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Jesucristo es Dios

Tomás no creyó cuando los otros diez discípulos de Jesús le testificaron que habían visto al Maestro

La fe cristiana tiene “piedras angulares”, es decir, verdades sobre las cuales se sostiene y que determinan el resto de sus creencias. A lo largo de la historia, cada una de estas verdades ha sido atacada y puesta a prueba, con el fin de vencer la fe; sin embargo, hasta el día de hoy, esas verdades se mantienen firmes y siguen dando fundamento a la fe de los creyentes en Jesús, de acuerdo a las palabras del Maestro que dijo “el cielo y la tierra pasarán, pero mi Palabra no pasará”.

Uno de esos fundamentos de la fe, tiene que ver con el hecho de que Jesús es Dios. Uno de los pasajes más simbólicos al respecto, es el de San Juan 20, 19-31, en donde se relatan las apariciones de Jesús a sus discípulos, la primera estando Tomás ausente, y la segunda, cuando Tomás el mellizo, ó el dídimo, se encontraba presente.

El relato enfatiza el hecho de que Tomás no creyó cuando los otros diez discípulos de Jesús le testificaron que habían visto al Maestro, con las pruebas contundentes de que se había levantado de la tumba; en respuesta, Tomás condicionó que sólo creería si personalmente podía tocar las marcas de los clavos y la lanza en el cuerpo de Jesús. Ocho días después de la primera aparición, el Señor Jesús se volvió a aparecer a los discípulos, pero en esta ocasión confrontando a Tomás por su incredulidad, y poniendo a su disposición las evidencias que este discípulo había puesto como condición para verdaderamente creer.

La respuesta de Tomás, quedó registrada para la historia, en el relato del evangelista: “¡Señor mío y Dios mío!”. Estas palabras no solo eran la respuesta emocional de una persona avergonzada o impactada por lo evidente, sino la declaración de una verdad profunda, ahora aceptada incondicionalmente: Jesús es el Señor, y Jesús es Dios. Esta declaración de Tomás, que Jesús mismo validó, quedo registrada como una prueba más de que Jesús es realmente quien dijo ser: el Hijo único de Dios, Dios mismo.

Desde aquellos tiempos, muchas afirmaciones se han levantado para atacar esta verdad fundamental de la fe cristiana. Unos tratan de desvirtuar la deidad de Jesús, reduciendo su posición a la de un gran maestro, un “iluminado”, que enseñó a los hombres acerca de Dios, pero de la misma manera que “otros grandes hombres” lo han hecho; para ellos, Jesús representa parte de la crema y nata de la humanidad, de lo mejor que los hombres han sido capaces de generar, pero al fin y al cabo, un hombre más. Algunos piensan que honran a Jesús, cuando lo ponen en el mismo nivel que “otros grandes” de la historia, sin darse cuenta de que no hay posibilidad de comparación entre los hombres y Dios, entre los grandes pensadores y Jesús.

Otros más intentan diluir la deidad de Jesús, incluyendo a muchos más en el nivel de dioses; de esta manera la deidad de Jesús no es atacada, simplemente es abaratada. Para ellos, cualquiera puede ser una forma de dios (o puede amalgamarse con el “dios universal”), siempre y cuando encuentre el camino, ya sea por el conocimiento, la meditación, o las buenas obras; así es como muchos hombres y mujeres han llegado a esa especie de “Olimpo ecuménico”. En ese “lugar de dioses”, sin duda Jesús tiene un lugar principal, un lugar de honor. El problema con esto, es que Jesús no aceptó “ser un dios” junto con muchos más, sino que aceptó ser adorado de la misma manera en que se adoraba al único Dios, al Creador del cielo y de la tierra.

Jesús mismo provocó el escándalo y la ira de los judíos, cuando afirmó “el Padre y yo, uno somos”. Esta expresión no daba lugar a dudas respecto a lo que el Señor quería decir, era imposible entenderlo de otra manera: Jesús mismo estaba declarando que es Dios, y en su momento, aceptó la manifestación de la adoración que sólo puede darse a Dios… como la de Tomás, en aquel sencillo aposento de Jerusalén, en ese maravilloso día.

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com

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