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La Guadalajara que fue
El cronista Armando Arévalo invita a dar un paseo por la ciudad que fue en los siglos XVIII y mediados del XIX, la que ha quedado en algunas páginas de la historia
GUADALAJARA, JALISCO (02/AGO/2015).- Como muchos otros centros urbanos que se fundaron durante el siglo XVI en nuestro país, Guadalajara ha sido un sitio importante en el ámbito político y económico, un prestigio que hoy día continúa a pesar de las notables pérdidas patrimoniales que ha padecido, en especial, a lo largo de la pasada centuria, “un afán —dice el cronista Armando Arévalo— que se ha dado en nuestra política local, que no ha dejado de destruir edificios antiguos para sustituirlos por otros que, siendo recientes, buscan dar una apariencia de antigüedad. Curioso ¿no?”.
En este sentido, si uno busca imaginar la ciudad en el siglo XVIII, refiere Arévalo, hay que pensar en “un cuadro de 15 cuadras a la redonda, cuyo centro era el conjunto conventual de San Francisco; de hecho, donde se encuentra el Mercado Corona había entonces un panteón. Pero la ciudad se extendió rápidamente, si en 1570 estaba habitada por 50 personas, para 1745 ya eran más de 18 mil, pues estaba en pleno auge comercial, formaba parte de la Ruta de la Plata y, claro, era un centro religioso esencial, dentro de la Ruta Franciscana, lo mismo que político”.
Por lo que respecta a sus habitantes, el cronista recuerda las palabras de un historiador y periodista local —Fernando Santoscoy— que describe a “los hombres como dados a la riña, aunque generosos, sensibles a la crítica pero también trabajadores; eso dice cómo era el tapatío, un hombre de contrastes. Por otra parte, para las mujeres tiene sólo palabras bellas, las califica de hacendosas, trabajadoras, domésticas, dulces y religiosas, pero —ante todo— no perdonaban una traición”.
Auge y problemas
La importancia comercial de Guadalajara en aquellos tiempos, comenta Arévalo, “se incrementó gracias a que lo que llegaba al país en la Nao de China, que desembarcaba en San Blas y enviaba cargamentos a Compostela y Guadalajara que, al final, se tornó fundamental cuando se asentó aquí la sede del episcopado”.
Así, durante el siglo XVIII y XIX, destaca el cronista, “existían numerosos establecimientos comerciales en la ciudad, de productos que hoy no se elaboran ya; había comercios que vendían petates, sombreros, sastrerías, utensilios de barro, aunque también productos muy finos, que demandaba la comunidad extranjera (sobre todo, francesa)”.
Con todo, la urbe no estaba exenta de problemas, explica el investigador, “porque hablamos de una época en la que Guadalajara estuvo marcada por epidemias de viruela o sarampión; de acuerdo con Santoscoy, durante la más sonada epidemia de sarampión, morían 80 personas al día. Tampoco había camas en los tres hospitales existentes —el de los Bethlemitas (con 200 camas), el Real (con 150) y el del Hospicio (no el Cabañas, con 100)—, que no llegaban a 500 y por ello tenían a los enfermos en el suelo. De ahí surgió la iniciativa, encabezada por Fray Antonio Alcalde, de construir un hospital (San Miguel de Belén) con al menos un millar de camas”.
Pasado y presente
Para Arévalo, hablar de Guadalajara es algo que “me gusta, y he escrito en algunos periódicos acerca de ella; esta ciudad no deja de ser interesante y encantadora, pero no puede alguien entenderla sin conocer su pasado, por eso creo que saber de su historia es conocer su presente, poder disfrutar de pasear y saber que, donde está ahora el Palacio Municipal, fue la Casa de Moneda y el Palacio Episcopal, por ejemplo”.
Por eso, enfatiza, para la conferencia que ofrecerá este miércoles en torno al tema, “he preparado un material de más de 100 fotografías e ilustraciones, con la idea de que el asistente pueda ver las imágenes y escuchar la explicación, de modo que pueda transportarse a la Guadalajara de aquel entonces”.
Dinamismo y recuperación
Comenta Arévalo que de la Guadalajara del siglo XVIII, en cuanto a las construcciones, todo ha quedado prácticamente en la historia; “salvo algunas edificaciones como el actual Museo Regional, el Palacio de Justicia —donde fue el convento de las monjas de Altagracia— o donde hoy se encuentra la Secretaría de Turismo, todas ellas modificadas pero cuyo trazo original procede de aquella época”.
El cronista es consciente de que no puede “haber nada estático”, sino que siempre hay cambios;no obstante, señala que ha visitado ciudades que conservan muchas cosas de su pasado, mientras que “Guadalajara se ha dado a la tarea de modificar y cambiar; si regresamos a Santoscoy, que escribió su obra en 1917, desde entonces se quejaba y decía que en esta ciudad había una tendencia a ‘destruirlo todo’ para crear cosas nuevas. Pienso que esa tendencia se mantiene; bastaría recordar las sucesivas ocasiones en que el Mercado Corona se ha quemado y vuelto a construir”.
