Suplementos
La Palabra del Domingo: La mujer le tocó el manto
A partir de la muerte y la resurrección de Cristo, todo ha quedado renovado. Con su sangre preciosa Cristo selló una alianza nueva y eterna para la remisión de nuestras culpas
Caminaba Jesús, abriéndose paso entre la multitud, cuando se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicó. “Mi hija está agonizando, ven a imponerle las mannos para que se cure y viva”.
Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía. Entonces, una mujer que padecía grave flujo de sangre desde hacía doce años, quería ser curada por Jesús, pero sin decirle palabra ni pedirle nada; simplemente estaba segura de que con sólo tocarle el manto, se curaría. La mujer se acercó a Jesús por detrás, entre la gente, le tocó el manto y quedó instantáneamente sanada. Ella se postró luego a sus pies y Jesús la tranquilizó diciéndole: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz”. Ese milagro no fue obra de fuerzas magnéticas, sino de la fuerza que viene de Dios.
En seguida unos sirvientes de Jairo salen a su encuentro para decirle que su hija había muerto ¡Malas noticias! Pero Jesús dijo al jefe de la sinagoga: “No temas. Basta que tengas fe”. Jesús llegó a la casa de Jairo, resucitó a la niña, la levanto y la hizo caminar.
El Cristo que curó a la mujer que padecía el grave flujo de sangre y que resucitó a la hija de Jairo, es el mismo Cristo que triunfó sobre la muerte experimentándola en su propia carne. Cristo murió por nosotros en la cruz, agobiado por el dolor, las tinieblas, la humillación. Y triunfó sobre la muerte, resucitando al tercer día para nunca más morir.
A partir de la muerte y la resurrección de Cristo, todo ha quedado renovado. Con su sangre preciosa Cristo selló una alianza nueva y eterna para la remisión de nuestras culpas. Fuimos reconciliados con Dios. Nos restauró la dignidad sobrenatural de hijo de Dios. Resucitaremos con Cristo, por Cristo y en Cristo, para gozar la vida eterna con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.
La actitud del cristiano es ahora de serenidad ante el sufrimiento y la muerte. Cristo ha hecho nacer a una esperanza viva, a una herencia incorruptible que rompe los miedos y nos conduce a vivir amando a Dios y al prójimo, colaborando en los planes salvíficos de Dios. Nuestra muerte, como la de Cristo, se convierte en triunfo. Por eso la Iglesia canta: “La vida no se acaba con la muerte, solamente se transforma”.
Entre tanto, debemos evitar el pecado, vivir siempre en gracia de Dios, amando y defendiendo la vida contra todas las agresiones a la vida, como el aborto, la eutanasia, la violencia, la explotación, el hambre, la guerra. Debemos ayudar al necesitado, compartiendo los bienes materiales y espirituales que Dios ha puesto en nuestras manos. Amar y servir es sembrar la semilla del Evangelio que dará frutos de vida eterna.
Sigamos adelante con mucha alegría. La vida es breve, la tarea es corta, la recompensa es eterna con Dios.
Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía. Entonces, una mujer que padecía grave flujo de sangre desde hacía doce años, quería ser curada por Jesús, pero sin decirle palabra ni pedirle nada; simplemente estaba segura de que con sólo tocarle el manto, se curaría. La mujer se acercó a Jesús por detrás, entre la gente, le tocó el manto y quedó instantáneamente sanada. Ella se postró luego a sus pies y Jesús la tranquilizó diciéndole: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz”. Ese milagro no fue obra de fuerzas magnéticas, sino de la fuerza que viene de Dios.
En seguida unos sirvientes de Jairo salen a su encuentro para decirle que su hija había muerto ¡Malas noticias! Pero Jesús dijo al jefe de la sinagoga: “No temas. Basta que tengas fe”. Jesús llegó a la casa de Jairo, resucitó a la niña, la levanto y la hizo caminar.
El Cristo que curó a la mujer que padecía el grave flujo de sangre y que resucitó a la hija de Jairo, es el mismo Cristo que triunfó sobre la muerte experimentándola en su propia carne. Cristo murió por nosotros en la cruz, agobiado por el dolor, las tinieblas, la humillación. Y triunfó sobre la muerte, resucitando al tercer día para nunca más morir.
A partir de la muerte y la resurrección de Cristo, todo ha quedado renovado. Con su sangre preciosa Cristo selló una alianza nueva y eterna para la remisión de nuestras culpas. Fuimos reconciliados con Dios. Nos restauró la dignidad sobrenatural de hijo de Dios. Resucitaremos con Cristo, por Cristo y en Cristo, para gozar la vida eterna con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.
La actitud del cristiano es ahora de serenidad ante el sufrimiento y la muerte. Cristo ha hecho nacer a una esperanza viva, a una herencia incorruptible que rompe los miedos y nos conduce a vivir amando a Dios y al prójimo, colaborando en los planes salvíficos de Dios. Nuestra muerte, como la de Cristo, se convierte en triunfo. Por eso la Iglesia canta: “La vida no se acaba con la muerte, solamente se transforma”.
Entre tanto, debemos evitar el pecado, vivir siempre en gracia de Dios, amando y defendiendo la vida contra todas las agresiones a la vida, como el aborto, la eutanasia, la violencia, la explotación, el hambre, la guerra. Debemos ayudar al necesitado, compartiendo los bienes materiales y espirituales que Dios ha puesto en nuestras manos. Amar y servir es sembrar la semilla del Evangelio que dará frutos de vida eterna.
Sigamos adelante con mucha alegría. La vida es breve, la tarea es corta, la recompensa es eterna con Dios.