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La doctrina social de la Iglesia
El término ecología fue acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel en 1869, tomando como base las palabras griegas oikos, casa y logos, ciencia, estudio, tratado
Sexta parte. La ecología
El término ecología fue acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel en 1869, tomando como base las palabras griegas oikos, casa y logos, ciencia, estudio, tratado. En la actualidad la ecología ha dado lugar a disciplinas científicas cuyo propósito es la salvaguarda del medio ambiente, y la doctrina social de la Iglesia Católica guarda un lugar especial a este tema, puesto que la tradición bíblica comienza, en el libro del Génesis, con la naturaleza como creación de Dios y don para la humanidad representada por Adán y Eva.
El jardín del Edén fue dado por el Creador para que fuese cultivado y custodiado (Gen 2, 15), lo que inspira la visión cristiana respecto al uso de la tierra y al desarrollo de la ciencia y la tecnología. La constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, asegura que “la actividad humana, individual y colectiva, o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios”.
Mucha gente piensa que los avances de la ciencia y de la técnica son contrarios a la religión, pues creen que son la causa de muchos males –si no es que todos– que aquejan a nuestras sociedades. Armas de todo tipo y contaminación, son ejemplos de ello. Sin embargo ha de recordarse que no son la ciencia ni la técnica por sí mismas, sino las personas que se sirven de ella para sus malévolos fines, quienes han pervertido su uso. Un automóvil puede utilizarse para lo que es, un simple medio de transporte, o también como arma mortal cuando el conductor va ebrio o drogado; como un satisfactor de vanidad, o como un medio para secuestrar a alguien.
El mismo documento conciliar afirma que los logros de la ciencia y de la técnica “son signos de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio”. Juan Pablo II puso de manifiesto esto en un discurso pronunciado el 28 de noviembre de 1986, cuando dijo que “la ciencia y la tecnología…un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente”.
En cuanto a otro tipo de avances científicos Juan Pablo II, el 3 de octubre de 1981, ante la Pontificia Academia de las Ciencias, aseveró que la Iglesia aprecia “las ventajas que resultan del estudio y de las aplicaciones de la biología molecular, completada con otras disciplinas, como la genética, y su aplicación tecnológica en la agricultura y la industria”, ya que con que con ello podrían resolverse problemas que aquejan a la humanidad, como el hambre y algunas enfermedades. Sin embargo, ha de enfatizarse que la Iglesia se refiere a la “recta aplicación”, con la que los científicos deben utilizar los resultados de sus investigaciones y su capacidad técnica para el servicio de la humanidad, subordinándolos “a los principios morales que respetan y realizan en su plenitud la dignidad del hombre”.
En la Carta encíclica Centesimus annus el Papa le recuerda al hombre que su capacidad de transformar su entorno por la tecnología, debe desarrollarse sobre la base de que la Naturaleza es un don de Dios, por lo que ha de respetarse. Cuando el hombre dispone de la creación de manera arbitraria y desordenada, “en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él”.
Una concepción y utilización correcta del medio ambiente no lo reduce a la condición de objeto meramente manipulable, ni lo absolutiza para colocarlo por encima de la persona, como pretenden algunos movimientos ecologistas. La Iglesia se opone a las nociones ecocentristas o biocentristas, puesto que eliminan la responsabilidad del hombre para cuidar aquello que se le ha confiado.
La doctrina social de la Iglesia subraya la responsabilidad humana de preservar un ambiente íntegro y sano para todos, si la persona humana conjuga su capacidad científica con una dimensión ética para promover el ambiente como casa y como recurso, eliminando los factores de contaminación y asegurando condiciones de salud e higiene para todos. Todo buen cristiano responderá a este llamado en la medida de sus posibilidades. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
El término ecología fue acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel en 1869, tomando como base las palabras griegas oikos, casa y logos, ciencia, estudio, tratado. En la actualidad la ecología ha dado lugar a disciplinas científicas cuyo propósito es la salvaguarda del medio ambiente, y la doctrina social de la Iglesia Católica guarda un lugar especial a este tema, puesto que la tradición bíblica comienza, en el libro del Génesis, con la naturaleza como creación de Dios y don para la humanidad representada por Adán y Eva.
El jardín del Edén fue dado por el Creador para que fuese cultivado y custodiado (Gen 2, 15), lo que inspira la visión cristiana respecto al uso de la tierra y al desarrollo de la ciencia y la tecnología. La constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, asegura que “la actividad humana, individual y colectiva, o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios”.
Mucha gente piensa que los avances de la ciencia y de la técnica son contrarios a la religión, pues creen que son la causa de muchos males –si no es que todos– que aquejan a nuestras sociedades. Armas de todo tipo y contaminación, son ejemplos de ello. Sin embargo ha de recordarse que no son la ciencia ni la técnica por sí mismas, sino las personas que se sirven de ella para sus malévolos fines, quienes han pervertido su uso. Un automóvil puede utilizarse para lo que es, un simple medio de transporte, o también como arma mortal cuando el conductor va ebrio o drogado; como un satisfactor de vanidad, o como un medio para secuestrar a alguien.
El mismo documento conciliar afirma que los logros de la ciencia y de la técnica “son signos de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio”. Juan Pablo II puso de manifiesto esto en un discurso pronunciado el 28 de noviembre de 1986, cuando dijo que “la ciencia y la tecnología…un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente”.
En cuanto a otro tipo de avances científicos Juan Pablo II, el 3 de octubre de 1981, ante la Pontificia Academia de las Ciencias, aseveró que la Iglesia aprecia “las ventajas que resultan del estudio y de las aplicaciones de la biología molecular, completada con otras disciplinas, como la genética, y su aplicación tecnológica en la agricultura y la industria”, ya que con que con ello podrían resolverse problemas que aquejan a la humanidad, como el hambre y algunas enfermedades. Sin embargo, ha de enfatizarse que la Iglesia se refiere a la “recta aplicación”, con la que los científicos deben utilizar los resultados de sus investigaciones y su capacidad técnica para el servicio de la humanidad, subordinándolos “a los principios morales que respetan y realizan en su plenitud la dignidad del hombre”.
En la Carta encíclica Centesimus annus el Papa le recuerda al hombre que su capacidad de transformar su entorno por la tecnología, debe desarrollarse sobre la base de que la Naturaleza es un don de Dios, por lo que ha de respetarse. Cuando el hombre dispone de la creación de manera arbitraria y desordenada, “en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él”.
Una concepción y utilización correcta del medio ambiente no lo reduce a la condición de objeto meramente manipulable, ni lo absolutiza para colocarlo por encima de la persona, como pretenden algunos movimientos ecologistas. La Iglesia se opone a las nociones ecocentristas o biocentristas, puesto que eliminan la responsabilidad del hombre para cuidar aquello que se le ha confiado.
La doctrina social de la Iglesia subraya la responsabilidad humana de preservar un ambiente íntegro y sano para todos, si la persona humana conjuga su capacidad científica con una dimensión ética para promover el ambiente como casa y como recurso, eliminando los factores de contaminación y asegurando condiciones de salud e higiene para todos. Todo buen cristiano responderá a este llamado en la medida de sus posibilidades. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx