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Hizo un panecillo y se lo llevó a Elías
En la primera lectura, una viuda pobre con el puñado de harina que le queda --y ya hace hambre-- elabora un panecillo, lo lleva al horno y se lo ofrece al profeta Elías
En este domingo trigésimo segundo ordinario el tema es la generosidad. En la primera lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, una viuda pobre con el puñado de harina que le queda --y ya hace hambre-- elabora un panecillo, lo lleva al horno y se lo ofrece al profeta Elías. En premio, “la tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”.
Dios da más del ciento por uno a quien sabe dar con generosidad. Elías, perseguido, huye de la furia del rey, y allá en Sarepta se refugia en casa de una viuda que, con su hijo, están angustiados porque saben que llegarán días de hambre.
La tercera lectura, el Evangelio, conjuga con esta primera el mismo pensamiento: la generosidad, la entrega.
“Una viuda pobre echó dos
moneditas de poco valor”
Esto aconteció en el templo de Jerusalén, ante la mirada bondadosa de Cristo y también frente a muchos ojos de curiosos, entre ellos algunos fariseos.
El Señor allí dejó para todos una lección: “Esta pobre viuda dio más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella dio de su pobreza todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.
Muchas ideas pueden florecer al meditar en las palabras del Maestro. La primera, la más sencilla, es que el valor de una ofrenda no se mide por la cantidad, sino por la actitud interna de quien da.
Si alguien da una ayuda por quitarse de encima a quien le ha ido a pedir, o si da --aunque sea mucho-- por ser reconocido, alabado, y su acción se divulgue y él aparezca como benefactor, eso ya ni es obra buena ni va con el espíritu del Evangelio: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hizo la derecha”.
Cuando algunos fariseos acusaban a Cristo porque, según ellos, había venido a destruir la ley, su respuesta fue: “No he venido a destruirla, sino a darle plenitud”. La plenitud en el cumplimiento fiel de la ley está en dos puntos: primero, cumplir la ley por amor, que el amor inspire los pensamientos, las palabras y las acciones;segundo, que todo brote desde el yo íntimo del seguidor de Cristo, no meras exterioridades, algo que el Señor reprocha en las actitudes de algunos fariseos y algunos escribas:
“Éstos recibirán un
castigo muy riguroso”
¿Quienes son éstos? Cristo señala a los fariseos, llamados también “los separados”, una como sociedad de hombres con buena intención al principio, una elite piadosa, moralista de Israel, no sacerdotes. Rígidos, autoelectos, ya en el poder éste los corrompió y, adueñados del templo, se declararon intérpretes de la Torah, la ley.
Mas cayeron en soberbia, en formalismo, en vanagloria, en una piedad legal, en dureza puritana, en un exhibicionismo religioso al tenerse por justos y despreciar a los demás.
Los doctores, o sea hombres doctos en la ley, formaban parte de ese grupo.
Cristo quiere también la conversión de ellos; ha venido a buscar y a salvar a los pecadores, y pecadores son ellos. Algunos encontraron en Cristo el camino verdadero. Pero claramente advierte a todos: “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mateo 5, 20).
Fariseos del siglo XXI
El fariseísmo no es solamente un tema histórico y ya caducado, algo que aconteció hace siglos y que ante el avance del cristianismo perdió fuerza y murió.
No; sigue, y es un peligro en la Iglesia. Estos son los síntomas: autosuficiencia, hipocresía, arrogancia, actitud de interpretarlo todo según su propio criterio, con la idea falsa de que se tiene la única verdad; legalismo, algo así como leguleyos de la religión.
El Concilio Vaticano II (1962-1965), iniciado por el Papa Juan XXIII, a nadie condenó, abrió puertas y ventanas y entró en diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Nada hubo oculto, nada que no fuera un mensaje de Cristo, que es amor, que es misericordia, que es la verdadera libertad. Fuera toda esclavitud, toda arrogancia.
Y el mensaje de Aparecida, en Brasil en mayo de 2007, es una actitud sencilla, una aceptación humilde de ser “todos discípulos, todos misioneros”.
Son voces, el Concilio y Aparecida, para ir a la comprensión y a la humildad; oposición a la actitud “estirada” y fría del fariseísmo. Pero cada uno, al mirarse en el espejo interior, en el examen de su propia conciencia, ha de estar atento, vigilante para no caer en alguna de las muchas máscaras del fariseísmo. Éste es peligro de antes, de ahora, de siempre.
Al dejar en el platillo de las ofrendas dos “leptas”, las monedas griegas de menor valor, deja su propia pobreza a la infinita riqueza de Dios. Ante todo es un acto de entera confianza en Dios.
En los últimos meses, son tema de conversación en muchos ambientes la crisis mundial, las sacudidas en la banca y el comercio, el desempleo, y queda un fondo de tristeza por la situación económica de los países, incluido el nuestro.
¿No habrá en todo esto una falta de confianza en Dios? No es para cruzarse de brazos y esperar que todo caiga del cielo, sino para ingeniarse y trabajar quizá más, pero con la certeza de que Dios no abandona a quien con sinceridad lo busca. Eso sí, “a Dios rogando y con el mazo dando”, o, como exhortaba San Ignacio de Loyola: “Orar como si todo dependiera de la oración, y trabajar como si todo dependiera de la acción”.
Pero falta la confianza en Dios. Es cuando el hombre pretende llenar con un puño de cosas su necesidad o su vacío, y por más que busque no encuentra
cómo lograrlo. Martin Luther King escribió: “Hay tanta frustración en el mundo, porque hemos confiado en dioses y no en Dios”.
Sin confianza no hay amor, sin confianza no hay fe, sin confianza no hay esperanza.
La desconfianza es pecado contra el amor. Conocer a Dios es confiar en Él porque es Padre. Confiar es la mano pequeña que se aprieta a la mano del padre. Confiar es gastar todo lo que le dieron al niño “para gastar”, con la certeza de que le volverán a dar. Confiar es mirar hacia atrás y concluír que en el pasado Dios siempre ha sido Padre Providente, dispuesto y con la gernerosa mano abierta.
Pbro. José R. Ramírez
Dios da más del ciento por uno a quien sabe dar con generosidad. Elías, perseguido, huye de la furia del rey, y allá en Sarepta se refugia en casa de una viuda que, con su hijo, están angustiados porque saben que llegarán días de hambre.
La tercera lectura, el Evangelio, conjuga con esta primera el mismo pensamiento: la generosidad, la entrega.
“Una viuda pobre echó dos
moneditas de poco valor”
Esto aconteció en el templo de Jerusalén, ante la mirada bondadosa de Cristo y también frente a muchos ojos de curiosos, entre ellos algunos fariseos.
El Señor allí dejó para todos una lección: “Esta pobre viuda dio más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella dio de su pobreza todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.
Muchas ideas pueden florecer al meditar en las palabras del Maestro. La primera, la más sencilla, es que el valor de una ofrenda no se mide por la cantidad, sino por la actitud interna de quien da.
Si alguien da una ayuda por quitarse de encima a quien le ha ido a pedir, o si da --aunque sea mucho-- por ser reconocido, alabado, y su acción se divulgue y él aparezca como benefactor, eso ya ni es obra buena ni va con el espíritu del Evangelio: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hizo la derecha”.
Cuando algunos fariseos acusaban a Cristo porque, según ellos, había venido a destruir la ley, su respuesta fue: “No he venido a destruirla, sino a darle plenitud”. La plenitud en el cumplimiento fiel de la ley está en dos puntos: primero, cumplir la ley por amor, que el amor inspire los pensamientos, las palabras y las acciones;segundo, que todo brote desde el yo íntimo del seguidor de Cristo, no meras exterioridades, algo que el Señor reprocha en las actitudes de algunos fariseos y algunos escribas:
“Éstos recibirán un
castigo muy riguroso”
¿Quienes son éstos? Cristo señala a los fariseos, llamados también “los separados”, una como sociedad de hombres con buena intención al principio, una elite piadosa, moralista de Israel, no sacerdotes. Rígidos, autoelectos, ya en el poder éste los corrompió y, adueñados del templo, se declararon intérpretes de la Torah, la ley.
Mas cayeron en soberbia, en formalismo, en vanagloria, en una piedad legal, en dureza puritana, en un exhibicionismo religioso al tenerse por justos y despreciar a los demás.
Los doctores, o sea hombres doctos en la ley, formaban parte de ese grupo.
Cristo quiere también la conversión de ellos; ha venido a buscar y a salvar a los pecadores, y pecadores son ellos. Algunos encontraron en Cristo el camino verdadero. Pero claramente advierte a todos: “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mateo 5, 20).
Fariseos del siglo XXI
El fariseísmo no es solamente un tema histórico y ya caducado, algo que aconteció hace siglos y que ante el avance del cristianismo perdió fuerza y murió.
No; sigue, y es un peligro en la Iglesia. Estos son los síntomas: autosuficiencia, hipocresía, arrogancia, actitud de interpretarlo todo según su propio criterio, con la idea falsa de que se tiene la única verdad; legalismo, algo así como leguleyos de la religión.
El Concilio Vaticano II (1962-1965), iniciado por el Papa Juan XXIII, a nadie condenó, abrió puertas y ventanas y entró en diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Nada hubo oculto, nada que no fuera un mensaje de Cristo, que es amor, que es misericordia, que es la verdadera libertad. Fuera toda esclavitud, toda arrogancia.
Y el mensaje de Aparecida, en Brasil en mayo de 2007, es una actitud sencilla, una aceptación humilde de ser “todos discípulos, todos misioneros”.
Son voces, el Concilio y Aparecida, para ir a la comprensión y a la humildad; oposición a la actitud “estirada” y fría del fariseísmo. Pero cada uno, al mirarse en el espejo interior, en el examen de su propia conciencia, ha de estar atento, vigilante para no caer en alguna de las muchas máscaras del fariseísmo. Éste es peligro de antes, de ahora, de siempre.
Al dejar en el platillo de las ofrendas dos “leptas”, las monedas griegas de menor valor, deja su propia pobreza a la infinita riqueza de Dios. Ante todo es un acto de entera confianza en Dios.
En los últimos meses, son tema de conversación en muchos ambientes la crisis mundial, las sacudidas en la banca y el comercio, el desempleo, y queda un fondo de tristeza por la situación económica de los países, incluido el nuestro.
¿No habrá en todo esto una falta de confianza en Dios? No es para cruzarse de brazos y esperar que todo caiga del cielo, sino para ingeniarse y trabajar quizá más, pero con la certeza de que Dios no abandona a quien con sinceridad lo busca. Eso sí, “a Dios rogando y con el mazo dando”, o, como exhortaba San Ignacio de Loyola: “Orar como si todo dependiera de la oración, y trabajar como si todo dependiera de la acción”.
Pero falta la confianza en Dios. Es cuando el hombre pretende llenar con un puño de cosas su necesidad o su vacío, y por más que busque no encuentra
cómo lograrlo. Martin Luther King escribió: “Hay tanta frustración en el mundo, porque hemos confiado en dioses y no en Dios”.
Sin confianza no hay amor, sin confianza no hay fe, sin confianza no hay esperanza.
La desconfianza es pecado contra el amor. Conocer a Dios es confiar en Él porque es Padre. Confiar es la mano pequeña que se aprieta a la mano del padre. Confiar es gastar todo lo que le dieron al niño “para gastar”, con la certeza de que le volverán a dar. Confiar es mirar hacia atrás y concluír que en el pasado Dios siempre ha sido Padre Providente, dispuesto y con la gernerosa mano abierta.
Pbro. José R. Ramírez