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La Hacienda del Muerto
Un lugar donde la línea que separa la leyenda de la realidad es un mero suspiro
GUADALAJARA, JALISCO (11/OCT/2015).- Bien sabemos que en nuestras tierras norteñas, el desierto impera, el agua escasea, el Sol reverbera, y… cosas misteriosas empiezan a aparecer.
En esta ocasión, hacíamos una excursión por el Norte de Monterrey cuando, al pasar por la población de Mina, con sus viejas casonas pintadas de amarillo, recordamos que en su pequeño y bien puesto museo, existen sorprendentes fósiles de animales prehistóricos ahí encontrados; además de valiosos documentos que narran tanto las luchas contra los apaches, así como algunas acciones de tiempos de la Revolución. Decidimos hacer una pausa —que mucho valió la pena— para disfrutar de todo esto, enterándonos de los hechos de la historia en el mismo sitio donde sucedieron.
A renglón seguido continuamos el viaje; pero como las carreteras pavimentadas no son de nuestro agrado, decidimos curiosear por cuanta brecha polvorienta nos cerrara el ojo. En una de ellas, nos adentramos por una planicie pedregosa, árida y solitaria que nos llevó hasta lo que queda de una viejísima hacienda en medio de la nada que -según nos dijo un solitario pastor de chivas que se recargaba en la añosa barda- le llaman “la Hacienda del Muerto”; nombre que creímos más que adecuado al ver la desolación del lugar.
Los muros de adobe corroídos tenían un gran agujero por donde distinguimos a lo lejos las ruinas de una iglesia abandonada y solitaria. Su derruido altar era custodiado por un par de santos —uno de ellos sin cabeza, y el otro exhibiendo sus atractivos entre las aberturas de su túnica— que parecían legitimar el nombre del lugar hacía tiempo abandonado.
Unos minutos de plática con nuestro amigo de las chivas, sirvieron para que desembuchara el montón de historias y leyendas urdidas sobre la dichosa hacienda.
A media noche -nos explicaba- desde la cruz de allá arriba, se ve salir un par de espantos, como si fueran lechuzas blancas, haciendo un ruido muy extraño con las alas. A esa misma hora —nos decía como si alguien más lo estuviera oyendo— se oye el paso de un caballo, que al alumbrarlo desaparece sin más ni más, dejando en el ambiente un fuerte ruido silencioso. Dicen también —aseguraba con malicia y entrecerrando los ojos— que en ocasiones, en noches de luna, los mismos santos que les platiqué -ahora haciendo los ojos desorbitados- salen a pasear por el atrio; pero cuando se les quiere mirar de cerca, nomás desaparecen. También se cuenta —nos platicaba con aire socarrón— que hasta un corrido le hicieron al pelao que venía a caballo que cuando vio a la bella mujer vestida de blanco caminando por la hacienda, se lanzó a perseguirla; pero ella, metiéndose entre la breña, ni al galope logró alcanzarla desapareciendo de su vista. Ya desilusionado, cuando regresó a su rancho, el cuaco pegando un fuerte relincho, tumbó al jinete y se lanzó en carrera desbocada al sentir que en sus mismas ancas… ¡traía montada a la bella dama!
Después de la amena y asustosa plática, con una buena recompensa, agradecimos al viejano habernos puesto al día con los espantos de la hacienda. Más tarde investigamos que efectivamente la Hacienda del Muerto, que está no muy lejos del pueblo de Icamole, siempre ha estado metida en guerras y batallas. De hecho ahí fue donde Porfirio Díaz fue derrotado por el General Fuero; y como Díaz rompió en llanto al sentirse derrotado, de inmediato la raza le puso a don Porfirio el apodo de “El Llorón de Icamole”.
Más tarde, siguiendo por otra maltrecha brecha… en medio de la nada, se apareció un sui géneris escenario: era un pequeño cuartito de tabiques solitario y pintado de negro, con una puerta de metal muy cerrada; y a unos metros de distancia ¡un sofá de terciopelo rojo! con un horno eléctrico por un lado a la sombra de una vieja antena parabólica de plástico invertida, con un trofeo de béisbol dorado arriba. ¿Quién puso todo esto ahí? ¿O para qué? ¿Dalí, Buñuel, Magritte? Surrealismo en el desierto y punto.
Horas después, entre polvaredas y terregales, dos pequeños cuartos de recia construcción de piedra, con un desteñido letrero que decía “baños termales sulfurosos” aparecieron en el horizonte. Sentado en una piedra dormitaba un hombre sin edad reconocible; se podía asegurar que el sol había secado sus pellejos sobre el esqueleto.
Cuando aquella cecina viviente salió de su modorra, nos informó que a unos cuantos metros estaba un manantial medicinal, calientísimo y con mucho azufre.
—¿Hay que pagar?— preguntamos.
—Quince pesos— secamente contestó volteando la cara para el otro lado.
Sin más ni más, aventamos ropa y botas para zampurrarnos por escasos minutos en aquel extraño caldero hirviente. Inútil es decir que el olor a diablo con el que llegamos a casa, hizo que nos exorcizaran en el zaguán de enfrente antes de poder entrar.
Agradecimos a aquellas tierras desérticas, ardientes y pedregosas, por habernos hecho gozoso el día; envidia de cualquier explorador.
vya@informador.com.mx
En esta ocasión, hacíamos una excursión por el Norte de Monterrey cuando, al pasar por la población de Mina, con sus viejas casonas pintadas de amarillo, recordamos que en su pequeño y bien puesto museo, existen sorprendentes fósiles de animales prehistóricos ahí encontrados; además de valiosos documentos que narran tanto las luchas contra los apaches, así como algunas acciones de tiempos de la Revolución. Decidimos hacer una pausa —que mucho valió la pena— para disfrutar de todo esto, enterándonos de los hechos de la historia en el mismo sitio donde sucedieron.
A renglón seguido continuamos el viaje; pero como las carreteras pavimentadas no son de nuestro agrado, decidimos curiosear por cuanta brecha polvorienta nos cerrara el ojo. En una de ellas, nos adentramos por una planicie pedregosa, árida y solitaria que nos llevó hasta lo que queda de una viejísima hacienda en medio de la nada que -según nos dijo un solitario pastor de chivas que se recargaba en la añosa barda- le llaman “la Hacienda del Muerto”; nombre que creímos más que adecuado al ver la desolación del lugar.
Los muros de adobe corroídos tenían un gran agujero por donde distinguimos a lo lejos las ruinas de una iglesia abandonada y solitaria. Su derruido altar era custodiado por un par de santos —uno de ellos sin cabeza, y el otro exhibiendo sus atractivos entre las aberturas de su túnica— que parecían legitimar el nombre del lugar hacía tiempo abandonado.
Unos minutos de plática con nuestro amigo de las chivas, sirvieron para que desembuchara el montón de historias y leyendas urdidas sobre la dichosa hacienda.
A media noche -nos explicaba- desde la cruz de allá arriba, se ve salir un par de espantos, como si fueran lechuzas blancas, haciendo un ruido muy extraño con las alas. A esa misma hora —nos decía como si alguien más lo estuviera oyendo— se oye el paso de un caballo, que al alumbrarlo desaparece sin más ni más, dejando en el ambiente un fuerte ruido silencioso. Dicen también —aseguraba con malicia y entrecerrando los ojos— que en ocasiones, en noches de luna, los mismos santos que les platiqué -ahora haciendo los ojos desorbitados- salen a pasear por el atrio; pero cuando se les quiere mirar de cerca, nomás desaparecen. También se cuenta —nos platicaba con aire socarrón— que hasta un corrido le hicieron al pelao que venía a caballo que cuando vio a la bella mujer vestida de blanco caminando por la hacienda, se lanzó a perseguirla; pero ella, metiéndose entre la breña, ni al galope logró alcanzarla desapareciendo de su vista. Ya desilusionado, cuando regresó a su rancho, el cuaco pegando un fuerte relincho, tumbó al jinete y se lanzó en carrera desbocada al sentir que en sus mismas ancas… ¡traía montada a la bella dama!
Después de la amena y asustosa plática, con una buena recompensa, agradecimos al viejano habernos puesto al día con los espantos de la hacienda. Más tarde investigamos que efectivamente la Hacienda del Muerto, que está no muy lejos del pueblo de Icamole, siempre ha estado metida en guerras y batallas. De hecho ahí fue donde Porfirio Díaz fue derrotado por el General Fuero; y como Díaz rompió en llanto al sentirse derrotado, de inmediato la raza le puso a don Porfirio el apodo de “El Llorón de Icamole”.
Más tarde, siguiendo por otra maltrecha brecha… en medio de la nada, se apareció un sui géneris escenario: era un pequeño cuartito de tabiques solitario y pintado de negro, con una puerta de metal muy cerrada; y a unos metros de distancia ¡un sofá de terciopelo rojo! con un horno eléctrico por un lado a la sombra de una vieja antena parabólica de plástico invertida, con un trofeo de béisbol dorado arriba. ¿Quién puso todo esto ahí? ¿O para qué? ¿Dalí, Buñuel, Magritte? Surrealismo en el desierto y punto.
Horas después, entre polvaredas y terregales, dos pequeños cuartos de recia construcción de piedra, con un desteñido letrero que decía “baños termales sulfurosos” aparecieron en el horizonte. Sentado en una piedra dormitaba un hombre sin edad reconocible; se podía asegurar que el sol había secado sus pellejos sobre el esqueleto.
Cuando aquella cecina viviente salió de su modorra, nos informó que a unos cuantos metros estaba un manantial medicinal, calientísimo y con mucho azufre.
—¿Hay que pagar?— preguntamos.
—Quince pesos— secamente contestó volteando la cara para el otro lado.
Sin más ni más, aventamos ropa y botas para zampurrarnos por escasos minutos en aquel extraño caldero hirviente. Inútil es decir que el olor a diablo con el que llegamos a casa, hizo que nos exorcizaran en el zaguán de enfrente antes de poder entrar.
Agradecimos a aquellas tierras desérticas, ardientes y pedregosas, por habernos hecho gozoso el día; envidia de cualquier explorador.
vya@informador.com.mx