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La moneda de Dios
Dar al César lo que es del César equivale a dar al mundo lo que es del mundo, y a Dios el todo, porque es de Dios
Después de considerar los mandamientos de Dios tal como se nos han enseñado a lo largo de miles de años, y que son los tradicionales en muchas culturas humanas, hemos tratado de interpretar, someramente, lo que Jesús pensaba al respecto y cómo lo interpretaba desde las enseñanzas que nos ha legado en el Evangelio.
Hemos aprendido que desde el principio Dios fue creando el cosmos, las estrellas y los mundos, y en ellos a los seres vivos, plantas y animales. Pero al crear a los seres humanos, los hizo semejantes a Él.
En el mundo, muchos miles de personas se habrán preguntado, o se preguntan curiosas: ¿Y cómo es Dios? ¿Cuáles serán su complexión, su estatura, sus rasgos específicos que determinan alguna raza o estirpe?
Mala pregunta. Tenemos que ir mucho más hondo para acercarnos a su realidad.
Las características que Dios nos ha dado para tener algún parecido a
Él, son, entre otras: inteligencia, voluntad, amor. La inteligencia, o sea la capacidad de pensar y razonar adecuadamente; la voluntad, a la que se añade la capacidad creadora de dar la vida y modificar las cosas. El amor es la característica más importante con la cual se define: Dios es amor.
Muchas señales de su presencia y su protección al ser humano, fue dejando Dios a lo largo del tiempo en la humanidad que iba poblando el planeta, pero nunca lo entendieron. Después de siglos y de inútiles intentos, Dios mismo decide enviar a su Hijo divino y darle forma humana, nacionalidad y personalidad humana, para que pudiéramos reconocerle y para que, entonces, nos enseñara la forma, el camino y el modo de encontrar a Dios. Ese Dios que nos ama y quiere ser amado, y que nos quiere tener en su casa porque somos sus hijos, la obra cumbre de la creación con la cual quiere identificarse.
Y así como Adán no entendió el proyecto de Dios, tampoco los habitantes de un pueblo contemporáneo a Jesús lo reconocieron; antes bien, lo rechazaron, hostilizaron y lo privaron de la vida.
Nosotros, herederos de un Mensaje eterno, tampoco hemos entendido cómo Cristo Jesús, nuestro Señor, es el modelo, la única persona que podemos y debemos imitar, si queremos semejantes al Dios que nos ha creado, que nos manda a este mundo a que configuremos nuestra personalidad con los razgos de su divino hijo, para poder reconocernos el día que regresemos a su presencia para vivir con Él por siempre.
Por eso, seguiremos insistiendo hasta el cansancio, hasta que haga mella en nuestra mente y en nuestro corazón, que la Palabra divina es la única que nos puede dar vida y salvación.
Yo quiero ser moneda de Dios
Si yo fuera una moneda,
tendría grabado en mí el emblema,
la inscripción y el logo
de Aquel a quien pertenece mi ser.
Si Dios ha inscrito en mí sus atributos,
deberé sin duda parecerme a Él,
a riesgo de que un día no me reconozca
si me ve diferente a la imagen
de su Hijo divino.
En mi alma y en mi corazón
grabaré sus expresiones,
cincelando día a día mi personalidad
con los trazos aprendidos de mi Señor Jesús;
así, cuando un día toque a su puerta, me dirá:
¡Bienvenido, hijo mío, entra a tu casa!
María Belén Sánchez fsp
Hemos aprendido que desde el principio Dios fue creando el cosmos, las estrellas y los mundos, y en ellos a los seres vivos, plantas y animales. Pero al crear a los seres humanos, los hizo semejantes a Él.
En el mundo, muchos miles de personas se habrán preguntado, o se preguntan curiosas: ¿Y cómo es Dios? ¿Cuáles serán su complexión, su estatura, sus rasgos específicos que determinan alguna raza o estirpe?
Mala pregunta. Tenemos que ir mucho más hondo para acercarnos a su realidad.
Las características que Dios nos ha dado para tener algún parecido a
Él, son, entre otras: inteligencia, voluntad, amor. La inteligencia, o sea la capacidad de pensar y razonar adecuadamente; la voluntad, a la que se añade la capacidad creadora de dar la vida y modificar las cosas. El amor es la característica más importante con la cual se define: Dios es amor.
Muchas señales de su presencia y su protección al ser humano, fue dejando Dios a lo largo del tiempo en la humanidad que iba poblando el planeta, pero nunca lo entendieron. Después de siglos y de inútiles intentos, Dios mismo decide enviar a su Hijo divino y darle forma humana, nacionalidad y personalidad humana, para que pudiéramos reconocerle y para que, entonces, nos enseñara la forma, el camino y el modo de encontrar a Dios. Ese Dios que nos ama y quiere ser amado, y que nos quiere tener en su casa porque somos sus hijos, la obra cumbre de la creación con la cual quiere identificarse.
Y así como Adán no entendió el proyecto de Dios, tampoco los habitantes de un pueblo contemporáneo a Jesús lo reconocieron; antes bien, lo rechazaron, hostilizaron y lo privaron de la vida.
Nosotros, herederos de un Mensaje eterno, tampoco hemos entendido cómo Cristo Jesús, nuestro Señor, es el modelo, la única persona que podemos y debemos imitar, si queremos semejantes al Dios que nos ha creado, que nos manda a este mundo a que configuremos nuestra personalidad con los razgos de su divino hijo, para poder reconocernos el día que regresemos a su presencia para vivir con Él por siempre.
Por eso, seguiremos insistiendo hasta el cansancio, hasta que haga mella en nuestra mente y en nuestro corazón, que la Palabra divina es la única que nos puede dar vida y salvación.
Yo quiero ser moneda de Dios
Si yo fuera una moneda,
tendría grabado en mí el emblema,
la inscripción y el logo
de Aquel a quien pertenece mi ser.
Si Dios ha inscrito en mí sus atributos,
deberé sin duda parecerme a Él,
a riesgo de que un día no me reconozca
si me ve diferente a la imagen
de su Hijo divino.
En mi alma y en mi corazón
grabaré sus expresiones,
cincelando día a día mi personalidad
con los trazos aprendidos de mi Señor Jesús;
así, cuando un día toque a su puerta, me dirá:
¡Bienvenido, hijo mío, entra a tu casa!
María Belén Sánchez fsp