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La fe del cristiano debe manifestarse en obras

Una nueva alegoría, una imagen también tomada del pueblo, es, en este quinto domingo de pascua, la enseñanza del Señor

El domingo pasado, otra alegoría: el pastor y su rebaño, iluminó las mentes y acercó a los hombres al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y que dijo: “Yo soy el Buen Pastor”.

Ahora dice: “Yo soy la vid...”. El pueblo entendió la imagen porque era familiar el oficio de plantar vides, de cultivarlas con esmero y de esperar ver los sarmientos cargados de pámpanos, es decir, racimos de uvas maduras y dulces. Y el gozo de la cosecha, de la vendimia.

La Iglesia es la viña del Señor

Conforme a esta imagen, cada bautizado, cada cristiano es una vid plantada en esta viña.

Mas la vida y la fecundidad de cada uno se tiene en tanto se viva en íntima unión con el viñador, que es Cristo; y es también el tronco de cada vid, de donde llega la savia, la vida, la fecundidad, a todos y cada uno.

El Señor Jesús fundó su Reino, la Iglesia, y aunque resucitó y subió glorioso a los cielos, se ha quedado invisible con amor, con misericordia, con la abundancia de sus dones y sus gracias, para hacer fecundas en Él y para Él todas las vides, todas las almas. Por Él y en Él deben dar frutos maduros de santidad, de salvación. Cristo es la vid y los cristianos los sarmientos.

“Permanezcan en mí, y yo en ustedes”

“La Iglesia es signo e instrumento de unión sobrenatural de los hombres con Dios en Cristo, y una unidad salvífica con todos los hombres...”.

Así asentaron los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Así presentaron el misterio de la Iglesia a los hombres de estos tiempos, en el primer párrafo de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentum” (Luz de las Gentes).

Signo e instrumento de unión sobrenatural, porque esa fe en Cristo se vive en íntima unión con Cristo.

San Pablo, en la alegría de su nueva vida de creyente, exclama: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

Y el fruto de toda obra tiene tanto más valor cuando se vive unido a Cristo como los sarmientos a la vid.
El Señor dice: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Jn 15, 1).

La vid se mide por los frutos

El amor, la caridad, es mucho más que un sentimiento: es servicio, es entrega.

El amor afectivo es algo, el amor efectivo es todo.

Un párroco de Mazamitla en su predicación dominical les decía a sus feligresas: “Si de veras aman a su marido y a sus hijos, tengan siempre la mesa con mucho y sabroso alimento, a sus hijos limpios, limpia la ropa y limpia la casa, aunque a veces no tengan tiempo de venir al templo. El verdadero amor está en eso, y no le busquen”.

Muchos no caminan, seducidos por ciertos espejismos del amor, pero al final de la jornada de la vida todos han de ser juzgados si amaron o no. Mas el amor verdadero es no sólo quedarse en sentir el afecto sensible, sino --haya afecto sensible o no-- que no se queden en la periferia de los sentidos, sino hacer obras en favor de otro, de los demás.

Y si se es un buen cristiano, su amor fraterno y comprometido no se limita a la familia y a las cercanías, sino que va más allá en círculos concéntricos que abarcan lo local, lo regional, lo nacional, lo mundial, con un corazón como el de Cristo que amó y se entregó por todos.
 
No un cristianismo rutinario y pasivo

Ante el avance de las ciencias y de las técnicas, algunos pretenden que esas cosas de la fe y de la religión se reduzcan a una esfera de lo privado. Esto es maldad, es mentira, porque el cristiano debe ser “luz del mundo”. Debe ser testigo, antorcha para alumbrar a muchos ciegos o deslumbrados por los incontables atractivos, en  el mercado de ofertas de este siglo XXI.

Muchos carecen del verdadero sentido de la vida, y trotan sin saber ni de donde vienen ni a donde van, y si el cristiano unido a Cristo es en sí un testimonio.

El filósofo existencialista Albert Camus escribió: “Deberían (los cristianos) salir de su ensimismamiento y hacer frente al rostro ensangrentado que la historia tiene en nuestro tiempo”.

Ser este día menos religiosos, para ser mucho más cristianos

En una sociedad cada día más entregada a la economía y a la política, el cristiano tiene que ser sal de la tierra; por lo tanto, debe entrar a la realidad social, para darle sentido verdadero a las acciones individuales y colectivas.

En otras palabras, es la hora de la acción, es la hora de hacer obras.

Un cristiano tímido e inhábil no cabe en ninguna parte; así no cabe en la Iglesia. No se puede permanecer insensible a las necesidades de los demás.

El cristiano debe tomar un papel activo, responsable en la política con la sociedad, en la economía, en el trabajo, en la familia.

“No amemos de palabra y de boca, sino con obras y de verdad”.

La fe es una exigencia no sólo con una línea vertical para dar gloria a Dios, sino también horizontal mientras se está en el tiempo.

Ser más cristiano es cristificarse, unirse a Cristo, y así todas las obras serán en clave de solidaridad.

La meta es inalcansable, pero inalcansable debe ser el ímpetu del cristiano en su afán de hacer obras gratas a los ojos de Dios, y una bendición y gracia en provecho de la comunidad humana.

José R. Ramírez Mercado

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