En este sentido, dice el investigador, “lo que hay que reconocer en esta ciudad es su dinamismo, por una u otra razón se transforma; por supuesto, falta consciencia de lo que significa el patrimonio edificado; pero también costumbres que se han abandonado, que son tradiciones del patrimonio intangible que deberían recuperarse, como el ‘Combate de las flores’, un desfile que existe sólo en algunos pueblos ahora pero no en la ciudad. La idea es no volver al pasado, sino revivir para gozarlo y conocerlo”.
REDES SOCIALES Y OPTIMISMO
A pesar de que exista “desconocimiento” entre la gente acerca de la propia ciudad, Armando Arévalo no es pesimista: “He visto ahora, con el desarrollo de las redes sociales, varias páginas que buscan profundizar sobre la historia de Guadalajara, sitios en los que se pueden documentar las personas sin ser profesionales del área o investigadores; esto significa que hay muchos a los que les interesa saber acerca de la ciudad, pero quizá no lo sabíamos porque no existían las redes sociales (que facilitan mucho las cosas). Pero yo creo que hay muchas personas a las que les interesa conocer sobre Guadalajara, la de antes y la de hoy”.
Actualmente, reflexiona el cronista, “veo una ciudad muy dispersa, donde cada quien jala para su lado, pero imagino que es parte de la modernidad y no podemos pensar en una Guadalajara ‘unificada’ como se creía antes; hoy, estamos ante una urbe diversa, y eso es parte del crecimiento pero, sin embargo, creo deberíamos conservar lo fundamental de nuestras tradiciones”.
Preparar la conferencia que Arévalo dará el próximo miércoles en el Museo de la Ciudad, le tomó seis meses de estudio continuo y recopilación de material (visual), “aunque ya he dado conferencias sobre este particular en el pasado, cada vez me adentro más, para profundizar. Con todo, se torna más difícil cada día, cada vez es más lo que se pierde”.
SABER MÁS
Charla en el Museo de la Ciudad
Con apoyo de organismos como Prensa Activa de Guadalajara, la Sociedad de Ciencias Naturales de Jalisco y la Secretaría de Cultura Municipal, el próximo miércoles, a las 20:00 horas, en el Museo de la Ciudad se llevará a cabo una conferencia bajo el título “La Guadalajara del siglo XVIII y mediados del siglo XIX”, a cargo de Armando Arévalo Hernández, quien por medio de una serie de fotografías e ilustraciones hará una relación de edificaciones, anécdotas y costumbres que, en sus palabras, “pueden decirnos mucho acerca del presente”.
En este sentido, si uno busca imaginar la ciudad en el siglo XVIII, refiere Arévalo, hay que pensar en “un cuadro de 15 cuadras a la redonda, cuyo centro era el conjunto conventual de San Francisco; de hecho, donde se encuentra el Mercado Corona había entonces un panteón. Pero la ciudad se extendió rápidamente, si en 1570 estaba habitada por 50 personas, para 1745 ya eran más de 18 mil, pues estaba en pleno auge comercial, formaba parte de la Ruta de la Plata y, claro, era un centro religioso esencial, dentro de la Ruta Franciscana, lo mismo que político”.
Por lo que respecta a sus habitantes, el cronista recuerda las palabras de un historiador y periodista local —Fernando Santoscoy— que describe a “los hombres como dados a la riña, aunque generosos, sensibles a la crítica pero también trabajadores; eso dice cómo era el tapatío, un hombre de contrastes. Por otra parte, para las mujeres tiene sólo palabras bellas, las califica de hacendosas, trabajadoras, domésticas, dulces y religiosas, pero —ante todo— no perdonaban una traición”.
Auge y problemas
La importancia comercial de Guadalajara en aquellos tiempos, comenta Arévalo, “se incrementó gracias a que lo que llegaba al país en la Nao de China, que desembarcaba en San Blas y enviaba cargamentos a Compostela y Guadalajara que, al final, se tornó fundamental cuando se asentó aquí la sede del episcopado”.
Así, durante el siglo XVIII y XIX, destaca el cronista, “existían numerosos establecimientos comerciales en la ciudad, de productos que hoy no se elaboran ya; había comercios que vendían petates, sombreros, sastrerías, utensilios de barro, aunque también productos muy finos, que demandaba la comunidad extranjera (sobre todo, francesa)”.
Con todo, la urbe no estaba exenta de problemas, explica el investigador, “porque hablamos de una época en la que Guadalajara estuvo marcada por epidemias de viruela o sarampión; de acuerdo con Santoscoy, durante la más sonada epidemia de sarampión, morían 80 personas al día. Tampoco había camas en los tres hospitales existentes —el de los Bethlemitas (con 200 camas), el Real (con 150) y el del Hospicio (no el Cabañas, con 100)—, que no llegaban a 500 y por ello tenían a los enfermos en el suelo. De ahí surgió la iniciativa, encabezada por Fray Antonio Alcalde, de construir un hospital (San Miguel de Belén) con al menos un millar de camas”.
Pasado y presente
Para Arévalo, hablar de Guadalajara es algo que “me gusta, y he escrito en algunos periódicos acerca de ella; esta ciudad no deja de ser interesante y encantadora, pero no puede alguien entenderla sin conocer su pasado, por eso creo que saber de su historia es conocer su presente, poder disfrutar de pasear y saber que, donde está ahora el Palacio Municipal, fue la Casa de Moneda y el Palacio Episcopal, por ejemplo”.
Por eso, enfatiza, para la conferencia que ofrecerá este miércoles en torno al tema, “he preparado un material de más de 100 fotografías e ilustraciones, con la idea de que el asistente pueda ver las imágenes y escuchar la explicación, de modo que pueda transportarse a la Guadalajara de aquel entonces”.
Dinamismo y recuperación
Comenta Arévalo que de la Guadalajara del siglo XVIII, en cuanto a las construcciones, todo ha quedado prácticamente en la historia; “salvo algunas edificaciones como el actual Museo Regional, el Palacio de Justicia —donde fue el convento de las monjas de Altagracia— o donde hoy se encuentra la Secretaría de Turismo, todas ellas modificadas pero cuyo trazo original procede de aquella época”.
El cronista es consciente de que no puede “haber nada estático”, sino que siempre hay cambios;no obstante, señala que ha visitado ciudades que conservan muchas cosas de su pasado, mientras que “Guadalajara se ha dado a la tarea de modificar y cambiar; si regresamos a Santoscoy, que escribió su obra en 1917, desde entonces se quejaba y decía que en esta ciudad había una tendencia a ‘destruirlo todo’ para crear cosas nuevas. Pienso que esa tendencia se mantiene; bastaría recordar las sucesivas ocasiones en que el Mercado Corona se ha quemado y vuelto a construir”.
En este sentido, dice el investigador, “lo que hay que reconocer en esta ciudad es su dinamismo, por una u otra razón se transforma; por supuesto, falta consciencia de lo que significa el patrimonio edificado; pero también costumbres que se han abandonado, que son tradiciones del patrimonio intangible que deberían recuperarse, como el ‘Combate de las flores’, un desfile que existe sólo en algunos pueblos ahora pero no en la ciudad. La idea es no volver al pasado, sino revivir para gozarlo y conocerlo”.
REDES SOCIALES Y OPTIMISMO
A pesar de que exista “desconocimiento” entre la gente acerca de la propia ciudad, Armando Arévalo no es pesimista: “He visto ahora, con el desarrollo de las redes sociales, varias páginas que buscan profundizar sobre la historia de Guadalajara, sitios en los que se pueden documentar las personas sin ser profesionales del área o investigadores; esto significa que hay muchos a los que les interesa saber acerca de la ciudad, pero quizá no lo sabíamos porque no existían las redes sociales (que facilitan mucho las cosas). Pero yo creo que hay muchas personas a las que les interesa conocer sobre Guadalajara, la de antes y la de hoy”.
Actualmente, reflexiona el cronista, “veo una ciudad muy dispersa, donde cada quien jala para su lado, pero imagino que es parte de la modernidad y no podemos pensar en una Guadalajara ‘unificada’ como se creía antes; hoy, estamos ante una urbe diversa, y eso es parte del crecimiento pero, sin embargo, creo deberíamos conservar lo fundamental de nuestras tradiciones”.
Preparar la conferencia que Arévalo dará el próximo miércoles en el Museo de la Ciudad, le tomó seis meses de estudio continuo y recopilación de material (visual), “aunque ya he dado conferencias sobre este particular en el pasado, cada vez me adentro más, para profundizar. Con todo, se torna más difícil cada día, cada vez es más lo que se pierde”.
SABER MÁS
Charla en el Museo de la Ciudad
Con apoyo de organismos como Prensa Activa de Guadalajara, la Sociedad de Ciencias Naturales de Jalisco y la Secretaría de Cultura Municipal, el próximo miércoles, a las 20:00 horas, en el Museo de la Ciudad se llevará a cabo una conferencia bajo el título “La Guadalajara del siglo XVIII y mediados del siglo XIX”, a cargo de Armando Arévalo Hernández, quien por medio de una serie de fotografías e ilustraciones hará una relación de edificaciones, anécdotas y costumbres que, en sus palabras, “pueden decirnos mucho acerca del presente”.