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La paz de Jesús
Hablar de paz, es hablar de uno de los dones más excelsos y más trascendentes para la vida de todo ser humano
Nuestro país vive una de las épocas de su historia con más violencia, y una violencia más descarada y despiadada; una violencia que está poniendo en riesgo seriamente la paz social. Es por ello que urge hacer conciencia de lo que ella significa como amenaza en contra de la paz en todos los ámbitos de nuestra vida. Las palabras y el testimonio de Jesús, nos dan la más grande iluminación.
Hablar de paz, es hablar de uno de los dones más excelsos y más trascendentes para la vida de todo ser humano, particularmente para todo cristiano. Sin ella, en el plano personal, no es posible una auténtica vida de discípulo de Jesús, ni se puede cumplir el plan de Dios, ni los seres humanos pueden aspirar a una realización plena como tales.
En el ámbito familiar --donde se forman los futuros grandes hombres y mujeres y también los grandes delincuentes--, sin que la paz reine, la vida entre sus integrantes se torna punto menos que imposible, derivando en frustraciones, traumas, conflictos, resentimientos, odios, violencia y hasta en fracaso.
Sin ella, en el ámbito social, no pueden existir la justicia, ni la convivencia humana fraterna, ni el progreso. Es por ello que Jesús, una vez resucitado, saludaba a sus discípulos dándoles y deseándoles la paz.
Para que haya una verdadera paz en todos los ámbitos, es preciso que exista en el corazón de cada ser humano la no-violencia.
“La no-violencia”, afirma el Cardenal Roger Etchegaray, “es un espíritu que se inspira en las Bienaventuranzas y que da un testimonio de fe en la victoria final del amor”.
Todos podemos recordar la historia de quien, encarnando esto en su propia vida, hizo recordar a todos los cristianos que el Evangelio es eficaz: Gandhi, uno de los profetas modernos de la no-violencia más fecundos y reconocidos. Él, como todos los no-violentos, supo movilizar las fuerzas del espíritu frente a todas las provocaciones de las que fue objeto.
Cuando en el corazón existe la no-violencia, es que existe el olvido de sí mismo, el cual recuerda el lazo de fraternidad que el adversario desprecia, no pensando más que en sí mismo.
La no-violencia está, pues, primero en el corazón. Se trata de mirar el corazón del hombre, ahí donde la violencia es ratificada, reconocida como fatal. La no-violencia es la búsqueda de medios que por sí mismos sean ya la realización de la meta deseada. Mientras que la violencia corre siempre el riesgo de sacrificar el presente en aras del futuro, la no-violencia privilegia al presente y le da todo su sentido: “El fin está en los medios, como el árbol en la simiente”, decía Gandhi.
La no-violencia, finalmente, “está en primer lugar en el corazón: un corazón que reconoce su propio pecado y no deja de purificarse por medio del ayuno y la oración, las dos únicas armas capaces de echar fuera al demonio de la violencia”.
Hoy, el Evangelio de la liturgia dominical nos recuerda aquel momento en el que Jesús, de manera especial y destacada, “les deja” y les da su paz a sus discípulos. Y se las da no como el mundo la suele dar, es decir una paz ficticia, superficial, interesada, efímera, sino como sólo Él puede darla: como un regalo de su amor, por lo tanto, una paz: perenne, profunda, verdadera e incondicional. Regalo que, insistimos, hemos de poner lo que nos corresponde para construirla, es decir cultivarla, hacerla crecer y resguardarla.
Si tú, hermano(a) no tienes paz en tu corazón, y eres muy proclive a la ira, al rencor, a todo lo que suscita violencia, hoy tienes la oportunidad de hacer tuya la paz de Jesús; basta que creas en su misericordia y generosidad infinitas, le pidas ese don y te dispongas a recibirlo y hacerlo tuyo.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Hablar de paz, es hablar de uno de los dones más excelsos y más trascendentes para la vida de todo ser humano, particularmente para todo cristiano. Sin ella, en el plano personal, no es posible una auténtica vida de discípulo de Jesús, ni se puede cumplir el plan de Dios, ni los seres humanos pueden aspirar a una realización plena como tales.
En el ámbito familiar --donde se forman los futuros grandes hombres y mujeres y también los grandes delincuentes--, sin que la paz reine, la vida entre sus integrantes se torna punto menos que imposible, derivando en frustraciones, traumas, conflictos, resentimientos, odios, violencia y hasta en fracaso.
Sin ella, en el ámbito social, no pueden existir la justicia, ni la convivencia humana fraterna, ni el progreso. Es por ello que Jesús, una vez resucitado, saludaba a sus discípulos dándoles y deseándoles la paz.
Para que haya una verdadera paz en todos los ámbitos, es preciso que exista en el corazón de cada ser humano la no-violencia.
“La no-violencia”, afirma el Cardenal Roger Etchegaray, “es un espíritu que se inspira en las Bienaventuranzas y que da un testimonio de fe en la victoria final del amor”.
Todos podemos recordar la historia de quien, encarnando esto en su propia vida, hizo recordar a todos los cristianos que el Evangelio es eficaz: Gandhi, uno de los profetas modernos de la no-violencia más fecundos y reconocidos. Él, como todos los no-violentos, supo movilizar las fuerzas del espíritu frente a todas las provocaciones de las que fue objeto.
Cuando en el corazón existe la no-violencia, es que existe el olvido de sí mismo, el cual recuerda el lazo de fraternidad que el adversario desprecia, no pensando más que en sí mismo.
La no-violencia está, pues, primero en el corazón. Se trata de mirar el corazón del hombre, ahí donde la violencia es ratificada, reconocida como fatal. La no-violencia es la búsqueda de medios que por sí mismos sean ya la realización de la meta deseada. Mientras que la violencia corre siempre el riesgo de sacrificar el presente en aras del futuro, la no-violencia privilegia al presente y le da todo su sentido: “El fin está en los medios, como el árbol en la simiente”, decía Gandhi.
La no-violencia, finalmente, “está en primer lugar en el corazón: un corazón que reconoce su propio pecado y no deja de purificarse por medio del ayuno y la oración, las dos únicas armas capaces de echar fuera al demonio de la violencia”.
Hoy, el Evangelio de la liturgia dominical nos recuerda aquel momento en el que Jesús, de manera especial y destacada, “les deja” y les da su paz a sus discípulos. Y se las da no como el mundo la suele dar, es decir una paz ficticia, superficial, interesada, efímera, sino como sólo Él puede darla: como un regalo de su amor, por lo tanto, una paz: perenne, profunda, verdadera e incondicional. Regalo que, insistimos, hemos de poner lo que nos corresponde para construirla, es decir cultivarla, hacerla crecer y resguardarla.
Si tú, hermano(a) no tienes paz en tu corazón, y eres muy proclive a la ira, al rencor, a todo lo que suscita violencia, hoy tienes la oportunidad de hacer tuya la paz de Jesús; basta que creas en su misericordia y generosidad infinitas, le pidas ese don y te dispongas a recibirlo y hacerlo tuyo.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx