Suplementos
Hacer la voluntad de Dios
Es el Espíritu Santo quien se encarga de llevar a cabo la obra de Dios
Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que los enseñara a orar, Él los instruyó que se dirigieran a Dios Padre de la manera sencilla pero a la vez más profunda, en virtud a la esencia misma de Dios y a su plan de salvación, esto es, con el ‘Padre Nuestro’.
Por otro lado, hay estudiosos y místicos que han afirmado que si hiciéramos vida y cumpliéramos lo que proclamamos en esa singular oración, entonces seríamos auténticos cristianos.
El Padre Nuestro es, sin duda, una de las oraciones más pronunciadas por los creyentes; sin embargo, habría que preguntarnos qué tanto la reflexionamos; qué tan conscientes somos de lo que en ella repetimos; qué tanto comprendemos lo que en ella aseveramos o pedimos y, sobre todo, qué tanto lo aceptamos y lo hacemos vida.
Una de las expresiones de esta oración que más difícilmente aceptamos y vivimos es la que versa: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
Ahora bien, Dios, nuestro Creador y nuestro Dueño, ha establecido y destinado un plan salvífico para nosotros sus hijos, y si realmente queremos salvarnos, es decir, trascender esta vida mortal, limitada, finita, y en la que no se puede alcanzar la felicidad plena, hacia una vida inmortal, ilimitada, infinita y con una felicidad plena, hemos de vivir conforme a ese plan. Eso significa, en palabras llanas y sencillas, que se haga su voluntad, y aunque la expresión está escrita en forma impersonal, es preciso aclarar que el ser humano es actor principal, y su participación es indispensable para que así sea.
Y, ¿cómo es esto? Pues bien, es sabido que es el Espíritu Santo, a través del ser humano como instrumento, quien se encarga de llevar a cabo la obra de Dios, y que a este ser humano le corresponde tan sólo ser dócil y obediente para dejarse guiar por Él y así “poder hacer las mismas cosas que hacía Jesús, y aun mayores” (Cfr. Jn 14, 12), y por lo tanto, permitir que por Él, y por nuestro medio, haga la voluntad del Padre.
Para el ser humano, que desde que nace está marcado por su naturaleza pecadora, la cual es proclive a caer fácilmente bajo el dominio de la soberbia, el orgullo, la vanidad y autosuficiencia, le es imposible ser dócil, obedecer y dejarse guiar por el Espíritu Santo, si el mismo no lo capacita para ello; y para que reciba esa capacidad, necesita creer en Jesús y realizar todo lo que implica esa fe, como es renunciar a todo lo que lo domine y se oponga e impida abrirse a Él.
Esto es crucial en la vida del cristiano, tanto que, como nos lo recuerda el pasaje evangélico de hoy, Jesús declara a los que estaban sentados alrededor de Él: “Estos son mi madre y mis hermanos” –cuando le dijeron que su madre y sus hermanos lo buscaban--. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Hacer, pues, la voluntad de Dios, o dejar que su Espíritu la haga en nosotros, nos hace familiares de Jesús, y con ello, coherederos con Él de la Gloria eterna del Padre.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Por otro lado, hay estudiosos y místicos que han afirmado que si hiciéramos vida y cumpliéramos lo que proclamamos en esa singular oración, entonces seríamos auténticos cristianos.
El Padre Nuestro es, sin duda, una de las oraciones más pronunciadas por los creyentes; sin embargo, habría que preguntarnos qué tanto la reflexionamos; qué tan conscientes somos de lo que en ella repetimos; qué tanto comprendemos lo que en ella aseveramos o pedimos y, sobre todo, qué tanto lo aceptamos y lo hacemos vida.
Una de las expresiones de esta oración que más difícilmente aceptamos y vivimos es la que versa: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
Ahora bien, Dios, nuestro Creador y nuestro Dueño, ha establecido y destinado un plan salvífico para nosotros sus hijos, y si realmente queremos salvarnos, es decir, trascender esta vida mortal, limitada, finita, y en la que no se puede alcanzar la felicidad plena, hacia una vida inmortal, ilimitada, infinita y con una felicidad plena, hemos de vivir conforme a ese plan. Eso significa, en palabras llanas y sencillas, que se haga su voluntad, y aunque la expresión está escrita en forma impersonal, es preciso aclarar que el ser humano es actor principal, y su participación es indispensable para que así sea.
Y, ¿cómo es esto? Pues bien, es sabido que es el Espíritu Santo, a través del ser humano como instrumento, quien se encarga de llevar a cabo la obra de Dios, y que a este ser humano le corresponde tan sólo ser dócil y obediente para dejarse guiar por Él y así “poder hacer las mismas cosas que hacía Jesús, y aun mayores” (Cfr. Jn 14, 12), y por lo tanto, permitir que por Él, y por nuestro medio, haga la voluntad del Padre.
Para el ser humano, que desde que nace está marcado por su naturaleza pecadora, la cual es proclive a caer fácilmente bajo el dominio de la soberbia, el orgullo, la vanidad y autosuficiencia, le es imposible ser dócil, obedecer y dejarse guiar por el Espíritu Santo, si el mismo no lo capacita para ello; y para que reciba esa capacidad, necesita creer en Jesús y realizar todo lo que implica esa fe, como es renunciar a todo lo que lo domine y se oponga e impida abrirse a Él.
Esto es crucial en la vida del cristiano, tanto que, como nos lo recuerda el pasaje evangélico de hoy, Jesús declara a los que estaban sentados alrededor de Él: “Estos son mi madre y mis hermanos” –cuando le dijeron que su madre y sus hermanos lo buscaban--. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Hacer, pues, la voluntad de Dios, o dejar que su Espíritu la haga en nosotros, nos hace familiares de Jesús, y con ello, coherederos con Él de la Gloria eterna del Padre.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx