Suplementos
La Palabra del Domingo
En aquella ocasión, mucha gente había había seguido a Jesús. Eran más de cinco mil los que acudieron, deseosos deescuchar las enseñanzas del Señor
Domingo 26 de Julio 2009
Miseria y muerte de hambre
El Evangelio nos relata hoy el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados. En aquella ocasión, mucha gente había había seguido a Jesús. Eran más de cinco mil los que acudieron, deseosos deescuchar las enseñanzas del Señor; pero estaban hambrientos y no había dinero para comprarles alimentos. Estaba allí un muchacho que llevaba cinco panes y dos pescados. Jesús tomó los panes y después de dar gracias a Dios, fue repartiendo panes y pescados a la multitud y todos quedaron satisfechos.
El milagro de la multiplicación de los panes y los pescados es una clara lección que Jesús nos hadado: estar siempre pendientes de ayudar al necesitado en las muchas carencias que se están viviendo hoy, mañana y siempre.
En nuestros días se hace más urgente resolver el problema de la miseria y el hambre que aquejan a mucha gente, especialmente en lugares del tercer mundo. Situación injusta, inhumana, que se ha agudizado por la actual crisis económica internacional, los desastres ecológicos, los conflictos bélicos, odios raciales y políticos etc. Hay miles de personas que no tienen nada para vivir y están en peligro de morir de inanición.
Es necesario que todas las naciones se comprometan a resolver el problema de la miseria y el hambre, con justicia y sin violencia, por encima de toda política o de todo partido. El desarrollo de los pueblos no se reduce al simple crecimiento económico. Para que ese desarrollo sea auténtico, debe ser integral, es decir, promover a toda la gente.
Esta responsabilidad universal es también tarea personal. Cada uno de nosotros debemos compartir lo poco o lo mucho que tengamos, con quienes sufren hambre o desamparo: los pobres, los ancianos, los enfermos, los abandonados. Compartir con ellos no sólo bienes económicos, sino también nuestro tiempo, nuestras ideas, nuestra compañía, nuestro trabajo, nuestro amor.
En el milagro de la multiplicación de los panes y los peces vemos también signos, que son como un anuncio de la institución de la Eucaristía que Cristo realizó en la última Cena con sus apóstoles. Cristo da gracias a Dios, convierte la sustancia del pan y del vino en la sustancia de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y se nos entrega totalmente en la comunión ¿Qué mayor ejemplo podemos tener para compartir lo que somos y tenemos?
Amiga, amigo: Hagamos vida el mandamiento máximo de amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que Cristo en la Eucaristía sea para nosotros factor de unidad, de amor y servicio, de manera que sepamos compartir con todos nuestros hermanos el pan de la fe, el pan de la Eucaristía y el pan material que tantas veces falta en grandes sectores pobres de nuestro mundo.
Miseria y muerte de hambre
El Evangelio nos relata hoy el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados. En aquella ocasión, mucha gente había había seguido a Jesús. Eran más de cinco mil los que acudieron, deseosos deescuchar las enseñanzas del Señor; pero estaban hambrientos y no había dinero para comprarles alimentos. Estaba allí un muchacho que llevaba cinco panes y dos pescados. Jesús tomó los panes y después de dar gracias a Dios, fue repartiendo panes y pescados a la multitud y todos quedaron satisfechos.
El milagro de la multiplicación de los panes y los pescados es una clara lección que Jesús nos hadado: estar siempre pendientes de ayudar al necesitado en las muchas carencias que se están viviendo hoy, mañana y siempre.
En nuestros días se hace más urgente resolver el problema de la miseria y el hambre que aquejan a mucha gente, especialmente en lugares del tercer mundo. Situación injusta, inhumana, que se ha agudizado por la actual crisis económica internacional, los desastres ecológicos, los conflictos bélicos, odios raciales y políticos etc. Hay miles de personas que no tienen nada para vivir y están en peligro de morir de inanición.
Es necesario que todas las naciones se comprometan a resolver el problema de la miseria y el hambre, con justicia y sin violencia, por encima de toda política o de todo partido. El desarrollo de los pueblos no se reduce al simple crecimiento económico. Para que ese desarrollo sea auténtico, debe ser integral, es decir, promover a toda la gente.
Esta responsabilidad universal es también tarea personal. Cada uno de nosotros debemos compartir lo poco o lo mucho que tengamos, con quienes sufren hambre o desamparo: los pobres, los ancianos, los enfermos, los abandonados. Compartir con ellos no sólo bienes económicos, sino también nuestro tiempo, nuestras ideas, nuestra compañía, nuestro trabajo, nuestro amor.
En el milagro de la multiplicación de los panes y los peces vemos también signos, que son como un anuncio de la institución de la Eucaristía que Cristo realizó en la última Cena con sus apóstoles. Cristo da gracias a Dios, convierte la sustancia del pan y del vino en la sustancia de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y se nos entrega totalmente en la comunión ¿Qué mayor ejemplo podemos tener para compartir lo que somos y tenemos?
Amiga, amigo: Hagamos vida el mandamiento máximo de amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que Cristo en la Eucaristía sea para nosotros factor de unidad, de amor y servicio, de manera que sepamos compartir con todos nuestros hermanos el pan de la fe, el pan de la Eucaristía y el pan material que tantas veces falta en grandes sectores pobres de nuestro mundo.