Suplementos
La Tercera Persona
El Espíritu Santo aparece en los textos bíblicos en diversas ocasiones. Una de ellas es cuando Jesús que enseñaba en el templo
“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida...” es una de las declaraciones que hacemos todos los domingos durante la celebración de la Santa Misa, y es una de las verdades de fe que forman parte del Credo de Nicea-Constantinopla. Éste se denomina así porque fue compuesto en el Concilio de Nicea (325 d.C.) y perfeccionado en el Concilio de Constantinopla (381 d.C.), cuando se le agregó la parte del Espíritu Santo. Lo proclamamos antes del ofertorio porque es nuestra profesión de fe, el fundamento esencial de lo que nos une como católicos.
El Concilio de Nicea se había centrado en defender la divinidad de Jesucristo, puesto que la herejía arriana había cobrado cierta fuerza por aquella época. El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336), un sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como punto de apoyo para Su plan. El Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio. Al sostener esta teoría, negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad. Según Arrio, a Jesús se le puede llamar Dios solo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios. Fue en este Concilio que se compuso la primera versión del Credo, en el que se introdujo por primera vez el término griego homoousion que significa consustancial o de la misma naturaleza, para referirse a N.S. Jesucristo.
Posteriormente, el Concilio de Constantinopla fue convocado por el emperador Teodosio con el fin de dar término a diversas disputas teológicas de la época, de entre las cuales, la que capta nuestro interés es la herejía conocida como macedonianismo por su autor, Macedonio quien, además de negar la divinidad de Cristo negaba también la divinidad del Espíritu Santo. El Concilio se inauguró en mayo del año citado bajo la presidencia de Melecio, obispo de Antioquía, con la asistencia de unos 150 obispos, y uno de sus frutos fue la versión perfeccionada del Credo que llega hasta nuestros días, al que se le agregó toda la parte referente al Espíritu Santo. El misterio trinitario quedaba ya completamente formulado y aceptado por la Iglesia: el Espíritu Santo es Dios; verdadero Dios como lo son el Padre y el Hijo.
El Espíritu Santo aparece en los textos bíblicos en diversas ocasiones. Una de ellas es cuando Jesús que enseñaba en el templo, afirmó: “Pues David mismo, inspirado por el Espíritu Santo,dijo: ‘El Señor dijo a mi Señor...”(Mc 12, 36) y en la Anunciación, el ángel del Señor aseveró que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo descansará sobre ti como una nube” (Lc 1, 35). Sin embargo, la cuestión central de la presencia del Espíritu Santo viene de la promesa de N.S. Jesucristo en el discurso de despedida, donde claramente les dice a los apóstoles: “Pero les digo la verdad: es mejor para ustedes que yo me vaya. Porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy yo se lo enviaré” (Jn 16.7). Y aquí cabe aclarar el nombre Paráclito.
Paráclito viene del griego parakletos, que literalmente significa “aquel que es invocado” y por tanto, dice Juan Pablo II, “el defensor, el abogado, además de el mediador que realiza la función de intercesor” (Catequesis del 26-IV-89). Pero también es usado el significado “consolador” por muchos Padres de la Iglesia en relación a su acción dentro de ella. Para Juan Pablo II el texto de Juan es especialmente revelador, pues la muerte de Jesús, al ser una muerte redentora, es la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su culmen con la venida del Espíritu Santo, de manera que todo lo que de esta venida se derive será fruto de la redención de Cristo.
Recordemos que “nadie puede decir que Jesús es el Señor si no está hablando por el poder del Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3), por lo que necesitamos pedir, junto a san Agustín, que el Espíritu Santo nos inspire para pensar y obrar santamente, para amar y defender las cosas santas y para nunca perderlas. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
El Concilio de Nicea se había centrado en defender la divinidad de Jesucristo, puesto que la herejía arriana había cobrado cierta fuerza por aquella época. El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336), un sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como punto de apoyo para Su plan. El Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio. Al sostener esta teoría, negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad. Según Arrio, a Jesús se le puede llamar Dios solo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios. Fue en este Concilio que se compuso la primera versión del Credo, en el que se introdujo por primera vez el término griego homoousion que significa consustancial o de la misma naturaleza, para referirse a N.S. Jesucristo.
Posteriormente, el Concilio de Constantinopla fue convocado por el emperador Teodosio con el fin de dar término a diversas disputas teológicas de la época, de entre las cuales, la que capta nuestro interés es la herejía conocida como macedonianismo por su autor, Macedonio quien, además de negar la divinidad de Cristo negaba también la divinidad del Espíritu Santo. El Concilio se inauguró en mayo del año citado bajo la presidencia de Melecio, obispo de Antioquía, con la asistencia de unos 150 obispos, y uno de sus frutos fue la versión perfeccionada del Credo que llega hasta nuestros días, al que se le agregó toda la parte referente al Espíritu Santo. El misterio trinitario quedaba ya completamente formulado y aceptado por la Iglesia: el Espíritu Santo es Dios; verdadero Dios como lo son el Padre y el Hijo.
El Espíritu Santo aparece en los textos bíblicos en diversas ocasiones. Una de ellas es cuando Jesús que enseñaba en el templo, afirmó: “Pues David mismo, inspirado por el Espíritu Santo,dijo: ‘El Señor dijo a mi Señor...”(Mc 12, 36) y en la Anunciación, el ángel del Señor aseveró que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo descansará sobre ti como una nube” (Lc 1, 35). Sin embargo, la cuestión central de la presencia del Espíritu Santo viene de la promesa de N.S. Jesucristo en el discurso de despedida, donde claramente les dice a los apóstoles: “Pero les digo la verdad: es mejor para ustedes que yo me vaya. Porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy yo se lo enviaré” (Jn 16.7). Y aquí cabe aclarar el nombre Paráclito.
Paráclito viene del griego parakletos, que literalmente significa “aquel que es invocado” y por tanto, dice Juan Pablo II, “el defensor, el abogado, además de el mediador que realiza la función de intercesor” (Catequesis del 26-IV-89). Pero también es usado el significado “consolador” por muchos Padres de la Iglesia en relación a su acción dentro de ella. Para Juan Pablo II el texto de Juan es especialmente revelador, pues la muerte de Jesús, al ser una muerte redentora, es la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su culmen con la venida del Espíritu Santo, de manera que todo lo que de esta venida se derive será fruto de la redención de Cristo.
Recordemos que “nadie puede decir que Jesús es el Señor si no está hablando por el poder del Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3), por lo que necesitamos pedir, junto a san Agustín, que el Espíritu Santo nos inspire para pensar y obrar santamente, para amar y defender las cosas santas y para nunca perderlas. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx