Suplementos

Jesús es el Cristo

Para darle más amplitud a la exposición de la palabra de Dios ante el pueblo cristiano, se ha dividido las lecturas bíblicas en tres ciclos

     Para darle más amplitud a la exposición de la palabra de Dios ante el pueblo cristiano, se ha dividido las lecturas bíblicas en tres ciclos. En este año 2010 es el ciclo C y corresponde la lectura del evangelio de San Lucas.
En este domingo tercero ordinario hay dos partes, y es la primera el breve prólogo de este evangelio en apenas cuatro versículos. “Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que entre nosotros, tal como nos las transmitieron los que desde el principio ayudaron a la predicación”.
     Lucas no perteneció al grupo de los doce apóstoles. Nació en Antioquía de Siria y era médico de profesión y compañero de viajes de San Pablo. Dedica su evangelio a Teófilo, es decir a “quien ama a Dios” --Theos, Dios; philos, amante--, “todo, desde sus principios”.
     Es el evangelista el narrador de la infancia de Cristo; su evangelio es el de la misericordia: Dios perdona y se alegra de la vuelta del pecador”. Es quien presenta a la Virgen María, la discípula de su hijo Jesús, dócil y humilde.
Después del breve prólogo en el capítulo primero, dejados atrás el nacimiento y la inFancia de Jesús, presenta la autopresentación que hace Jesús al inicio de su vida pública, y en el pueblo donde transcurrió su vida oculta.

Fue también a Nazaret,
donde se había criado

     “Entró en la sinagoga”. Era un sábado, día sagrado. Todos estaban allí reunidos, los niños, los adultos, los ancianos. No les extrañó, porque Jesús fue a la sinagoga “como era su costumbre”. Era devoto, era cumplido.
“Se levantó para hacer la lectura”. Tampoco les extrañó, porque sin duda ya  había hecho lo mismo en otras ocasiones.
     “Se le dio el volumen del profeta Isaías”. Éste es el mayor de los cuatro profetas mayores del Antiguo Testamento. Mayor por la extensión en sesenta y seis capítulos, y quien con amplitud y profundidad mantiene la esperanza en un Mesías-rey que traerá la salvación a Israel.
     Isaías escribió en el siglo octavo antes de Cristo y sus mensajes eran leídos, conocidos y apreciados en el pueblo de Israel. Tal vez por ese motivo pusieron en manos de Jesús el rollo, así como en rollo eran los demás libros. Jesús lo desenrolló y le dio lectura.

“El Espíritu del Señor está
 sobre mí porque me ha ungido”

     Entre los israelitas, ungir es una acción solemne y sagrada: el profeta Samuel tomó un cuerno lleno de aceite de olivo y lo derramó sobre la cabeza de un joven atlético llamado Saúl, que había ido a preguntarle al “vidente” dónde encontraría las burras que se le habían perdido. Con esa acción de ungirlo, lo convirtió en el primer rey de Israel.
     Después, cuando Saúl ya no era grato a Dios porque se apartó del bien, Samuel fue a Belén y entre los hijos de Jesé derramó el cuerno de aceite en la cabeza de David y le dijo: “Ya no serás el pastor de las ovejas de tu padre; en adelante serás el pastor de su pueblo, Israel”. Y David fue rey cuarenta años.
     Muy eficaz es el hecho de ser ungido. Por eso Jesús en la sinagoga afirma que el Espíritu del Señor está sobre Él porque lo ha ungido.
     ¿Quién lo ha ungido? No un profeta: es el ungido de Dios, tal como se presenta ante los allí reunidos, mismos que lo conocían sencillamente como el hijo de José el artesano y de María, una mujer muy virtuosa y humilde.

Es el momento de
la autopresentación

     Jesús quiere decir “el que salva”, pero allí se presenta como el Cristo, o sea “el ungido”. Es el Mesías esperado por siglos, el anunciado por los profetas, el que había de traer la liberación al pueblo escogido. Los patriarcas tenían una íntima esperanza, la de poder alegrarse por si el esperado fuera de su descendencia. Las mujeres querían ser fértiles y consideraban la infertilidad una desgracia, porque podía llegar el Mesías de los hijos de sus hijos. Todas vivían esperándose, y ahí lo tenían cerca.
     Y sucedió lo que tenía que suceder: unos creyeron y otros no creyeron; los que lo recibieron y los que se apartaron de él; los que lo amaron hasta dar su vida por él, y los que lo odiaron con odio cruel hasta la locura de dar el máximo castigo al inocente, colgándolo en una cruz entre dos malhechores.         
     Así lo anunció el anciano Simeón: que sería “blanco de contradicción”. Y veinte siglos después todo sigue igual: Cristo y la religión y la Iglesia se encuentran entre las dos vertientes: el amor y el odio.
     Blanco de contradicción y con la clara misión de ser Camino, Verdad y Vida, Jesús así continuó:

“Me ha ungido para llevar
a los pobres la Buena Nueva”

     Entre las primeras palabras de Cristo --ya no Jesús-- está una enigmática palabra: “pobres”. Son los pobres los primeros en ser nombrados y los preferidos.
     Pero, ¿quiénes son los pobres de Cristo, los predilectos? ¿A quiénes quiere llevar la Buena Nueva?
     Viene a buscar a los afligidos por la pobreza que esclaviza, la que disminuye y abate, la que deshumaniza, como la de Haití en estos días de desgracia, con múltiples manifestaciones: ignorancia, hambre, sufrimientos, amargura, soledad, inferioridad, inseguridad, odio.
     Esa pobreza hija de la injusticia, de la indiferencia, del desamor. Esa nacida y engordada por el pecado. Esa que en sí misma es un mal, porque el egoísmo, la explotación y la opresión son lo contrario a la Buena Nueva; porque la nueva es amor, y el verdadero amor tiene un solo camino, una única dirección: ir siempre a dar y darse por amor de Dios y sin esperar recompensa.
     El verdadero cristiano debe cada día luchar contra la pobreza; más aún, contra la miseria manifiesta en ignorancia y otras muchas carencias. Es pobreza no conocer a Cristo, es pobreza ignorar el sentido de la vida e ir por un mar turbulento sin timón y sin velas, careciendo de pan, vestido, techo, trabajo, seguridad, educación.
    Todos, y más de una manera singular los constituidos en autoridad civil o eclesiástica, deben ser los primeros en ponerse con alma y vida en el servicio de la justicia social y distributiva. Serán ese el esfuerzo y la lucha --no meras demagogias-- contra la pobreza.

Una sociedad más
fuerte y fraternal

     La presencia de Cristo entre los hombres --como está todavía en este siglo XXI--, fue entonces, y lo es ahora, la concepción de una vida plenamente humana y al mismo tiempo auténticamente, plenamente divina.
     Cristo de tal manera se ha identificado con los hombres, hasta ser en todo igual, menos en el pecado, y ha querido estar tan cerca como se encuentra el vecino --prójimo quiere decir próximo, cercano--, y en cada prójimo está Cristo. “En verdad les digo que cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos, a mí me lo hiciste” (Mateo 25, 40).
     El pan, el agua, las medicinas, las mantas y aún paquetes que se dan para los afligidos de Haití, es al mismo Cristo a quien alimentan y cubren.
     El cristiano no será juzgado por sus actos religiosos; no el que diga “señor, señor”, sino por su comportamiento familiar, profesional, social, político.
“Señor, cuando te vimos hambriento, te dimos de comer; sediento y te dimos de beber; desnudo y te cubrimos”. Ningún recurso ante Dios puede, sin embargo, eximir al cristiano de sus tareas y sus deberes cotidianos y solidarios.
     La verdad del cristianismo es Cristo encerrado en lo humano, y el cristiano ha de hacerse solidario total ahora con los hermanos de Haití y siempre con los prójimos.
     Tal ha sido el pensamiento, tal la experiencia de muchos cristianos que se han comprometido en la acción política y social.
     Estos acontecimientos dolorosos como la tragedia de Haití, son un termómetro para medir el cristianismo según la actitud ante el Cristo sufriente aquí en la cercana isla caribeña.

Pbro. José R. Ramírez             

Temas

Sigue navegando