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La mujer que perdió al hijo en un pajar
En 2008 Óscar salió de Honduras, su rastro se difuminó en México
GUADALAJARA, JALISCO (23/MAR/2014).- Ana Enamorado tiene un sueño recurrente. Sueña que su único hijo, Óscar, no es un desaparecido, sino un niño. Sueña que los dos salen de paseo tal vez allá, en San Pedro Sula, Honduras, de donde ellos son. Que van por una calle tomados de la mano y ella agarra bien fuerte la mano pequeña del chiquillo. Cuando despierta aún con la mano empuñada, Ana Enamorado sabe que sigue su pesadilla. Desde la tarde del 19 de enero de 2010 Óscar está extraviado en un pajar bien grande. El pajar se llama México.
Óscar Antonio López Enamorado es otra aguja perdida en este país, de casi dos millones de kilómetros cuadrados y sabrá Dios cuántos miles de desaparecidos y muertos. Su madre dice que no se irá de México hasta que lo encuentre, vivo o muerto.
Óscar debe tener 23 años —cumple los 24 el 10 de mayo—. Debe ser un muchacho de cejas pobladas, cabello negro abundante y una nariz maya, de las que se ensanchan un poco en la punta. Óscar debe estar vivo, eso lo dice Ana Enamorado, que lo vio por última vez en enero de 2008 y lo recuerda como un adolescente flacucho, de 17 años de edad.
Óscar Antonio López Enamorado se largó de San Pedro Sula los primeros días de 2008. Quería juntar un dinero para volver y estudiar leyes. Quería evadir la violencia del país y la de la casa: su padre descargaba cualquier frustración contra su madre. Quería ver el mundo a los 17 años, y lo vio; pisó el suelo americano casi enseguida. Pero un año después, en enero de 2009, un amigo lo convenció de que el sueño mexicano también valía la pena. ¿Qué amigo? ¿Cuál sueño? Nadie sabe.
Cuando el muchacho se vino a México las llamadas a su madre, antes diarias y prolijas en ilusiones, se volvieron raras y lacónicas. Sin tener mucha idea del mapa de la República Mexicana, Ana Enamorado supo que su hijo trabajaba en Jalisco, donde vivía con una familia. En los últimos días de abril de 2009 la hondureña recibió una llamada. Un extraño le dijo que era el jefe de la familia que adoptó a su hijo. El extraño quería dinero, 15 mil pesos mexicanos. El extraño reclamaba que Óscar le había chocado una camioneta y advertía que alguien debía pagar el golpe.
La madre sintió ese frío que recorre desde las palmas de las manos hasta el cuello. Pidió hablar con Óscar y se lo pusieron en el teléfono. ¿Es cierto? ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? Sí. Sí. No. “Sentí que algo no encajaba. Que alguien estaba al lado de mi hijo y él no podía hablar”. El extraño que se hacía el ofendido le dio a Ana cuatro números telefónicos para que no desconfiara, dijo él. La madre juntó el dinero y lo depositó, en dos partes. Lo cobraron dos personas distintas.
Después de depositar Ana Enamorado habló un par de veces con su hijo. Hablaba siempre ella. Y él siempre respondía monosílabos. Luego las cosas se pusieron peor. En tres de los cuatro teléfonos que le dieron nadie volvió a contestarle jamás. En el cuarto no había quién le diera razón. “Óscar trabajando”, le decía una mujer y colgaba enseguida. El 19 de enero de 2010 Óscar le llamó a su madre. Le dijo que estaba con unos amigos, cerca de Puerto Vallarta.
Luego desapareció y los números telefónicos que ella tenía se hicieron desierto de voces. “Me empecé a desesperar. Me volví loca. Ya nadie podía hallarlo. Nadie quería oírme. Ni mis familiares ni esposo y padre de mi único hijo. ‘No te preocupés, ya va a llamar’, me consolaban todos”. Pero Óscar ya no llamó.
En Centroamérica estaban tibias las reacciones por los secuestros de migrantes en tránsito por México. Los migrantes son los más pobres. Los más pobres no acostumbran denunciar. No se sabía aún de la masacre de San Fernando, Tamaulipas, donde 72 migrantes fueron ejecutados y aventados a una fosa, a finales de 2010.
Ana Enamorado se escapó de una depresión y de su casa y buscó ayuda, en el verano de 2012. El esposo la había amenazado con matarla a ella y a su familia si se iba, y ella se sintió fuerte: “Me di cuenta de que mi hijo es mi única familia y que mi amor por él era más fuerte que el miedo”.
Buscó al Comite de Familiares de Migrantes Desaparecidos del Progreso (Cofamipro), y se unió a la primera Caravana de Madres Centroamericanas que entró a México el 15 de octubre de 2012 y ese año recorrió 19 estados. Sólo que a diferencia de sus compañeras ella tenía el plan de no abandonar este país de desaparecidos hasta que encontrara a Óscar López, su hijo, aunque en eso se le fuera la vida. Por tesonera le dieron un permiso del Instituto Mexicano de Migración para permanecer aquí un tiempo. No conocía a nadie y sus pertenencias se acababan en una maleta con tres ropas.
Primero consiguió empleo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y más tarde, terca que es ella, en el Distrito Federal, donde por las tardes trabaja en una tienda, a cambio de 600 pesos semanales. Todas las mañanas, todas, incluso las de los sábados y los domingos, Ana Enamorado busca a su hijo.
¿Que si ha tenido noticias? A estas alturas la hondureña podría trabajar como detective. Ella misma se ha encargado de armar el expediente de Óscar. Ella misma investigó que los que la llamaron para pedirle 15 mil pesos vivían en un caserío de 300 habitantes que se llama El Carrizo, en San Sebastián del Oeste, Jalisco: un rancho perdido en la nada. Ella misma iba a ir hasta allá a preguntar por Óscar, pero se desanimó, cuando leyó una noticia en una página de internet. Ahí vino a encontrarse el nombre y apellido del mismo extraño con el que habló por teléfono en abril de 2009, y al que le depositó los 15 mil pesos.
En la nota, el extraño declaró que creía que su hijo y varios amigos de él estaban muertos, calcinados, en un par de camionetas que alguien halló, quemadas, en una ranchería cercana. Parece que un lío de drogas. El hijo del extraño, por cierto, se llama como la segunda persona que recibió una parte de los 15 mil pesos. La esperanza de la mujer es que la noticia es de diciembre de 2009, y ella escuchó a Óscar, por última vez, en enero de 2010.
La madre hondureña le ha entregado todas las pistas a la policía mexicana y a Províctima. Cuando le responden algo, le dicen a veces que ya hay policías en el caso y a veces que el caso está difícil. “Diferente fuera si yo les dijera mi hijo se perdió en México, que es grande. Les estoy dando cada pista”, rezonga ella.
El otro día le enseñaron las fotos de un cadáver para que lo reconociera y se negó a hacerlo: “Yo siento que el de la foto no es mi hijo. El de la foto es muy joven, de unos 15 o 16 años y su cara, sus cejas son distintas”. El cadáver, insiste Ana Enamorado, no se parece a éste de la otra foto, la que ella lleva a dondequiera, por si alguien lo ha visto. Detenido en el tiempo, adolescente todavía, Óscar López Enamorado mira a la cámara, con una expresión de niño triste en un rostro perfectamente ovalado. Lo pusieron delante de un fondo azul claro. El cabello negro, abundante, le cae sobre las sienes, partido en dos. Sus labios gruesos hacen un rictus como si el muchacho estuviera a punto de llorar.
Así es como ha soñado a su hijo las últimas tres noches. Ya no niño, sino grande. Ha soñado que Óscar viene y le dice que quiere estudiar derecho, pero ya está viejo para ir a la universidad. En sus sueños Ana lo abraza fuerte y le dice que no se preocupe, que ella va a trabajar mucho para comprarle los libros. Luego lo aprieta de la mano y cuando despierta, todavía con la mano empuñada, se acuerda de que su hijo sigue desaparecido. “Imagínate cómo me despierto. Luego me animo. No voy a dejar de buscar a mi hijo, aunque tenga que dar mi vida”. Cuando escucha a Ana Enamorado, una sabe que habla en serio.
Óscar Antonio López Enamorado es otra aguja perdida en este país, de casi dos millones de kilómetros cuadrados y sabrá Dios cuántos miles de desaparecidos y muertos. Su madre dice que no se irá de México hasta que lo encuentre, vivo o muerto.
Óscar debe tener 23 años —cumple los 24 el 10 de mayo—. Debe ser un muchacho de cejas pobladas, cabello negro abundante y una nariz maya, de las que se ensanchan un poco en la punta. Óscar debe estar vivo, eso lo dice Ana Enamorado, que lo vio por última vez en enero de 2008 y lo recuerda como un adolescente flacucho, de 17 años de edad.
Óscar Antonio López Enamorado se largó de San Pedro Sula los primeros días de 2008. Quería juntar un dinero para volver y estudiar leyes. Quería evadir la violencia del país y la de la casa: su padre descargaba cualquier frustración contra su madre. Quería ver el mundo a los 17 años, y lo vio; pisó el suelo americano casi enseguida. Pero un año después, en enero de 2009, un amigo lo convenció de que el sueño mexicano también valía la pena. ¿Qué amigo? ¿Cuál sueño? Nadie sabe.
Cuando el muchacho se vino a México las llamadas a su madre, antes diarias y prolijas en ilusiones, se volvieron raras y lacónicas. Sin tener mucha idea del mapa de la República Mexicana, Ana Enamorado supo que su hijo trabajaba en Jalisco, donde vivía con una familia. En los últimos días de abril de 2009 la hondureña recibió una llamada. Un extraño le dijo que era el jefe de la familia que adoptó a su hijo. El extraño quería dinero, 15 mil pesos mexicanos. El extraño reclamaba que Óscar le había chocado una camioneta y advertía que alguien debía pagar el golpe.
La madre sintió ese frío que recorre desde las palmas de las manos hasta el cuello. Pidió hablar con Óscar y se lo pusieron en el teléfono. ¿Es cierto? ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? Sí. Sí. No. “Sentí que algo no encajaba. Que alguien estaba al lado de mi hijo y él no podía hablar”. El extraño que se hacía el ofendido le dio a Ana cuatro números telefónicos para que no desconfiara, dijo él. La madre juntó el dinero y lo depositó, en dos partes. Lo cobraron dos personas distintas.
Después de depositar Ana Enamorado habló un par de veces con su hijo. Hablaba siempre ella. Y él siempre respondía monosílabos. Luego las cosas se pusieron peor. En tres de los cuatro teléfonos que le dieron nadie volvió a contestarle jamás. En el cuarto no había quién le diera razón. “Óscar trabajando”, le decía una mujer y colgaba enseguida. El 19 de enero de 2010 Óscar le llamó a su madre. Le dijo que estaba con unos amigos, cerca de Puerto Vallarta.
Luego desapareció y los números telefónicos que ella tenía se hicieron desierto de voces. “Me empecé a desesperar. Me volví loca. Ya nadie podía hallarlo. Nadie quería oírme. Ni mis familiares ni esposo y padre de mi único hijo. ‘No te preocupés, ya va a llamar’, me consolaban todos”. Pero Óscar ya no llamó.
En Centroamérica estaban tibias las reacciones por los secuestros de migrantes en tránsito por México. Los migrantes son los más pobres. Los más pobres no acostumbran denunciar. No se sabía aún de la masacre de San Fernando, Tamaulipas, donde 72 migrantes fueron ejecutados y aventados a una fosa, a finales de 2010.
