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Jesús se apareció otra vez a los discípulos

Es la tercera vez. La primera y la segunda fueron ahí donde, a puertas cerradas por miedo a los judíos, recibieron con la visita del Señor la alegre certeza de que estaba verdaderamente vivo

Es la tercera vez. La primera y la segunda fueron ahí donde, a puertas cerradas por miedo a los judíos, recibieron con la visita del Señor la alegre certeza de que estaba verdaderamente vivo. Comió con ellos un pedazo de pescado, lo vieron, escucharon su voz --no era un fantasma--, y hasta el testarudo apóstol Tomás tocó con sus manos las manos y el costado de Jesús.
     Ahora sólo son siete los apóstoles, al aire libre, de mañana y en la orilla del lago de Tiberiades, lugar ordinario de trabajo de algunos de los discípulos.
A Simón Pedro le vino la idea de ocuparse, mientras, otra vez en su antiguo oficio, y les dijo: “Voy a pescar”, y los otros seis le contestaron: “Nosotros vamos contigo”.
     En la vida no existen la suerte, ni el hado, ni la fortuna; éstas son palabras huecas para intentar explicar lo inexplicable. Existe la mano invisible de Dios, y así esa noche fueron guiados por la bondad divina, porque el Señor quería tener con ellos una cita para animarlos, para consolarlos.
No es que ya se les hubiera olvidado el oficio, pero...

Aquella noche no pescaron nada

     También en este hecho estaba la mano de Dios. El fracaso de esa noche, su inútil búsqueda, sus brazos cansados en balde y sus ojos cargados de sueño, eran parte de la lección que el Señor les iba a dar: “Sin mí nada pueden hacer; el que permanezca en mí y yo en él, ese dará mucho fruto”.
     Cuando el hombre confía demasiado en sí mismo, sólo en sus propias fuerzas, expuesto está no a uno, sino a dos y más fracasos. Por eso mismo al cristiano se le ha enseñado a pedir el auxilio divino al emprender cualquier acción, y así contar con una ayuda invisible pero cierta. “No sé cómo, yo le pedí ayuda a Dios y a la hora que me tocó hablar me venían las ideas, me brotaban las palabras, me sentía confiado”. Así se expresó quien pidió al Espíritu Santo luz y fortaleza ante un momento difícil.
     Así el futbolista hace el signo de la cruz en su frente, su pecho y sus labios al dar los primeros pasos en la cancha al inicio de un juego.
     Así el cirujano, ya con el bisturí en la diestra, hace una breve oración para pedir acierto en ese momento delicado.
     Los discípulos aprendieron ese día, a buscar a Dios en los momentos importantes de la vida; y hasta en lo cotidiano en este siglo, al encender el automóvil, tomar el volante y salir a la calle o a la carretera.
     Es cotidiano también pronunciar con fe una breve oración --que es hablar con Dios--, al emprender cualquiera de las múltiples acciones en el hogar, en el trabajo y en los ratos de recreación y descanso. Es hacer presente la amorosa participación de Dios en lo que se hace.

“Echen la red a la derecha de la barca”

     No siempre es la lógica la reguladora de los pensamientos del hombre. Si se piensa con los elementos meramente humanos, se puede concluir que saben más de ese oficio de la pesca los que están en la barca, que “el hijo del carpintero”.
     Y tal vez contra su propio criterio hicieron tal como Jesús lo dijo, y se hizo una vez más el milagro: la red capturó ciento cincuenta y tres peces.
     Muchas veces los discípulos habían sido testigos de todos los hechos prodigiosos, de los milagros de Cristo movido de compasión ante los sufrimientos de las personas y para probar su divinidad y su misión.
     Si sufrieron ante el fracaso de una noche vacía de pesca, allí tenían el consuelo.
     Saludable es también, como lo enseña la Palabra de Dios, acudir al Señor en las desgracias, pues Él mismo dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y yo os aliviaré”.

Es el Señor

     Así, ante el milagro, el primero en abrir los ojos fue Juan y lanzó un grito, no de sorpresa, sino de alegría. Pedro hasta se ató la túnica y se echó al agua.
Más que los pescados, más que los compañeros, más que la barca, le importaba estar cerca de Cristo vivo, resucitado.
     Quizá para los hombres sin fe, o para los de una fe débil, nada diga; pero para los de profundas convicciones, la presencia de Cristo en el misterio de la Eucaristía, ir a Él, acercarse al Sagrario y pasar minutos, horas, en esa intimidad, es un gozo y un consuelo.
     En el centro de la ciudad de Chicago --entre el bullicio de las multitudes en su incesante ir y volver, entre automóviles particulares y transportes comunitarios-- está un templo, y tras su doble puerta de cristal decenas de hombres y mujeres se encuentran en silenciosa adoración.
     Es un marcado contraste con la transitada y laboriosa urbe; en el templo está la fe, acuden los agobiados en busca de un consuelo que el mundo no les puede dar.
     Santo Tomás de Aquino --cumbre del pensamiento--, y San Martín de Porres --caridad hecha servicio--, pasaban largas horas cerca de Cristo oculto y cercano.

Jesús se acerca, toma
el pan y se los da

     Él es el centro, irradia, da alimento, da alegría, da vida. Es una pequeña Iglesia: son siete y a punto de dispersarse por el mundo de entonces para dar el testimonio vivo, vibrante, de Cristo, esa mañana, junto a las brasas, para tomar el almuerzo de pan y pescado.
     Ser cristiano, no es estar alejado de las cosas terrenas; es vivir en el mundo como buenos ciudadanos de la patria terrenal y con la mira puesta en la patria eterna. El angelismo, el abstencionismo, el egoísmo práctico son lacras, son señales de un falso cristianismo. San Martín de Porres tenía sus horas de adoración y luego acudía al encuentro de los pobres y también en ellos veía la imagen de Cristo, y para ellos, como el Maestro, tenía el pan en la mano, la sonrisa y la palabra amable. El mayor de los mandamientos es amar a Dios y luego amar al prójimo.

“Simón, hijo de Juan,
¿me amas más que éstos?”

     Ya tranquilos, ya felices por la pesca milagrosa, por haber almorzado y principalmente por estar esa mañana cerca, muy cerca de Jesús resucitado, quisieran que no corriera el tiempo.
     Pero el Señor es médico y allí, frente a Él, Pedro lleva tres heridas abiertas, sangrantes, desde aquella amarga noche cuando, cobardemente, una, dos y tres veces -- y hasta con juramento-- lo negó.
     A cada negación, una curación con el bálsamo del amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. ¿Por que más? Porque el Señor había dejado en él, desde en Cesarea de Filipo, la responsabilidad de ser la “piedra”, de ser la cabeza, de ser el vicario, el representante del Maestro, cuando ya dejara todo el Reino en sus manos. Una, y dos y tres veces hizo el Señor la misma pregunta, y dos veces el discípulo contestó: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”, y Cristo le dijo: “Apacienta mis ovejas”.
     Si de veras lo quería más que los otros, era para que fuera un buen pastor. Esa es la causa por la que el Papa, los obispos y los sacerdotes, si aman a Cristo más que los demás, serán buenos pastores.
     A la tercera vez la pregunta sacudió a Pedro de pies a cabeza, y con humildad contestó: “Señor, Tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Con la tercera orden  “apacienta a mis ovejas”, quedaron curadas, cicatrizadas, las heridas de Pedro.
     Así, con esta página de compasión, de consolación, da fin San Juan a su Evangelio.
     Cristo vive, busca, espera, atiende, consuela y cura. En la Iglesia está Cristo ahora, como entonces. Y como Pedro, hay que correr a toda prisa para acercarse a Cristo.

Pbro. José R. Ramírez      
                    

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