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La Palabra del domingo: “Tú eres mi hijo amado”
Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi hijo amado, yo tengo en tí mis complacencias”
Domingo 11 de enero
Bautismo del Señor, ciclo B
En la liturgia eucarística de este domingo, el Evangelio nos dice que “Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi hijo amado, yo tengo en tí mis complacencias”.
Esta es una de las grandes manifestaciones en que se nos revela la Santísima Trinidad, presentando a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, como el encargado de llevar a cabo la obra trinitaria de la salvación de la humanidad. Jesús en el Jordán es el punto donde convergen las predilecciones del Padre y la unción del Espíritu Santo para el cumplimiento perfecto de su misión salvadora.
Nosotros también hemos sido bautizados. Por el Bautismo, instituído por Cristo, somos también hijos muy amados de Dios y nos incorporamos a Cristo y la Iglesia en su misión profética; somos también mensajeros de la paz y la justicia. Jesús nos confirma esa misión cuando dijo: “Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar cuanto les he enseñado”.
El Bautismo no es algo folklórico, una mera tradición de nuestros mayores, y mucho menos un mero pretexto para una reunión social. El Bautismo es el signo y factor de un nuevo cambio, de un nuevo hombre. El Bautismo también nos dio la fe, esa fe que tenemos que madurar con aceptación y convicción de adultos; aceptando no sólo creer, sino poner todas nuestras facultades al servicio de toda causa noble, según el modelo que nos fue dado en Cristo.
Por el hecho de estar bautizados, también somos profetas, no en el sentido de que vamos a vaticinar el futuro, sino en el de manifestar la presencia de Dios y su doctrina, no sólo con la palabra, sino sobre todo con nuestra vida de fe y caridad, comenzando con nuestra famillia y hasta donde nos sea posible.
Tenemos que ser como Cristo, signos de contradicción, de aceptación y rechazo, objetos de amor y de odio, hombres que sacudan al prójimo con un pensamiento y una acción.
Así fuimos bautizados: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Hemos entrado, por un regalo maravilloso de Dios, en la vida misma de la Trinidad, en su mismmo dinamismo salvador y profético. Tratemos de vivir hondamente nuestro bautismo; agradezcamos su don, dejémonos penetrar por ese don, realicemos sus impulsos y cumplamos sus compromisos.
Amiga, amigo: Seamos dóciles a nuestra vocación profética, humana y divina, y celebremos la Eucaristía, fuente de gracia, de amor y de fortaleza.
Bautismo del Señor, ciclo B
En la liturgia eucarística de este domingo, el Evangelio nos dice que “Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi hijo amado, yo tengo en tí mis complacencias”.
Esta es una de las grandes manifestaciones en que se nos revela la Santísima Trinidad, presentando a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, como el encargado de llevar a cabo la obra trinitaria de la salvación de la humanidad. Jesús en el Jordán es el punto donde convergen las predilecciones del Padre y la unción del Espíritu Santo para el cumplimiento perfecto de su misión salvadora.
Nosotros también hemos sido bautizados. Por el Bautismo, instituído por Cristo, somos también hijos muy amados de Dios y nos incorporamos a Cristo y la Iglesia en su misión profética; somos también mensajeros de la paz y la justicia. Jesús nos confirma esa misión cuando dijo: “Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar cuanto les he enseñado”.
El Bautismo no es algo folklórico, una mera tradición de nuestros mayores, y mucho menos un mero pretexto para una reunión social. El Bautismo es el signo y factor de un nuevo cambio, de un nuevo hombre. El Bautismo también nos dio la fe, esa fe que tenemos que madurar con aceptación y convicción de adultos; aceptando no sólo creer, sino poner todas nuestras facultades al servicio de toda causa noble, según el modelo que nos fue dado en Cristo.
Por el hecho de estar bautizados, también somos profetas, no en el sentido de que vamos a vaticinar el futuro, sino en el de manifestar la presencia de Dios y su doctrina, no sólo con la palabra, sino sobre todo con nuestra vida de fe y caridad, comenzando con nuestra famillia y hasta donde nos sea posible.
Tenemos que ser como Cristo, signos de contradicción, de aceptación y rechazo, objetos de amor y de odio, hombres que sacudan al prójimo con un pensamiento y una acción.
Así fuimos bautizados: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Hemos entrado, por un regalo maravilloso de Dios, en la vida misma de la Trinidad, en su mismmo dinamismo salvador y profético. Tratemos de vivir hondamente nuestro bautismo; agradezcamos su don, dejémonos penetrar por ese don, realicemos sus impulsos y cumplamos sus compromisos.
Amiga, amigo: Seamos dóciles a nuestra vocación profética, humana y divina, y celebremos la Eucaristía, fuente de gracia, de amor y de fortaleza.