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La producción del espacio en la crónica urbana

Monsiváis, en su crónica, describe una serie de situaciones que suceden en un vagón del metro: los chismes, los silencios y los asaltos, y alrededor de estos brevísimos relatos

Segunda parte

GUADALAJARA, JALISCO.-
El metro de la ciudad (sea el Distrito Federal o cualquier otra que lo tenga) está asociado con imágenes y símbolos sobre el espacio y sus usuarios; pero también con algunos artistas, tales como ciertos escritores y filósofos, quienes narran y aspiran solamente a describir el espacio. Éstos están más interesados en escribir sobre el espacio como un lugar para vivir, más que en los detalles físicos del espacio, por ejemplo las paredes y el piso.

Las crónicas de Carlos Monsiváis y Juan Villoro son ejemplos de estos espacios de representación, donde ellos describen y exhiben la ciudad que imaginan y que desean. Los textos seleccionados producen activamente el espacio del metro, en este caso como metáfora de la Ciudad de México. Ambos autores coinciden al definir a la ciudad de México como caótica, incalculable, inabarcable y “postapocalíptica” -término acuñado por Monsiváis y citado por Villoro repetidamente en su obra, que refiere a una ciudad tan caótica donde el Apocalipsis ya pasó y se vive en una etapa posterior a este-. Sin embargo, a pesar de estas coincidencias en el imaginario de ambos, su visión del Metro es distinta. Villoro es realista y objetivo al referirse al metro como un espacio marcado por injusticias sociales:
“Pero el efecto último del metro no viene de la arquitectura sino de los hombres que viajan con rostros inexpresivos, como si los hubieran sobornado para trasladarse. Todos los días el Sistema de Transporte Colectivo desplaza a cinco millones de pasajeros. Aunque son muchos, han sido seleccionados. Bajar las escaleras eléctricas es ser testigo de una precisa segregación racial. Los que pueblan la ciudad subterránea son... -escoja su ultraje favorito- los morenos, los nacos, los indios, los mexicanos. [...] Para los dueños de la superficie el metro es algo que se toma en París. Abajo, la raza circula a velocidades posmodernas”. (Villoro 2004: 144)
En contraste, Monsiváis es optimista cuando habla de la tolerancia y la solidaridad que se ejercen como actos ciudadanos inconscientes en el metro:
“Les hago la pregunta: ¿en dónde se ensaya a diario la tolerancia? Ni lo digan, claro que en el Metro, y basta ver cómo la gente (ese colectivo lejano al que de hecho siempre pertenecemos) finge indiferencia ante lo que habría causado en sus padres repugnancia, morbo y expresión pública contrariada.
En el metro la solidaridad es un requisito de sobrevivencia. Cada día hay más gente, que se empuja, se integra en la marea de los objetos prensados y prensables que antes de entrar al vagón fueron cuerpos. ¿Qué hacer? Los aquí presentes se apretujan, no caben, no se les antoja irse a su casa en limousine, y mientras redacto estas líneas ya nacen y crecen y se enfilan hacia la estación más próxima los nuevos usuarios del Metro”. (Monsiváis 2006: 170-171)
Monsiváis, en su crónica, describe una serie de situaciones que suceden en un vagón del metro: los chismes, los silencios y los asaltos, por ejemplo; y alrededor de estos brevísimos relatos, él construye una serie de ideas sobre los ejercicios que se llevan a cabo inconscientemente para sobrevivir en el metro. Para él, el metro es la ciudad.
“El Metro es la Ciudad... Casi al pie de la letra. Es la vida de todos atrapada en una sola gran vertiente, es la riqueza fisionómica, es el extravío en el laberinto de las emociones suprimidas o emitidas como descargas viscerales. Y es el horizonte de las profesiones y los oficios, de las orientaciones y las desorientaciones, de los empleos y los subempleos. Y es la Ciudad más palpable, la que no necesita televisión para verificarse a sí misma. El Metro no es una metáfora o una reducción simbólica de la Ciudad, es, insisto, la megalópolis alojada en las ruinas de la prosperidad demográfica, es la urbe que, mediante el simple impulso masivo, usa de pasillos y vagones para construir y destruir calles, avenidas, callejones, homicidios, multifamiliares, vecindades, plazas públicas, todo cimentado en la gente”. (Monsiváis 2006: 177)
Por su parte, el texto de Juan Villoro expone que el metro es una ciudad subterránea dotada de una mitología propia: hay todo un simbolismo utópico y nacionalista en los nombres e ideogramas de cada una de las estaciones. Además, Villoro deja de manifiesto que el metro es un ejercicio de límites y segregación social y racial.
El principal rasgo distintivo del metro mexicano es su sistema de señales. En 1969 los emblemas de la Línea 1 –con un retórico fondo ‘rosa mexicano’- se presentaron como un códice de orientaciones, la doble prueba de que la cultura prehispánica vive y de que muchos de sus usuarios son analfabetos. (Villoro 2004:)
Lo que para Monsiváis son encuentros, para Villoro es segregación; lo que para Villoro es una ciudad dentro de la ciudad, para Monsiváis es la propia ciudad. Pero lo que interesa aquí no son las diferencias o las coincidencias por sí mismas; hablamos de esto para ilustrar como dichos autores producen espacio con sus ideas en relatos breves y con un lenguaje sencillo, asequible casi para cualquiera, característico de la crónica. ¿Pero a fin de cuentas en qué radica la importancia de la producción del espacio en la crónica?
Las crónicas de Villoro y Monsiváis producen el espacio que ellos imaginan, pero que más que eso, pretende enfocar nuestra forma de apreciar tal espacio: proveen por ejemplo códigos y focos de atención. No implica que las crónicas conformen al pie de la letra nuestra percepción, pero sí que hagamos un alto para ponernos a pensar lo que no hemos pensado o pensábamos distinto. Todos al imaginar y pensar la ciudad damos un primer paso hacia el entendimiento y apropiación del espacio, las producciones del espacio, en este caso las crónicas, nos obligan a pensar ciudad; sin tener que ser expertos en el tema.

estacado: Monsiváis, en su crónica, describe una serie de situaciones que suceden en un vagón del metro: los chismes, los silencios y los asaltos, y alrededor de estos brevísimos relatos, construye una serie de ideas sobre los ejercicios que se llevan a cabo inconscientemente para sobrevivir en el metro. Para él, el metro es la ciudad.


Bibliografía

• Balshaw, Maria y Liam Kennedy, Introduction: Urban Space and Representation en Urban Space and Representation, ed. por  Maria Balshaw y Liam Kennedy, (Londres: Pluto Press, 2000), pp.1-21.
• Calvino, Italo, Las ciudades invisibles, trad. por Aurora Bernárdez (México: Grupo Editorial Multimedios, 1999).
Key thinkers on space and place, ed. por Phil Hubbard, Rob Kitchin y Gil Valentine, (Londres: SAGE Publications, 2004).
• Lefebvre, Henri, The production of space, trad. por Donald Nicholson-Smith, (Oxford: Blackwell Publishing: 2004).
• Monsiváis, Carlos, La hora de Robinson Crusoe: Sobre el metro las coronas en Carlos Monsiváis, Los rituales del caos, (México: Ediciones Era 2006), pp.166-177.
• Monsiváis, Carlos, La hora del transporte. El Metro: Viaje hacia el fin del apretujón en Carlos Monsiváis, Los rituales del caos, (México: Ediciones Era 2006), pp.111-112.
• Thinking space, ed. por  Mike Crang y Nigel Thrift, (Londres: Routledge, 2003).
• Villoro, Juan, La ciudad es el cielo del metro, en México D.F.: Lecturas para paseantes, ed. por Rubén Gallo, (Madrid: Ediciones Turner, 2005).
• Villoro Juan, El mapa movedizo, (México: Plaza y Valdéz, 1995).

por: lillian llamas-acosta



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