en blanco el día de hoy para vivirlo, aprovecharlo y dedicarse a hacer obras buenas agradables a los ojos de Dios.
José R. Ramírez
Jorge Manrique, poeta español del siglo XV, escribió las coplas a la muerte de su padre Don Rodrigo y así expresó:
“Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin parar,
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo en que fenecemos,
así que cuando morimos, descansamos”.
El hombre siempre va, siempre camina. El álbum de fotografías muestra las señales de las distintas estaciones de la vida de cada hombre: las joviales imágenes de la primavera, alegrías, esperanzas, ilusiones; luego el verano con la madurez de los frutos y la sabiduría de los años, para aceptar los desengaños y derrotas; sigue el otoño, con el ritmo más lento y con mayor provisión de enseñanzas de la maestra, la vida, y finalmente el invierno con los años de añoranzas, de alegría o amargura, o de ambos.
Así la vida pasa, mas para muchos pasa sin sentirla en el mucho correr de este siglo, y otros muchos no han sentido la dicha de sentarse a la vera del camino, a pensar, a planear.
¿Qué sentido tiene la vida?
Si la vida es el camino, todo camino lleva al caminante a donde él mismo quiere llegar. Conocer el sentido de la vida es verdadera sabiduría. El hombre es un corazón inquieto, es un perpetuo buscador, es una interrogación, es el niño con la constante pregunta en los labios: ¿qué es?
Siempre se ha preguntado: ¿Qué es la vida? ¿Para qué vivo? ¿Qué hago en aquí en este planeta en continuo girar en torno al sol? ¿Qué es el tiempo? ¿Sólo hay tiempo? ¿También hay eternidad? Y según como corren muchos en la vida, precipitada carrera, desbocados y sin rumbo, ¿qué sentido le dan?, ¿qué dirección lleva su vida?
No es cierto, sino falso, lo cantado por muchos: la vida no vale nada. Tal vez por lo mismo, muchos necios, ciegos, se hieren y se matan unos a otros.
Y luego otros van destruyendo desde los cimientos el edificio de su propia vida, con el alcohol y las drogas.
Muchas vidas no llegan a plenitud y sólo dejan amargura, porque se frustraron ilusiones y esperanzas. Muchas vidas son segadas, como cuentan en estos días los medios de comunicación masiva, en crímenes sin sentido. Parece ser que la sociedad ya se ha acostumbrado a tener noticia de los caídos aquí, de los “ajusticiados allá”, y extraño es que se haga justicia.
La vida tendrá el sentido que cada persona le dé
En esta sociedad de consumo, en este siglo fuertemente motivado por el materialismo imperante y por un hedonismo envolvente, se ha llegado a un neopaganismo, a un epicureísmo nuevo que proclama: “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
Y en el mundo globalizado, esa masificación de las grandes urbes provoca el individualismo cerrado; en otras palabras, es un volverse hacia sí mismo en egocentrismo y en egoísmo, tanto para elaborar su jerarquía de valores muy individual, como su código moral, con preferencia por lo cómodo y lo acoplado a sus gustos y particulares intereses. Y viene por lo mismo la pregunta: ¿tendrá sentido la vida así?
El Señor Jesús tiene la respuesta: “De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida” (Mt. 16, 26).
Porque son diversos los objetivos, distintas son las manifestaciones de los hombres ante el riesgo de vivir. Allí entra la labor de los padres de familia, porque no ha terminado su obra al traer seres humanos a la vida, pues les queda luego la ineludible tarea de encauzar esas vidas hacia un sentido pleno, auténtico, fructífero.
Se les compara al dueño de un solar donde por su empeño han brotado tiernas plantas y ha de cuidarlas con esmero, alimentarlas, nutrirlas bien, protegerlas porque pueden ser destruidas, y llevarlas a la edad de florecer, de dar frutos. Muchas vidas mueren vacías porque nadie les mostró el sentido, ni les dio impulso para desarrollar sus potencias, sus valores.
“Una vida bella es un ideal de juventud realizado en la adultez”
Ésta es una sentencia del filósofo francés Augusto Comte, creador del positivismo y padre de la filosofía moderna. No se pretende aquí tomar su dirección filosófica, sino de concluir con él que los ideales iluminan las mentes de los jóvenes y los realizan en sus años maduros.
Con el pensamiento del cristiano la vida tendrá sentido y es profundo y trascendente, pues va más allá de la muerte y del tiempo. La vida es amar con amor hecho servicio, y llegar al final con las manos colmadas de buenas obras.
Los pesimistas, los inculcados de materialismo, los egoístas, jamás encontrarán el sentido de la vida mientras no se despojen de esos engaños que son regalos del demonio, del mundo y de la carne.
El materialismo imperante, el hedonismo asfixiante y el paganismo degradante se derriten cuando calienta el fuego del verdadero amor. Ese es el mensaje del amor en el cristianismo.
Educar en el amor y parael amores evangelizar, es cristianizar.
“Joven, yo te lo mando: levántate”
En el evangelio de este domingo décimo del año, San Lucas narra un milagro del Señor: “Se dirigía el Señor a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que llevaban a un muerto a darle sepultura; era el hijo único de una viuda. El Señor la vio, se compadeció de ella y le devolvió vivo a su hijo. Ordenó: ‘Joven, yo te lo mando, levántate’. Y el joven volvió a la vida”.
En el siglo actual muchos jóvenes carecen de vida, y al imperio de la voz de Cristo pueden resucitar a una existencia limpia y nueva. Miles y miles en la historia del pueblo de Dios han escuchado esa voz y han encontrado la vida interior, la de la gracia, la de la comunión con Dios, y han gozado de fuentes inagotables de alegría.
Testigo insigne es el fariseo fanático Saulo de Tarso, que escuchó el llamado de Dios y se transformó en el apóstol Pablo proclamador intenso de la Buena Nueva. Buscador también fue San Agustín, joven inquieto que encontró el verdadero camino.
“Yo he venido a que tengan vida y la tengan en abundancia”
Para esta reflexión sobre la inquietante definición de la vida, Teresa de Calcuta, presente siempre con fe y amor en incontables ambientes y manifestaciones de vida, así expresó:
La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es una belleza, admírala.
La vida es dicha, saboréala.
La vida es un sueño, hazla realidad.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es una aventura, arrástrala.
La vida es felicidad, merécela
La vida es la vida, defiéndela.
La vida es para hacer el bien posible.
Tres ideas como conclusión
Amar la vida como un don singular, personal; agradecer ese regalo porque con la vida llegan todo lo demás, grato e ingrato; ver el pasado como páginas ya escritas, y en blanco el día de hoy para vivirlo, aprovecharlo y dedicarse a hacer obras buenas agradables a los ojos de Dios.
José R. Ramírez