Suplementos
La salvación del hombre debe hacerse por el hombre
No lleven más que bastón; no lleven pan, ni alforja, ni dinero
Breve, una ráfaga de amor y luz, fue la vida pública de Jesús, el Hijo de Dios: apenas tres años, que nada son en relación con la historia del hombre, de los hombres todos, en sus distintas épocas y edades.
Y aunque breve, su acción también fue suficiente: la redención de todos los humanos; la luz de su palabra, que sigue ilminando y cada día abre los ojos a muchos ciegos; la fundación del Reino, la Iglesia, sacramento de salvación; la institución de los sacramentos, siete fuentes de vida y santidad. Y para perpetuar su presencia, su obra, su amor, su perdón, los hombres que eligió, purificó y envió en su nombre a predicar y bautizar.
Predicar la Buena Nueva, anunciar a Cristo vencedor de la muerte y en su representación bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo, ha sido el oficio de quienes han recibido la gracia de ser llamados a estrechar amistad con Cristo por la fe y el amor, y luego ser enviados a distribuir el Pan de la Palabra y la gracia de los sacramentos.
A los doce, Jesús los envió de dos en dos
En este décimo quinto domingo ordinario del año, San Marcos presenta el momento trascendente en que Cristo, con visión eterna, inicia la acción misionera de la Iglesia, con la doble gestión de llamar primero y enviar luego a los llamados a los pueblos, a las multitudes, ya no con Él, sino en vez de Él.
A ellos les toca ahora hablar en nombre de quien los envía; lo imitarán porque Él dijo: “Yo vine no a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Ellos serán los enviados del Hijo a quien el Padre envió.
Esta primera salida tiene sus notas característicaS: es como el primer vuelo de las aves pequeñas, que dejan el nido bajo la mirada solícita y amorosa de las aves progenitoras. Cristo los envía y espera el retorno cargado de experiencias gratas e ingratas, pero unas y otras enriquecedoras.
Quiere que sus discípulos sean sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes. Pero como la virtud de la prudencia se adquiere, les da el Maestro las primeras normas.
No lleven más que bastón; no lleven pan, ni alforja, ni dinero
Sello característico de la misión ha de ser la pobreza. La Iglesia tiene la misión de servicio, y el ideal del Evangelio es servir con generosidad con amor y hasta el extremo de un renunciamiento total.
Los doce se desprendieron de todo para seguir a Jesús, y el que dijo “Déjame a mí, primero, ir a enterrar a mi padre”, o el muchacho que se retiró triste porque no fue capaz de desprenderse de sus bienes y darlos a los pobres, no fueron dignos de ser elegidos.
El testigo de Cristo ha de dar testimonio de que sigue a Cristo siendo pobre, para la credibilidad de su mensaje. Pobre, humilde, se presentó Pablo ante los judíos. El testigo debe tener presente en su mensaje a Jesús crucificado, que en la máxima pobreza y el mayor desamparo representaba la fuerza, la sabiduría y la salvación.
La credibilidad de la Palabra en el testimonio
El 13 de mayo de 1524, en las arenas de San Juan de Ulúa, en la Santa Vera Cruz, descendieron de una barca doce apóstoles. Eran Fray Martín de Valencia y once compañeros franciscanos, pobres, como pobre fue el fundador de esa orden mendicante: el pobrecito Francisco de Asís (“il poverello” de Asís).
A pie, sin arcabuces vomitadores de fuego, sin espadas, sin caballos para infundir miedo a los naturales, fueron caminando a pie hasta el Valle de México, con solemne lentitud, sin precipitación, llevando como única arma una imagen de Cristo clavado en la cruz.
Venían en pos de lograr una conquista, sí, pero espiritual. Los ojos de los naturales contemplaron con curiosidad y asombro a estos hombres blancos y barbados, en nada iguales a los de cinco años antes. Al ver a fray Toribio de Benavente con un hábito raído y los pies descalzos, los tlaxcaltecas exclamaban “¡motolinía, motolinía!”, que significa pobreza. Le gustó la palabra al fraile, y por su propia voluntad adoptó para sí ese nombre. Él y sus compañeros se entregaron de lleno a la evangelización, misión a la que dos años antes los había enviado el Papa Adriano VI, el 13 de mayo de 1522.
Su amor a Cristo y a los nativos llevó a fray Toribio de Benavente a escribir un libro: “Historia de los indios de la Nueva España”. Sus ojos estuvieron siempre puestos en los indios inermes, no en su oro, ni en plumas de quetzal, ni en otras riquezas.
José R. Ramírez Mercado
Y aunque breve, su acción también fue suficiente: la redención de todos los humanos; la luz de su palabra, que sigue ilminando y cada día abre los ojos a muchos ciegos; la fundación del Reino, la Iglesia, sacramento de salvación; la institución de los sacramentos, siete fuentes de vida y santidad. Y para perpetuar su presencia, su obra, su amor, su perdón, los hombres que eligió, purificó y envió en su nombre a predicar y bautizar.
Predicar la Buena Nueva, anunciar a Cristo vencedor de la muerte y en su representación bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo, ha sido el oficio de quienes han recibido la gracia de ser llamados a estrechar amistad con Cristo por la fe y el amor, y luego ser enviados a distribuir el Pan de la Palabra y la gracia de los sacramentos.
A los doce, Jesús los envió de dos en dos
En este décimo quinto domingo ordinario del año, San Marcos presenta el momento trascendente en que Cristo, con visión eterna, inicia la acción misionera de la Iglesia, con la doble gestión de llamar primero y enviar luego a los llamados a los pueblos, a las multitudes, ya no con Él, sino en vez de Él.
A ellos les toca ahora hablar en nombre de quien los envía; lo imitarán porque Él dijo: “Yo vine no a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Ellos serán los enviados del Hijo a quien el Padre envió.
Esta primera salida tiene sus notas característicaS: es como el primer vuelo de las aves pequeñas, que dejan el nido bajo la mirada solícita y amorosa de las aves progenitoras. Cristo los envía y espera el retorno cargado de experiencias gratas e ingratas, pero unas y otras enriquecedoras.
Quiere que sus discípulos sean sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes. Pero como la virtud de la prudencia se adquiere, les da el Maestro las primeras normas.
No lleven más que bastón; no lleven pan, ni alforja, ni dinero
Sello característico de la misión ha de ser la pobreza. La Iglesia tiene la misión de servicio, y el ideal del Evangelio es servir con generosidad con amor y hasta el extremo de un renunciamiento total.
Los doce se desprendieron de todo para seguir a Jesús, y el que dijo “Déjame a mí, primero, ir a enterrar a mi padre”, o el muchacho que se retiró triste porque no fue capaz de desprenderse de sus bienes y darlos a los pobres, no fueron dignos de ser elegidos.
El testigo de Cristo ha de dar testimonio de que sigue a Cristo siendo pobre, para la credibilidad de su mensaje. Pobre, humilde, se presentó Pablo ante los judíos. El testigo debe tener presente en su mensaje a Jesús crucificado, que en la máxima pobreza y el mayor desamparo representaba la fuerza, la sabiduría y la salvación.
La credibilidad de la Palabra en el testimonio
El 13 de mayo de 1524, en las arenas de San Juan de Ulúa, en la Santa Vera Cruz, descendieron de una barca doce apóstoles. Eran Fray Martín de Valencia y once compañeros franciscanos, pobres, como pobre fue el fundador de esa orden mendicante: el pobrecito Francisco de Asís (“il poverello” de Asís).
A pie, sin arcabuces vomitadores de fuego, sin espadas, sin caballos para infundir miedo a los naturales, fueron caminando a pie hasta el Valle de México, con solemne lentitud, sin precipitación, llevando como única arma una imagen de Cristo clavado en la cruz.
Venían en pos de lograr una conquista, sí, pero espiritual. Los ojos de los naturales contemplaron con curiosidad y asombro a estos hombres blancos y barbados, en nada iguales a los de cinco años antes. Al ver a fray Toribio de Benavente con un hábito raído y los pies descalzos, los tlaxcaltecas exclamaban “¡motolinía, motolinía!”, que significa pobreza. Le gustó la palabra al fraile, y por su propia voluntad adoptó para sí ese nombre. Él y sus compañeros se entregaron de lleno a la evangelización, misión a la que dos años antes los había enviado el Papa Adriano VI, el 13 de mayo de 1522.
Su amor a Cristo y a los nativos llevó a fray Toribio de Benavente a escribir un libro: “Historia de los indios de la Nueva España”. Sus ojos estuvieron siempre puestos en los indios inermes, no en su oro, ni en plumas de quetzal, ni en otras riquezas.
José R. Ramírez Mercado