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La acción divina en el mundo

La razón nos conduce a un concepto de Providencia en perfecto acuerdo con el acontecer de la naturaleza

    La Física Cuántica describe fenómenos que están más allá del mundo sensible; es decir, existe un “microcosmos” donde se encuentran los entes que interaccionan entre sí de acuerdo con leyes diferentes de las que conocemos para describir el mundo cotidiano. En este microcosmos, átomos y moléculas danzan melodías de la naturaleza no accesibles a los medios conocidos en la vida diaria. En el mundo que tenemos al alcance de los sentidos vemos estrellas, nubes, montrañas, árboles, personas, insectos y, con un microscopio adecuado, podemos ver algunos microorganismos como células y bacterias. Hasta allí, llega el dominio de lo cotidiano, lo que podemos captar con nuestros sentidos sin ningún problema. Pero más adentro, por ejemplo observar lo que sucede en la membrana de una célula cuando ésta absorbe una molécula para “alimentarse”, no pertenece a lo cotidiano y sólo es accesible para unos cuantos científicos privilegiados especializados en Biología Molecular. De la misma manera, los procesos a nivel cuántico tienen un grado de complejidad tal que no nos permite describirlos con detalle en tan poco espacio. No obstante, se conocen con certeza muchos de estos procesos y lo que puede afirmarse es que en ellos la indeterminación es su rasgo esencial, por lo que no existe una causalidad natural. Esto significa que, de alguna manera, no nos es posible predecir ni conocer con certeza cuándo un evento cuántico puede ocurrir, o cómo será el estado final de un sistema cuántico después de ocurrido un cierto tiempo.

    Dadas estas condiciones, y de acuerdo con lo que se aseveró en el artículo anterior, podemos afirmar enfáticamente que Dios obra junto con la naturaleza para causar los eventos cuánticos indeterminados. Como la naturaleza no proporciona las causas necesarias para que ocurra un evento cuántico específico, es entonces Dios obrando en conjunto con la  naturaleza lo que constituye la causa suficiente para que tal evento acontezca. Por lo tanto se puede decir que Dios obra providencialmente dentro de los procesos causales naturales sin romper, suspender, ni violar las leyes de la naturaleza descritas por la ciencia contemporánea. Esto es particularmente importante si creemos en Dios Todopoderoso que ha creado el universo y nos ha dado la facultad de poder descubrirlo en las leyes de la naturaleza. Dios omnisciente y eterno no podría haber creado un universo que después pudiera manejara su antojo y capricho, rompiendo y violando las leyes que Él mismo ha dictado.

    En consecuencia, la razón nos conduce a un concepto de Providencia en perfecto acuerdo con el acontecer de la naturaleza: Se llama Divina Providencia a las disposiciones por las que Dios conduce a la creación hacia la perfección (Catecismo de la Iglesia Católica 302). Y la confianza plena en la Providencia Divina la manifiesta Jesús cuando nos pide que no nos preocupemos por las cosas mundanas, puesto que son las mismas cosas que preocupan a los paganos (Cfr. Mt 6, 31-32), e impone una condición ineludible: “pongan toda su atención en el Reino de Dios y en hacer lo que Dios exige, y recibirán atención también todas estas cosas” (Mt 6, 33). Es decir, tanto la razón como el testimonio de la Escritura es unánime: la providencia de Dios --Su acción providente-- “es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas a los grandes acontecimientos del mundo y de la historia” (Catecismo 303), pero para la acción específica sobre la vida de cada individuo ha de cumplirse con la exigencia de buscar primero el Reino de Dios y su justicia.

    Ha de entenderse principalmente, que Dios no creó un mundo perfecto, sino uno en camino de perfeccionarse, concepto que expresa el aspecto fundamental de la Divina Providencia. Es por ello que distorsionar el papel de la Providencia en el devenir humano, ha dado lugar a creer que Dios nos satisfará todas nuestras necesidades materiales sin que tengamos que mover

un dedo. Eso no es trabajo de Dios. La frase citada que leemos en Mateo 6, 33 indica claramente que eso sucederá sólo si buscamos primero el Reino de Dios y su justicia; esto es, primero debemos hacer lo que Dios nos manda y luego, si Él quiere, nos pondrá los medios y oportunidades para que podamos alcanzar nuestras metas mundanas, pues el Padre cuida al pequeño y al grande por igual (Sab 6, 7). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx   

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