La Catedral de Mérida
El interior nos sorprendió por su gran altura y las columnas redondas y jónicas que soportan las bóvedas
GUADALAJARA, JALISCO (16/ABR/2017).- Al este de la Plaza Mayor, se encuentra la atractiva Catedral. El solar fue elegido por Montejo, El Mozo, para la iglesia que posteriormente se convirtió en Catedral, la obra comenzó en 1562, aprovechando la piedra del edificio prehispánico vecino, y fue concluida en el siglo XVII.
Al salir del Palacio de Gobierno fuimos cautivados por un alto templo, ocupamos una banca de la plaza para admirarlo mejor, sus tres puertas delatan una planta arquitectónica de tres naves, la puerta central de mayores dimensiones, las tres en arco de medio punto con clave adornada y rematadas con frontón triangular, sus hojas con preciosos golpes: mascarones de frailes, en sus bigotes surgen picos de pájaros y sus colas se funden con una pequeña cara maya, que es el golpe.
La puerta central fue enmarcada por dos columnas estriadas por costado, entre ellas un nicho con santo. La cornisa figura el referido frontón, arriba de ambos elementos, almenas, y más arriba se ubica la ventana coral, vertical y arqueada, con vidrios que forman una cruz. Enseguida de la ventana, un hermoso escudo entre volutas: un águila sobre un nopal y arriba una corona, al pie, palabras latinas: “PHILIP HISPANA TIVITA TE DOMINI”.
La portada fue encuadrada por anchas columnas dóricas, que soportan un gran arco de medio punto, abrazando con gracia el escudo, por remate, columnillas con almena unidas por balaustradas. De las columnas siguen las puertas laterales y luego sobresalen los campanarios, de tres cuerpos, el primero de planta rectangular, el resto, cuadrada, todos con un vano arqueado por cara, el segundo y tercero con balaustradas. Por cubierta, cúpula con linterna y cruz, en su desplante, una almena en cada esquina. El interior nos sorprendió por su gran altura, columnas redondas y jónicas, soportan las bóvedas: en cañón las de la nave central y cúpulas por nervadura las de las naves laterales.
En el coro, luce un órgano tubular. Miramos la Purísima Concepción y San José, de madera estofada, piezas provenientes del Convento de las Concepcionistas. También vimos el Cristo de las Ampollas, con elaborado encuadre. En el altar, un gigantesco cristo, su altura supera a los capiteles de las columnas. En la barda reza: “CRISTO DE LA UNIDAD”.
De la Catedral, el Paseo de la Revolución, nos invitó a andarlo, de buen claro y techado, unas esculturas nos indicaron la cercanía a un museo, al Museo Fernando García Ponce, de arte contemporáneo. Ocupa lo que era el Palacio Episcopal. Un corredor nos llevó a un oasis, palmeras, laureles y crotos por doquier, al centro del patio, una escultura. El verdor, delimitado por corredores arqueados en medio punto, en sus dos pisos, el primer nivel con columnas gruesas y cuadradas, el segundo con columnas delgadas y redondas.
Los corredores se pavoneaban de esculturas, una de dos expresivas cabezas. En el segundo piso miramos pájaros del Festival de las Aves Toh 2016: un mosquero real con bonito copete rojo; unos tucanes asomándose de un tronco; un carpintero yucateco picando un árbol y muchos más.
Enseguida entramos a la espectacular Sala Fernando García Ponce, “Continúa su reflexión sobre la relación arte-realidad, introduce recortes de periódico, trapos, señales para interrumpir el purismo abstracto… Es este esfuerzo de fuerzas antagónicas lo que más interesa de su manera; porque finalmente sabemos que es el producto de un diálogo con él mismo, lo que provoca que cada elemento nazca, si bien difícilmente, con una serie de significados paralelos.
Cada circulo, flecha o mancha lleva en sí a su contrario y al mismo tiempo se convierte en la continuidad de los otros…” (Rita Eder). “una evolución que se hizo por etapas sucesivas, en lo superficial iba desapareciendo para ceder el paso al juego de formas, texturas y elementos” (Valeria Vandder). “Nos enfrentamos a la realidad irreal de un universo que, en los espacios en blanco del lienzo y de la memoria, transforma sus obsesiones en signos únicos” (Roberto Villarino).