Suplementos
La gratuidad del amor divino
No es lo mismo agradecer que dar gracias. Cuando le agradecemos algo a alguien, sentimos que nos liberamos de un peso, de un compromiso
Es común y frecuente que cuando se recibe alguna gracia o bendición especial de parte de Dios, al último que se le reconoce y agradece es a Él, pues ello suele atribuirse a la acción de otra persona, a la naturaleza, a las circunstancias, etc. El ser humano teme agradecer a Dios, por no querer depender de Él, y ese temor surge de la creencia de que con ello, Él los vaya a sujetar, a coaccionar, a exigir demasiado a cambio. Sin duda desconocen la gratuidad del amor divino.
San Pablo, en la carta a los Efesios, insiste en que el ser humano debe ser agradecido: "Den gracias a Dios Padre, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, siempre y por todas las cosas"(Ef 5, 20).
No es lo mismo agradecer que dar gracias. Cuando le agradecemos algo a alguien, sentimos que nos liberamos de un peso, de un compromiso; y se logra muy pronto, a tal punto que la expresión de agradecimiento lleva consigo la connotación de un "estar a mano"; como dijera el poeta: "Vida, nada me debes. Vida, nada te debo. Vida, estamos en paz". Mientras que con Dios seguimos en deuda y se trata de reconocerlo no una vez, sino siempre, no de dientes para afuera, sino con la vibración del corazón.
En una realidad como en la que vivimos, en la que el ser humano cada vez se siente y se proclama más autosuficiente, menos dependiente de Dios, urge cada vez más la revaloración y renovación de la acción de gracias. Para reavivar el impulso, ya el Nuevo Testamento había forjado un término nuevo, que se encuentra más de sesenta veces en su contenido: Eucaristía, que significa "alegre acción de gracias". Este término vino a designar la oración por excelencia; el acto cultual que está (o debería estar) al centro de la vida de todos los auténticos cristianos, de aquellos que en verdad y humildad se esfuerzan por seguir a Jesucristo; la fuente y el culmen de la vida cristiana, según lo afirmó el Concilio Vaticano II.
Conscientes de haber sido colmados por su Padre del cielo, más allá de toda esperanza y sin ningún mérito de su parte, los primeros cristianos habían hecho de la acción de gracias, es decir, de la Eucaristía, la esencia de su vida renovada; la forma de agradecer la gratuidad de Dios. Es por ello que no la consideran como una forma de oración entre otras tantas, sino como la más importante de todas.
Ha dado iniciado el nuevo año, y es en este tiempo cuando, por varias razones, hombres y mujeres acostumbran hacer un balance del año que ha terminado, y una serie de propósitos para el que está comenzando. Es entonces cuando se presenta una oportunidad especial e idónea de expresar gratitud a Dios por los bienes recibidos y por los males evitados. Muchos realizan algún acto especial; otros, los menos, participan en la Eucaristía que a propósito suele celebrarse en los diferentes templos. Sin embargo, habría que preguntarse si quienes llevan a cabo cualquier tipo de acto, o participan en la celebración eucarística, están conscientes de esa gran diferencia a la que hacemos referencia líneas atrás, entre agradecer y dar gracias.
Si duda que quienes lo hacen con la convicción de que nunca será suficiente el agradecimiento a Dios, pues siempre estarán en deuda con Él, participarán con todo su corazón y todo su ser, y con la mayor frecuencia posible, en la acción de gracias por excelencia que es la Eucaristía
Este primer domingo del año es una buena ocasión para cambiar nuestros esquemas mentales y de vida a este respecto, y a la luz de la Epifanía --es decir, la manifestación del Señor Jesús que hoy celebramos--, decidirnos a revalorizar, en su significado total y su trascendencia, el gran misterio de la Eucaristía, el cual, se puede decir, es una constante epifanía, ya que se celebra a diario y varias veces durante todo el día, a través de todo el mundo, y es la forma más maravillosa y sublime en la que Dios se nos manifiesta a través de Jesucristo, en el pan convertido en su Cuerpo y el vino en su Sangre; y como consecuencia, participar ya con una renovada visión y comprensión de ella, de ser posible todos los días de nuestra vida.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
San Pablo, en la carta a los Efesios, insiste en que el ser humano debe ser agradecido: "Den gracias a Dios Padre, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, siempre y por todas las cosas"(Ef 5, 20).
No es lo mismo agradecer que dar gracias. Cuando le agradecemos algo a alguien, sentimos que nos liberamos de un peso, de un compromiso; y se logra muy pronto, a tal punto que la expresión de agradecimiento lleva consigo la connotación de un "estar a mano"; como dijera el poeta: "Vida, nada me debes. Vida, nada te debo. Vida, estamos en paz". Mientras que con Dios seguimos en deuda y se trata de reconocerlo no una vez, sino siempre, no de dientes para afuera, sino con la vibración del corazón.
En una realidad como en la que vivimos, en la que el ser humano cada vez se siente y se proclama más autosuficiente, menos dependiente de Dios, urge cada vez más la revaloración y renovación de la acción de gracias. Para reavivar el impulso, ya el Nuevo Testamento había forjado un término nuevo, que se encuentra más de sesenta veces en su contenido: Eucaristía, que significa "alegre acción de gracias". Este término vino a designar la oración por excelencia; el acto cultual que está (o debería estar) al centro de la vida de todos los auténticos cristianos, de aquellos que en verdad y humildad se esfuerzan por seguir a Jesucristo; la fuente y el culmen de la vida cristiana, según lo afirmó el Concilio Vaticano II.
Conscientes de haber sido colmados por su Padre del cielo, más allá de toda esperanza y sin ningún mérito de su parte, los primeros cristianos habían hecho de la acción de gracias, es decir, de la Eucaristía, la esencia de su vida renovada; la forma de agradecer la gratuidad de Dios. Es por ello que no la consideran como una forma de oración entre otras tantas, sino como la más importante de todas.
Ha dado iniciado el nuevo año, y es en este tiempo cuando, por varias razones, hombres y mujeres acostumbran hacer un balance del año que ha terminado, y una serie de propósitos para el que está comenzando. Es entonces cuando se presenta una oportunidad especial e idónea de expresar gratitud a Dios por los bienes recibidos y por los males evitados. Muchos realizan algún acto especial; otros, los menos, participan en la Eucaristía que a propósito suele celebrarse en los diferentes templos. Sin embargo, habría que preguntarse si quienes llevan a cabo cualquier tipo de acto, o participan en la celebración eucarística, están conscientes de esa gran diferencia a la que hacemos referencia líneas atrás, entre agradecer y dar gracias.
Si duda que quienes lo hacen con la convicción de que nunca será suficiente el agradecimiento a Dios, pues siempre estarán en deuda con Él, participarán con todo su corazón y todo su ser, y con la mayor frecuencia posible, en la acción de gracias por excelencia que es la Eucaristía
Este primer domingo del año es una buena ocasión para cambiar nuestros esquemas mentales y de vida a este respecto, y a la luz de la Epifanía --es decir, la manifestación del Señor Jesús que hoy celebramos--, decidirnos a revalorizar, en su significado total y su trascendencia, el gran misterio de la Eucaristía, el cual, se puede decir, es una constante epifanía, ya que se celebra a diario y varias veces durante todo el día, a través de todo el mundo, y es la forma más maravillosa y sublime en la que Dios se nos manifiesta a través de Jesucristo, en el pan convertido en su Cuerpo y el vino en su Sangre; y como consecuencia, participar ya con una renovada visión y comprensión de ella, de ser posible todos los días de nuestra vida.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx