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La alegría del perdón

La mirada de Cristo es misericordia, es amor, es perdón. No es el jefe justiciero, no es el patrón exigente

     Un pintor alemán, Hans Hofmann, dejó en un lienzo una imagen de Cristo en la escena cuando expulsa a los profanadores del templo de Jerusalén. El rostro del Señor expresa majestad, pero su mirada es dura. Esa no es, no ha de ser, la mirada del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre por amor, y con amor, el mayor amor,  se entregó a la cruz y a la muerte. Su rostro es bondad, por eso lo rodean los niños, los desvalidos, los enfermos.

     Porque refleja amor, misericordia, perdón, se le acercó una pecadora con una historia desastrosa y halló en él y por él, el perdón, una alegría tan honda como nunca la había vivido. Aquella otra mujer, la sorprendida en adulterio y llevada a empellones para apedrearla hasta darle muerte, en Cristo encontró igualmente el perdón y la alegría.

     Zaqueo y Levy, publicanos, pecadores entregados al falso dios del dinero, encontraron nuevo camino porque Cristo los buscó, los encontró, los perdonó.

Para todos la mirada de Cristo es misericordia, es amor, es perdón. No es el jefe justiciero, no es el patrón exigente, no es el padre duro. Es el amigo bueno, siempre dispuesto a perdonar, a dar salud y alegría.

     San Agustín, iluminado con las enseñanzas de Cristo, afirmó:  

Hay que odiar el pecado, pero amar al pecador


     Cristo es médico y su presencia en medio de los hombres es para dar la salud, y siempre la salud más bella: la del alma.

     Un médico diagnostica una enfermedad en ese enfermo tendido en una cama de hospital; odiará cordialmente a la enfermedad, pero también cordialmente, con todo su corazón, amará al enfermo, y pondrá toda su ciencia y su empeño en verlo libre de sufrimientos y levantarse de donde estaba tendido.

     La mirada de Cristo sólo puede ser severa al contemplar el crimen, la avaricia, la lujuria, la soberbia, pero quiere para todos la salud espiritual.

Al proclamar la “Nueva Alianza” en la montaña, el Maestro a nadie condenó, a todos llamó a ser bienaventurados y les indicó ocho maneras de verdadera felicidad.

     Bienaventurado es una palabra compuesta del adverbio bien y del sustantivo aventura, aquí adjetivo para calificar al que ha logrado una buena aventura.

     Todas sus enseñanzas, todo el evangelio --evangelio etimológicamente quiere decir buena nueva--, es amor.

     Y todas sus acciones --desde el primer milagro en las bodas de Caná, hasta sus palabras en la cruz “hoy estarás conmigo en el paraíso”, a Dimas, el ladrón arrepentido-- son bondad, amor  y aquí, perdón.  

Las tres parábolas de la misericordia

     No sólo a la muchedumbre reunida ese día, sino a todos los hombres y a todas las muchedumbres, es grata y eficaz la enseñanza de una doctrina en la forma de narración,con los tres pasos: exposición, nudo y desenlace.

     Y el gran Maestro presenta con maestría tres narraciones: para campesinos, la oveja perdida; para amas de casa, la moneda perdida; para todos, el hijo pródigo.

     En las tres está el final feliz: el pastor encontró a la oveja; la mujer encontró la dracma; el anciano abraza llorando de alegría, al hijo sinvergüenza, ese muchacho causa de muchos desvelos y dolores de cabeza.

Y en las tres parábolas una destaca el perdón, y en las tres la imagen de Dios todo bondad, porque otorga un total perdón. No pide cuentas, no pone condiciones y deja en olvido y para siempre un pasado turbio.

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti


     El hijo ha vuelto. Sucio, vestido de harapos, avergonzado y humilde se postra ante su padre. Muy diferente ahora, al muchacho arrogante que un nefasto día le exigió le entregara la herencia.

     La humildad y la sinceridad son condiciones para alcanzar el perdón.

El mensaje de Cristo es intemporal. El hombre del siglo XXI es tan pecador como el del siglo primero.

     Al hombre de este siglo le habla Cristo y lo invita a reconciliarse con Dios y con el prójimo. Decir: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”, es reconocer la gravedad del pecado, que es oponerse al plan de Dios, es preferir el mal, es el desprecio, es una trasgresión voluntaria de la ley de Dios.

     Para que el hombre no pereciera para siempre, para poder conciliar la justicia con la misericordia, llegó a la tierra el Hijo de Dios, se constituyó cabeza del género humano y subió voluntario a la cruz, para expiar el pecado de todos: “Cristo padeció por nosotros” (1a. San Pedro 2, 21); “Lavó nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1, 5).  

La tabla salvadora


     El viento sopla furioso y en altamar la nave empieza a hacer agua. Todos, en angustiosa prisa y al grito de “¡sálvese el que pueda!”, buscan aferrarse a una tabla que los mantenga a flote.

     San Jerónimo, uno de los padres de la Iglesia, voluntariamente se refugió en una cueva cercana a Belén y se manifestó como el más preclaro maestro en la sabiduría de entender y comunicar los libros sagrados, la Biblia.

     Era un asceta, hombre de oración y docto en el arte de la santidad. Él suscribió: “La penitencia es la segunda tabla de salvación, después del bautismo”.

     Muchos náufragos han encontrado y encontrarán en el siglo que vivimos, esa segunda tabla en el sacramento.

     Jesús, glorioso, resucitado, se presentó a sus discípulos estando cerradas las puertas del cenáculo. Después del saludo “la paz sea con ustedes”, sopló sobre sus cabezas y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”; a los que ustedes perdonen sus pecados, les serán perdonados, y a los que los retengan les serán retenidos” (Juan 20, 23).

     Así dejó no uno, sino incontables dones, tablas salvadoras para todos los hombres en todos los tiempos.

     La grandeza de este poder transmitido a los apóstoles es tanta, que causa admiración y gratitud. Nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios, pero los apóstoles y sus sucesores han recibido esa potestad no para ellos mismos, sino para hacer llegar el perdón, la gracia, la reconciliación, a través de sus ministros; es decir, de los administradores. Dios perdona y el confesor, cuando absuelve en nombre de Cristo, con el poder de Cristo, también otorga el perdón.

“Vayan muéstrense a los sacerdotes”

     Diez leprosos no se acercaron al Señor; eran inmundos, según la ley judía, y de lejos le pidieron: “ten misericordia de nosotros”, y cuando iban por el camino vieron, asombrados y jubilosos, que sus carnes ya estaban limpias.

Ese fue un milagro perceptible por los sentidos. Abundan los milagros invisibles en el mundo interior, en la historia íntima de los seres humanos;  muchos leprosos del alma han caído de rodillas ante Cristo, representado por un sacerdote, y se han levantado con la alegría del perdón.

     Mas para alcanzar esta gracia son indispensables dos condiciones: primera la fe, pues sin fe no tendría sentido pasar la vergüenza de decir las propias culpas, de descubrir las propias bajezas --lo explica “es ante Cristo a quien muestras tus llagas”--; la segunda condición es la humildad, clamando como el hijo pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.

José R. Ramírez

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