Suplementos
La gran alegría de la reconciliación
Cristo revela al Dios de la Nueva Alianza, “que tanto amó al mundo, que le entregó a su Hijo único”
El Señor Jesús es motivo de escándalo para los fariseos y para los escribas. Aquéllos, tenían la actitud necia de sentirse perfectos, aunque no lo eran; y éstos, hábiles intérpretes --a sus conveniencias-- de los libros sagrados, decían ser los auténticos intérpretes de la ley y los profetas.
Ellos --unos y otros-- murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Para el Maestro, lo anterior fue ocasión de dar sapientísima respuesta con las tres más bellas parábolas de la misericordia.
Revela, mediante la primera, la de “El hijo pródigo”, la imagen amorosa de Dios hacia el hombre, hacia el hombre pecador. Es Dios: amor, misericordia, perdón.
Cristo revela al Dios de la Nueva Alianza, “que tanto amó al mundo, que le entregó a su Hijo único”.
Ahora, desde entonces, no es lícito vivir en continua angustia, siempre esperando un castigo tremendo de un Dios poderoso y terriblemente justiciero. Cristo vino a mostrar el verdadero rostro de Dios, del Dios que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.
“Quedarán saciados de la
abundancia de sus consuelos”
En ese tiempo, cuando el Hijo de Dios con sus plantas tocaba esta tierra, había pecadores que se sentían justos y había pecadores que sufrían porque se sentían pecadores. ¿A cuáles buscaba el Maestro”.
Ahora, siglo XXI, es igual, es idéntica la historia. Siempre, como el mismo Señor lo dijo, en sus campos hay doradas espigas cargadas de granos, y por doquier prolifera la cizaña, porque abundan sembradores de venenos letales.
Y como entonces, y siempre, y ahora, afuera de la Iglesia y dentro del redil hay pecado y pecadores. Y, ¿cuál es la actitud ante esta cruda realidad? ¿Sentarse a lamentar lo mal que está la familia, la sociedad, el gobierno, la Iglesia? No, sencillamente no.
La era de Cristo no estuvo circunscrita a sus tres años de vida pública. Cristo vive, Cristo actúa, Cristo salva ahora y aquí; y, como entonces, ahora busca a los pecadores y --con la abundancia de los recursos de sus palabras, los sacramentos, los testimonios de sus fieles seguidores y mil auxilios más-- continuamente invita a los pecadores a dejar cuanto conduce a la perdición, y emprender un nuevo rumbo donde encontrarán el perdón y la abundancia de los consuelos divinos. Que lo digan quienes ya han dado ese paso, que les parecía tan difícil y sin embargo lo dieron.
La conversión del pecador tiene, de inmediato, hasta una personal satisfacción interna.
Sólo un ejemplo, aunque aquí no se trata de un pecador arrepentido: Un fumador empedernido tenía treinta y cuatro años siendo esclavo de ese vicio. Se propuso dejarlo y lo dejó. Después sólo hablaba, muy alegre, de su difícil y gloriosa victoria.
Así el pecador va de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría.
“El hijo pródigo”
¿Quién no ha leído, escuchado, meditado, analizado esta parábola? Es un modelo perfecto de narración apóloga, con deleite y enseñanza a la vez. Es una admirable dramatización con tres personajes perfectamente bien caracterizados: el hijo menor con las dos etapas, caída hasta la sima, y retorno hasta la cima.
Primero la ingratitud, la lujuria, la soberbia y el triste estado de encontrarse derrotado, hambriento y lejos de su padre.
Y luego la alegría de sentirse amado entre los brazos del amor y el perdón. Nada ya del pasado, ahora todo nuevo. La confianza, la abundancia, todo, en la casa de su padre; porque de nuevo se siente hijo, porque no dejó de serlo y siempre lo estaba esperando su progenitor, con los brazos abiertos.
El pecador, aunque lejos, seducido por el pecado y el vicio, ha caído enredado en los engaños del mundo, del demonio y de la carne, sabe que Dios sigue siendo para él un padre rebosante de amor que esperando su retorno.
La Iglesia es santa, pero
sus hijos son pecadores
Algunos se asustan, se escandalizan, alardean, cuando se enteran de pecados y caídas de otros, y más si han ocupado puestos o han estado investidos de responsabilidades y favorecidos por privilegios, y el comentario podrá tener dos direcciones.
La primera es llegar a concluir que Cristo, el fundador de la Iglesia, --Iglesia quiere decir asamblea--, formó esa asamblea con seres necidos en pecado, frágiles, más prontos para irse tras sus pasiones, camino abajo, que ascender con la consigna de “ser perfecto como mi Padre celestial es perfecto”.
Alguien ha discurrido graciosamente sobre la calidad de los cristianos y los ha comparado con los futbolistas: hoy seleccionados, hoy de primera división, verdaderas estrellas; hoy de segunda o de tercera divisiones, muchos llaneros, futbolistas sólo a ratos y otros sólo de nombre, y éstos abundan.
Y la segunda respuesta es una pregunta directa, personal, a quien se esdandaliza, comenta, divulga y se goza en poner en manifiesto escándalos ajenos. La pregunta será: ¿Te gustaría que el vulgo, que es necio y voluble, llegue a saber a fondo cómo eres tú y cómo llevas tu vida de cristiano? Un gran silencio sería la respuesta de muchos.
Veinte siglos de cristianismo; un rebaño muy variado y muy pinto. No sólo ovejas blancas, sino...
Buscar la misericordia,
practicar la misericordia
De los atributos de Dios, el más consolador es su misericordia perpetua y sin límites. San Pablo, con profundas vivencias en su cercanía con Dios, le llama el “Padre de las Misericordias” y el “Dios de toda consolación”.
Muestra su misericordia de tres maneras: La primera es tolerando; conoce la flaqueza humana y espera, tolera; es comprensivo, es misericordioso. La segunda es dando sin medida sus gracias, dones al pecador; de tal manera lo enriquece, que se siente inducido a responder. La tercera, perdonando. No se perdona a quien no haya cometido culpa; el perdón es para el pecador.
El salmista --tal vez el autor fue el mismo rey David-- conoció las maravillas del amor de Dios, y en el salmo 135 , con elocuente agradecimiento el segundo versículo de cada estrofa exhorta a dar gracias, así: “porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”, y el salmista de nuevo canta: Salmo 129
Aguarde Israel al Señor
como el centinela a la aurora,
porque del Señor viene la misericordia
Y en el salmo 58 manifiesta el salmista su entera confianza en la misericordia de su Señor:
Pero yo cantaré tu fuerza;
por la mañana aclamaré tu misericordia
porque has sido mi alcázar
y mi refugio en el peligro
“y practicar la misericordia”
Y ahora de abajo hacia arriba. La misericordia, virtud moral, está cercana a la reina de las virtudes, la caridad, ya que va en la misma línea: mirar con ojos de amor los problemas, las miserias de los hermanos; inclinarse no solamente a compadecer --compadecer es padecer con--, más de hecho con las obras y no con meros suspiros o lamentos. La virtud de la misericordia es poner en acción el amor. Dar a los demás como acción de gracias por la abundancia de los dones recibidos. Cristo invita: “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso”.
Para alcazar la misericordia de Dios, es preciso antes ser misericordioso con los semejantes. “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
El que es misericordioso es grato a los ojos de Dios y es digno de recompensa: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mateo 5, 7).
El evangelio manifiesta la infinita misericordia de Cristo en el encuentro con Zaqueo; con Levy; con la pecadora que en público se postró a sus plantas a llorar sus culpas; con la adúltera, con la samaritana y largo es de contar...
Tengamos presente: “Misericordia quiero y no sacrificios”.
Pbro. José R. Ramírez
Ellos --unos y otros-- murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Para el Maestro, lo anterior fue ocasión de dar sapientísima respuesta con las tres más bellas parábolas de la misericordia.
Revela, mediante la primera, la de “El hijo pródigo”, la imagen amorosa de Dios hacia el hombre, hacia el hombre pecador. Es Dios: amor, misericordia, perdón.
Cristo revela al Dios de la Nueva Alianza, “que tanto amó al mundo, que le entregó a su Hijo único”.
Ahora, desde entonces, no es lícito vivir en continua angustia, siempre esperando un castigo tremendo de un Dios poderoso y terriblemente justiciero. Cristo vino a mostrar el verdadero rostro de Dios, del Dios que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.
“Quedarán saciados de la
abundancia de sus consuelos”
En ese tiempo, cuando el Hijo de Dios con sus plantas tocaba esta tierra, había pecadores que se sentían justos y había pecadores que sufrían porque se sentían pecadores. ¿A cuáles buscaba el Maestro”.
Ahora, siglo XXI, es igual, es idéntica la historia. Siempre, como el mismo Señor lo dijo, en sus campos hay doradas espigas cargadas de granos, y por doquier prolifera la cizaña, porque abundan sembradores de venenos letales.
Y como entonces, y siempre, y ahora, afuera de la Iglesia y dentro del redil hay pecado y pecadores. Y, ¿cuál es la actitud ante esta cruda realidad? ¿Sentarse a lamentar lo mal que está la familia, la sociedad, el gobierno, la Iglesia? No, sencillamente no.
La era de Cristo no estuvo circunscrita a sus tres años de vida pública. Cristo vive, Cristo actúa, Cristo salva ahora y aquí; y, como entonces, ahora busca a los pecadores y --con la abundancia de los recursos de sus palabras, los sacramentos, los testimonios de sus fieles seguidores y mil auxilios más-- continuamente invita a los pecadores a dejar cuanto conduce a la perdición, y emprender un nuevo rumbo donde encontrarán el perdón y la abundancia de los consuelos divinos. Que lo digan quienes ya han dado ese paso, que les parecía tan difícil y sin embargo lo dieron.
La conversión del pecador tiene, de inmediato, hasta una personal satisfacción interna.
Sólo un ejemplo, aunque aquí no se trata de un pecador arrepentido: Un fumador empedernido tenía treinta y cuatro años siendo esclavo de ese vicio. Se propuso dejarlo y lo dejó. Después sólo hablaba, muy alegre, de su difícil y gloriosa victoria.
Así el pecador va de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría.
“El hijo pródigo”
¿Quién no ha leído, escuchado, meditado, analizado esta parábola? Es un modelo perfecto de narración apóloga, con deleite y enseñanza a la vez. Es una admirable dramatización con tres personajes perfectamente bien caracterizados: el hijo menor con las dos etapas, caída hasta la sima, y retorno hasta la cima.
Primero la ingratitud, la lujuria, la soberbia y el triste estado de encontrarse derrotado, hambriento y lejos de su padre.
Y luego la alegría de sentirse amado entre los brazos del amor y el perdón. Nada ya del pasado, ahora todo nuevo. La confianza, la abundancia, todo, en la casa de su padre; porque de nuevo se siente hijo, porque no dejó de serlo y siempre lo estaba esperando su progenitor, con los brazos abiertos.
El pecador, aunque lejos, seducido por el pecado y el vicio, ha caído enredado en los engaños del mundo, del demonio y de la carne, sabe que Dios sigue siendo para él un padre rebosante de amor que esperando su retorno.
La Iglesia es santa, pero
sus hijos son pecadores
Algunos se asustan, se escandalizan, alardean, cuando se enteran de pecados y caídas de otros, y más si han ocupado puestos o han estado investidos de responsabilidades y favorecidos por privilegios, y el comentario podrá tener dos direcciones.
La primera es llegar a concluir que Cristo, el fundador de la Iglesia, --Iglesia quiere decir asamblea--, formó esa asamblea con seres necidos en pecado, frágiles, más prontos para irse tras sus pasiones, camino abajo, que ascender con la consigna de “ser perfecto como mi Padre celestial es perfecto”.
Alguien ha discurrido graciosamente sobre la calidad de los cristianos y los ha comparado con los futbolistas: hoy seleccionados, hoy de primera división, verdaderas estrellas; hoy de segunda o de tercera divisiones, muchos llaneros, futbolistas sólo a ratos y otros sólo de nombre, y éstos abundan.
Y la segunda respuesta es una pregunta directa, personal, a quien se esdandaliza, comenta, divulga y se goza en poner en manifiesto escándalos ajenos. La pregunta será: ¿Te gustaría que el vulgo, que es necio y voluble, llegue a saber a fondo cómo eres tú y cómo llevas tu vida de cristiano? Un gran silencio sería la respuesta de muchos.
Veinte siglos de cristianismo; un rebaño muy variado y muy pinto. No sólo ovejas blancas, sino...
Buscar la misericordia,
practicar la misericordia
De los atributos de Dios, el más consolador es su misericordia perpetua y sin límites. San Pablo, con profundas vivencias en su cercanía con Dios, le llama el “Padre de las Misericordias” y el “Dios de toda consolación”.
Muestra su misericordia de tres maneras: La primera es tolerando; conoce la flaqueza humana y espera, tolera; es comprensivo, es misericordioso. La segunda es dando sin medida sus gracias, dones al pecador; de tal manera lo enriquece, que se siente inducido a responder. La tercera, perdonando. No se perdona a quien no haya cometido culpa; el perdón es para el pecador.
El salmista --tal vez el autor fue el mismo rey David-- conoció las maravillas del amor de Dios, y en el salmo 135 , con elocuente agradecimiento el segundo versículo de cada estrofa exhorta a dar gracias, así: “porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”, y el salmista de nuevo canta: Salmo 129
Aguarde Israel al Señor
como el centinela a la aurora,
porque del Señor viene la misericordia
Y en el salmo 58 manifiesta el salmista su entera confianza en la misericordia de su Señor:
Pero yo cantaré tu fuerza;
por la mañana aclamaré tu misericordia
porque has sido mi alcázar
y mi refugio en el peligro
“y practicar la misericordia”
Y ahora de abajo hacia arriba. La misericordia, virtud moral, está cercana a la reina de las virtudes, la caridad, ya que va en la misma línea: mirar con ojos de amor los problemas, las miserias de los hermanos; inclinarse no solamente a compadecer --compadecer es padecer con--, más de hecho con las obras y no con meros suspiros o lamentos. La virtud de la misericordia es poner en acción el amor. Dar a los demás como acción de gracias por la abundancia de los dones recibidos. Cristo invita: “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso”.
Para alcazar la misericordia de Dios, es preciso antes ser misericordioso con los semejantes. “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
El que es misericordioso es grato a los ojos de Dios y es digno de recompensa: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mateo 5, 7).
El evangelio manifiesta la infinita misericordia de Cristo en el encuentro con Zaqueo; con Levy; con la pecadora que en público se postró a sus plantas a llorar sus culpas; con la adúltera, con la samaritana y largo es de contar...
Tengamos presente: “Misericordia quiero y no sacrificios”.
Pbro. José R. Ramírez