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La disyuntiva
Todos los días asistimos a funciones en las que presenciamos jocosas comedias, grandes dramas, terribles tragedias...
Todos somos espectadores del “gran teatro del mundo”, como lo definiera un pensador, y todos los días asistimos a funciones en las que presenciamos jocosas comedias, grandes dramas, terribles tragedias.
Las primeras suelen ser protagonizadas por personajes públicos de nuestro país, los cuales, buscando sus propios intereses, las ponen en escena; tal es el caso de muchos de nuestros políticos que, con tal de lograr sus fines a corto, mediano y largo plazo, arman estratagemas cuyos resultados llegan a ser verdaderamente ridículos, que causan la hilaridad y la burla de muchos, consiguiendo el desprestigio ante los ciudadanos; aunque la mayoría de las veces les dure poco tiempo, porque los que habitamos en este país, solemos tener mala memoria.
Los segundos son interpretados por individuos que han optado por la delincuencia como estilo de vida, llámense secuestradores, narcotraficantes, terroristas, violadores, corruptores de menores, asesinos, etc., etc. Ellos se han encargado de montar la obra más inhumana, sangrienta y muchas veces bestial que se haya visto, y han instaurado un estado de violencia desatada y de inseguridad extrema, que ha frenado sensiblemente el proceso de construcción de un país como lo quieren los más de 110 millones de habitantes, en paz, con justicia, auténtica democracia y con el legítimo progreso en bien de todos.
De los terceros se encarga la naturaleza --aunque auspiciada por la humanidad entera, por la falta de cuidado que ha tenido con ella, y que, antes al contrario, parecería que se ha empeñado en destruirla--, con sus desastres de todo tipo y de todo tamaño, hasta catastróficos, como el que se está viendo en Haití.
Pues bien, si buscamos un común denominador, una causa que subyace en todo ello –lo afirmo porque así lo creo y así lo he vivido y experimentado en mi propia persona y en mi entorno-, es porque muchos no conocen ni aceptan a Jesucristo como el Rey y Señor del universo y de sus corazones; muchos otros no sólo no lo conocen, sino que lo rechazan velada o abiertamente; y otros más no sólo lo rechazan, sino que buscan vulnerarlo con descaro atacando de muchas maneras a su Iglesia, a sus representantes, a sus valores, su doctrina que se fundamenta en la Palabra de Dios y al pueblo de Dios.
Entre esas agresiones figura el golpeteo que busca la burla, el desprestigio, la negación, la ridiculización de los principios derivados de la fe en dicha Palabra. Esto causa la molestia e indignación de los que sí la conocemos y tratamos de vivir conforme a ella, y en otros provoca la duda y hasta la pérdida de una fe endeble, la cual es así por la falta de formación en esa misma doctrina.
Cuando se vive sin Jesucristo, en su contra o al margen de él, no hay duda de que se vive en la esclavitud, la cual es infligida por los enemigos del ser humano, a saber: su propia naturaleza inclinada al pecado, al no amor; el mundo que impulsa a una vida sin Dios, en la anarquía, y que envuelve y cautiva a los débiles en la fe; y finalmente el Enemigo --con mayúscula-- del hombre (no de Dios), que es Satanás, quien está empeñado en evitar que el hombre acepte a Jesucristo como su único Salvador y Señor.
Y los efectos de esa esclavitud son de tal dimensión, que hasta a la misma creación afectan. Por ello San Pablo afirmó: “Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom. 8, 21)
El evangelio de este domingo nos recuerda aquella profecía de Isaías, que Jesús hizo suya y que proclamó en la sinagoga, afirmando que ese día preciso, en su persona se cumplía. En ella revela su misión, y en ella su tarea, entre otras, de ser el libertador de los oprimidos.
Creer en Jesús en verdad nos ha de llevar a ser libres en nuestro interior, es decir, espiritual, psicológica y emocionalmente. No creerle en verdad --es decir, aceptarlo como lo que es, confiar total y absolutamente en Él, obedecerle en todo y depender por completo en Él--, provocará una o muchas formas de esclavitud, especialmente la del pecado; y también a lo que no es pecado, pero que se constituye en ídolo, entendido éste como todo aquello que suplanta a Dios en nuestra vida. He ahí la disyuntiva para nuestra salvación eterna: Creer o no creer en Jesucristo.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Las primeras suelen ser protagonizadas por personajes públicos de nuestro país, los cuales, buscando sus propios intereses, las ponen en escena; tal es el caso de muchos de nuestros políticos que, con tal de lograr sus fines a corto, mediano y largo plazo, arman estratagemas cuyos resultados llegan a ser verdaderamente ridículos, que causan la hilaridad y la burla de muchos, consiguiendo el desprestigio ante los ciudadanos; aunque la mayoría de las veces les dure poco tiempo, porque los que habitamos en este país, solemos tener mala memoria.
Los segundos son interpretados por individuos que han optado por la delincuencia como estilo de vida, llámense secuestradores, narcotraficantes, terroristas, violadores, corruptores de menores, asesinos, etc., etc. Ellos se han encargado de montar la obra más inhumana, sangrienta y muchas veces bestial que se haya visto, y han instaurado un estado de violencia desatada y de inseguridad extrema, que ha frenado sensiblemente el proceso de construcción de un país como lo quieren los más de 110 millones de habitantes, en paz, con justicia, auténtica democracia y con el legítimo progreso en bien de todos.
De los terceros se encarga la naturaleza --aunque auspiciada por la humanidad entera, por la falta de cuidado que ha tenido con ella, y que, antes al contrario, parecería que se ha empeñado en destruirla--, con sus desastres de todo tipo y de todo tamaño, hasta catastróficos, como el que se está viendo en Haití.
Pues bien, si buscamos un común denominador, una causa que subyace en todo ello –lo afirmo porque así lo creo y así lo he vivido y experimentado en mi propia persona y en mi entorno-, es porque muchos no conocen ni aceptan a Jesucristo como el Rey y Señor del universo y de sus corazones; muchos otros no sólo no lo conocen, sino que lo rechazan velada o abiertamente; y otros más no sólo lo rechazan, sino que buscan vulnerarlo con descaro atacando de muchas maneras a su Iglesia, a sus representantes, a sus valores, su doctrina que se fundamenta en la Palabra de Dios y al pueblo de Dios.
Entre esas agresiones figura el golpeteo que busca la burla, el desprestigio, la negación, la ridiculización de los principios derivados de la fe en dicha Palabra. Esto causa la molestia e indignación de los que sí la conocemos y tratamos de vivir conforme a ella, y en otros provoca la duda y hasta la pérdida de una fe endeble, la cual es así por la falta de formación en esa misma doctrina.
Cuando se vive sin Jesucristo, en su contra o al margen de él, no hay duda de que se vive en la esclavitud, la cual es infligida por los enemigos del ser humano, a saber: su propia naturaleza inclinada al pecado, al no amor; el mundo que impulsa a una vida sin Dios, en la anarquía, y que envuelve y cautiva a los débiles en la fe; y finalmente el Enemigo --con mayúscula-- del hombre (no de Dios), que es Satanás, quien está empeñado en evitar que el hombre acepte a Jesucristo como su único Salvador y Señor.
Y los efectos de esa esclavitud son de tal dimensión, que hasta a la misma creación afectan. Por ello San Pablo afirmó: “Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom. 8, 21)
El evangelio de este domingo nos recuerda aquella profecía de Isaías, que Jesús hizo suya y que proclamó en la sinagoga, afirmando que ese día preciso, en su persona se cumplía. En ella revela su misión, y en ella su tarea, entre otras, de ser el libertador de los oprimidos.
Creer en Jesús en verdad nos ha de llevar a ser libres en nuestro interior, es decir, espiritual, psicológica y emocionalmente. No creerle en verdad --es decir, aceptarlo como lo que es, confiar total y absolutamente en Él, obedecerle en todo y depender por completo en Él--, provocará una o muchas formas de esclavitud, especialmente la del pecado; y también a lo que no es pecado, pero que se constituye en ídolo, entendido éste como todo aquello que suplanta a Dios en nuestra vida. He ahí la disyuntiva para nuestra salvación eterna: Creer o no creer en Jesucristo.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx