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La Konya de Turquía
Los Derviches encantan con sus danzas de espiritualidad
GUADALAJARA, JALISCO (02/DIC/2012).- Konya, es actualmente una moderna ciudad de Anatolia en el centro de Turquía; la segunda ciudad después de Ankara con un par de millones de habitantes que se agolpan entre los modernos edificios –extraños en estas tierras tan llenas de historia– y los añosos barrios en donde se siguen “a pié juntillas” las reglas y tradiciones del más escrupuloso Islam; de hecho Konya siempre ha sido llamada “la ciudadela del Islam”. Las ceremonias y los bailes de los Derviches, son uno de los más extraños rituales que se celebran en esta milenaria ciudad.
Siglos de historia nos envuelven al pasear por la ciudad. No sería posible entenderla cabalmente sin echarnos un clavado a sus tiempos pasados.
Por allá por el año mil y tantos, la antiquísima Iconia fue ocupada por los cruzados, quienes, guiados por el legendario Godofredo de Bouillón cabalgaban por tierras paganas, supuestamente en defensa de la religión y en busca del escurridizo y mítico Santo Grial. Claro es que muchos intereses (como siempre) se mezclaban con el heroico propósito original. Una interesante proporción de negocios territoriales (bienes raíces) eran patentes en sus planes: Iconia estaba entre ellos: y se la adjudicaron.
Un par de siglos más tarde, la imponente “Horda Dorada” de los Khanes mongoles fue la que, después de haber derrocado, ahora a los sultanes, el terrible Mönke Khan, nieto de Gengis Khan, quien se esforzaba –con rigor– por expandir sus dominios en cuanta tierra fuera posible, siguiendo su ejemplo, Mönke tomó sangrientamente la ciudad.
Poco tiempo después, un filósofo llamado Muhamad Rumi, nombrado Mevlana, apareció por estas tierras predicando la doctrina que dice que en este mundo existen, tanto las cosas tangibles (exotéricas), como las cosas que solo vemos con la mente y el espíritu (esotéricas). Así, fundó la secta sufí de los Derviches, quienes dicen llegar al éxtasis, al nirvana, y a la comunicación directa con la divinidad, girando en si mismos en una especie de baile ritual (sema).
En el bello y monumental mausoleo de Mevlana, diseñado por Mimar Sinán en la época de Súleiman I el Magnífico (siglo XVI) considerado como el más grande de la arquitectura musulmana, es una verdadera joya en donde los Derviches llevan a cabo sus interesantes ceremonias en donde, girando y girando –como el mismo universo– al compás de la música de antiguos instrumentos, adquieren un cierto estado hipnótico de éxtasis religioso para así librarse del cautiverio terrenal, abandonándose al amor de dios y logrando una unión con él.
De hecho, primero se despojan de una larga y envolvente capa negra que simboliza su desapego a lo terrestre. El gran gorro de cono truncado, forjado de lana amasada con las manos y sin costura alguna, significa su tumba. Sus vestiduras blancas son su mortaja; y la gran falda blanca y larga es el universo en donde todo es uno. La cabeza que inclinan hacia la derecha representa la humildad; su mano derecha extendida hacia el cielo es para recibir las dádivas de la divinidad, misma que compensan de inmediato con la mano izquierda con la palma hacia abajo que reparte esos obsequios quedándose sin nada para ellos, simbolizando así la negación sufí de las posesiones terrenales.
Es impresionante tener la oportunidad de presenciar esa danza monótona y continua, en ese lugar oloroso y sombrío al lado de la tumba de Mevlana. El acompañamiento de la música que inspira continuidad y, una especie de sentimiento hipnótico induce a una curiosa mezcla entre la intensa actividad de la danza giratoria y la pasividad de un movimiento monótono y continuo como el universo mismo.
Impresionante y único, punto. Tienen que ir a verlo.
No fue posible tomar una foto de los Derviches girando, porque en esa ocasión se celebraba una cierta festividad a la que por una especial concesión nos permitieron participar en ella, llevando una veladora en las manos y haciendo un profundo y sonoro canto hasta llegar al Om…
Por eso preferí mostrar tan sólo la magnífica cúpula del santuario para mostrar lo espléndido de la arquitectura de Mimar Sinán.
Esto nos pareció lo más valioso de Konya, junto con su intrincado centro histórico, que vale la pena dedicarle un buen rato, y empaparse un poco en la cultura del Islam para tratar de comprenderla.
Siglos de historia nos envuelven al pasear por la ciudad. No sería posible entenderla cabalmente sin echarnos un clavado a sus tiempos pasados.
Por allá por el año mil y tantos, la antiquísima Iconia fue ocupada por los cruzados, quienes, guiados por el legendario Godofredo de Bouillón cabalgaban por tierras paganas, supuestamente en defensa de la religión y en busca del escurridizo y mítico Santo Grial. Claro es que muchos intereses (como siempre) se mezclaban con el heroico propósito original. Una interesante proporción de negocios territoriales (bienes raíces) eran patentes en sus planes: Iconia estaba entre ellos: y se la adjudicaron.
Un par de siglos más tarde, la imponente “Horda Dorada” de los Khanes mongoles fue la que, después de haber derrocado, ahora a los sultanes, el terrible Mönke Khan, nieto de Gengis Khan, quien se esforzaba –con rigor– por expandir sus dominios en cuanta tierra fuera posible, siguiendo su ejemplo, Mönke tomó sangrientamente la ciudad.
Poco tiempo después, un filósofo llamado Muhamad Rumi, nombrado Mevlana, apareció por estas tierras predicando la doctrina que dice que en este mundo existen, tanto las cosas tangibles (exotéricas), como las cosas que solo vemos con la mente y el espíritu (esotéricas). Así, fundó la secta sufí de los Derviches, quienes dicen llegar al éxtasis, al nirvana, y a la comunicación directa con la divinidad, girando en si mismos en una especie de baile ritual (sema).
En el bello y monumental mausoleo de Mevlana, diseñado por Mimar Sinán en la época de Súleiman I el Magnífico (siglo XVI) considerado como el más grande de la arquitectura musulmana, es una verdadera joya en donde los Derviches llevan a cabo sus interesantes ceremonias en donde, girando y girando –como el mismo universo– al compás de la música de antiguos instrumentos, adquieren un cierto estado hipnótico de éxtasis religioso para así librarse del cautiverio terrenal, abandonándose al amor de dios y logrando una unión con él.
De hecho, primero se despojan de una larga y envolvente capa negra que simboliza su desapego a lo terrestre. El gran gorro de cono truncado, forjado de lana amasada con las manos y sin costura alguna, significa su tumba. Sus vestiduras blancas son su mortaja; y la gran falda blanca y larga es el universo en donde todo es uno. La cabeza que inclinan hacia la derecha representa la humildad; su mano derecha extendida hacia el cielo es para recibir las dádivas de la divinidad, misma que compensan de inmediato con la mano izquierda con la palma hacia abajo que reparte esos obsequios quedándose sin nada para ellos, simbolizando así la negación sufí de las posesiones terrenales.
Es impresionante tener la oportunidad de presenciar esa danza monótona y continua, en ese lugar oloroso y sombrío al lado de la tumba de Mevlana. El acompañamiento de la música que inspira continuidad y, una especie de sentimiento hipnótico induce a una curiosa mezcla entre la intensa actividad de la danza giratoria y la pasividad de un movimiento monótono y continuo como el universo mismo.
Impresionante y único, punto. Tienen que ir a verlo.
No fue posible tomar una foto de los Derviches girando, porque en esa ocasión se celebraba una cierta festividad a la que por una especial concesión nos permitieron participar en ella, llevando una veladora en las manos y haciendo un profundo y sonoro canto hasta llegar al Om…
Por eso preferí mostrar tan sólo la magnífica cúpula del santuario para mostrar lo espléndido de la arquitectura de Mimar Sinán.
Esto nos pareció lo más valioso de Konya, junto con su intrincado centro histórico, que vale la pena dedicarle un buen rato, y empaparse un poco en la cultura del Islam para tratar de comprenderla.