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Jesús Maestro ten piedad de nosotros

Desconcierta que la infinidad de información que nos llega, en vez de hacernos más sabios o sensatos, parece que ofusca nuestra inteligencia

     Este conmovedor relato de los leprosos nos llega en el Evangelio de hoy, y nos hace pensar muchas cosas: desde la situación en que vivían los que sufrían la lepra, hasta la nula esperanza de curación que había en aquel entonces.

     Hoy la reflexión invita a mirar la gran fe en Jesús que tuvieron aquellos hombres y su ilimitada confianza al considerar que el Maestro podía hacer un milagro en su favor, dándoles la salud y con ella la alegría de vivir.

     En el mundo en que vivimos actualmente, desconcierta en verdad que la infinidad de información que nos llega, y los medios tan rápidos y veloces que ha puesto en nuestras manos el progreso, en vez de hacernos más sabios o sensatos, parece que ofusca nuestra inteligencia y vamos por allí dando crédito a fábulas inconsistentes y poniendo más fe en otras cosas y personas que en el Señor Jesús, nuestro Maestro.

     Sin ir lejos, aún personas de muy buen espíritu religioso, de mucha piedad y buena voluntad, acuden más a los santos que al mismo Cristo Jesús, que tiene en sus manos todos los dones y gracias que necesitamos para ser verdaderamente felices y para aliviar los problemas, males y sufrimientos que a diario nos aquejan.

     Y no se trata de desvirtuar el mérito de los santos, antes bien, se trata de poner las cosas en su lugar; porque de veras es triste constatar que el altar donde se venera al santo esté más concurrido que el sagrario donde vive nuestro Señor

en persona y quiere estar presente todos los días, cerca de nosotros hasta el fin de los siglos.

     La Iglesia guarda memoria de sus santos y santas y transmite de una generación a otra, de un confín a otro de la tierra, que ellos supieron seguir los ejemplos de Jesús, que escucharon atentamente sus palabras y supieron ponerlas en práctica.

     Son testigos insignes, son prueba inequívoca de que seguir el Evangelio es un medio insuperable para alcanzar lo bueno y lo mejor, para acercarse a la divinidad y lograr con ello la suprema excelencia de santidad a la cual el Señor nos invita.

     Los santos, como amigos del Señor Jesús, nos indican cómo llegar a Él, nos dicen con su vida que así como siguieron las huellas del Señor, así también nosotros podemos imitarlos y seguir por ese camino en donde lo único importante es hacer la voluntad de Dios.

     Creo que podemos correr el riesgo de que el Señor Jesús nos desconozca en el úlitmo día, si nunca acudimos a Él directamente, ya que Él es el único que salva, que libera y que da vida.

     Hay que entender bien las cosas: los santos son amigos, medianeros e intercesores ante Jesús, son ejemplos en el camino, pero el único que dio su vida por nosotros es nuestro Señor Jesucristo.

     Es bueno también considerar que la Virgen Santísima tiene un lugar privilegiado al lado de su Hijo divino, pero debemos tener en claro que las distintas y numerosas advocaciones de María no son diferencias, sino matices de una misma devoción que no podemos agotar en una sola.

     Otro punto importante que señala el Evangelio, es la actitud de agradecer. Humanamente nos enseñan a dar las gracias, pero cuando se trata de recibir a favor de Dios, ni siquiera tomamos en cuenta de que también a Él tenemos que agradecerle por los beneficios que nos otorga, pero sobre todo por los dones de vida, de gracia, de salud y fuerza, de energía, de tantas y tantas cosas con que nos envuelve su amor.

     Muchas veces pasamos por alto todos esos beneficios y todas esas bellezas que nos rodean, y hasta creemos que son naturalmente inherentes a la persona humana por el simple hecho de haber venido a este mundo; sin contar que también el estar aquí participando en la aventura de la vida, es un regalo estupendo que debemos agradecer todos los días a nuestro Dios.

María Belén Sánchez  fsp (Hija de San Pablo)    

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