Ana Enamorado se escapó de una depresión y de su casa y buscó ayuda, en el verano de 2012. El esposo la había amenazado con matarla a ella y a su familia si se iba, y ella se sintió fuerte: “Me di cuenta de que mi hijo es mi única familia y que mi amor por él era más fuerte que el miedo”.
Buscó al Comite de Familiares de Migrantes Desaparecidos del Progreso (Cofamipro), y se unió a la primera Caravana de Madres Centroamericanas que entró a México el 15 de octubre de 2012 y ese año recorrió 19 estados. Sólo que a diferencia de sus compañeras ella tenía el plan de no abandonar este país de desaparecidos hasta que encontrara a Óscar López, su hijo, aunque en eso se le fuera la vida. Por tesonera le dieron un permiso del Instituto Mexicano de Migración para permanecer aquí un tiempo. No conocía a nadie y sus pertenencias se acababan en una maleta con tres ropas.
Primero consiguió empleo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y más tarde, terca que es ella, en el Distrito Federal, donde por las tardes trabaja en una tienda, a cambio de 600 pesos semanales. Todas las mañanas, todas, incluso las de los sábados y los domingos, Ana Enamorado busca a su hijo.
¿Que si ha tenido noticias? A estas alturas la hondureña podría trabajar como detective. Ella misma se ha encargado de armar el expediente de Óscar. Ella misma investigó que los que la llamaron para pedirle 15 mil pesos vivían en un caserío de 300 habitantes que se llama El Carrizo, en San Sebastián del Oeste, Jalisco: un rancho perdido en la nada. Ella misma iba a ir hasta allá a preguntar por Óscar, pero se desanimó, cuando leyó una noticia en una página de internet. Ahí vino a encontrarse el nombre y apellido del mismo extraño con el que habló por teléfono en abril de 2009, y al que le depositó los 15 mil pesos.
En la nota, el extraño declaró que creía que su hijo y varios amigos de él estaban muertos, calcinados, en un par de camionetas que alguien halló, quemadas, en una ranchería cercana. Parece que un lío de drogas. El hijo del extraño, por cierto, se llama como la segunda persona que recibió una parte de los 15 mil pesos. La esperanza de la mujer es que la noticia es de diciembre de 2009, y ella escuchó a Óscar, por última vez, en enero de 2010.
La madre hondureña le ha entregado todas las pistas a la policía mexicana y a Províctima. Cuando le responden algo, le dicen a veces que ya hay policías en el caso y a veces que el caso está difícil. “Diferente fuera si yo les dijera mi hijo se perdió en México, que es grande. Les estoy dando cada pista”, rezonga ella.
El otro día le enseñaron las fotos de un cadáver para que lo reconociera y se negó a hacerlo: “Yo siento que el de la foto no es mi hijo. El de la foto es muy joven, de unos 15 o 16 años y su cara, sus cejas son distintas”. El cadáver, insiste Ana Enamorado, no se parece a éste de la otra foto, la que ella lleva a dondequiera, por si alguien lo ha visto. Detenido en el tiempo, adolescente todavía, Óscar López Enamorado mira a la cámara, con una expresión de niño triste en un rostro perfectamente ovalado. Lo pusieron delante de un fondo azul claro. El cabello negro, abundante, le cae sobre las sienes, partido en dos. Sus labios gruesos hacen un rictus como si el muchacho estuviera a punto de llorar.
Así es como ha soñado a su hijo las últimas tres noches. Ya no niño, sino grande. Ha soñado que Óscar viene y le dice que quiere estudiar derecho, pero ya está viejo para ir a la universidad. En sus sueños Ana lo abraza fuerte y le dice que no se preocupe, que ella va a trabajar mucho para comprarle los libros. Luego lo aprieta de la mano y cuando despierta, todavía con la mano empuñada, se acuerda de que su hijo sigue desaparecido. “Imagínate cómo me despierto. Luego me animo. No voy a dejar de buscar a mi hijo, aunque tenga que dar mi vida”. Cuando escucha a Ana Enamorado, una sabe que habla en serio.