Suplementos
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
La palabra de Dios es una espada de dos filos: ilumina, consuela, da gozo interior a algunos; y molesta, inquieta y angustia a otros
Este domingo el evangelista San Marcos narra un milagro que Cristo hizo compadecido de la triste condición de un hombre sordo y mudo.
Con el solo imperio de su voz pudiera haberle abierto la boca y los oídos.
En la vida interior, en el orden espiritual, son sordos quienes no quieren oír.
La palabra de Dios siempre es una espada de dos filos: ilumina, consuela, da gozo interior a algunos; y molesta, inquieta y angustia a otros. Así, según la disposición interior, es deseada y buscada por unos y es temida por otros.
La palabra de Dios exige, cierran voluntariamente los oídos.
La madre, oportunamente, pide, le ruega al hijo que se aparte de un mal camino, de una amistad dañina o de un vicio. Se hace sordo el hijo y a veces tal sordera dura años.
Nuestro Señor Jesucristo, le dijo a aquel hombre y dice continuamente a todos “Effetá”; ábrete, abre tus oídos y llegarás a la fe, al amor de Dios y al prójimo, a la salvación.
Admirados, los testigos del milagro decían: “Qué bien lo hace todo”. Hace hablar a los mudos y oír a los sordos.
La gente prefiere no abrir los labios y así no comprometerse.
Muchos callan ante las injusticias, los atropellos, las violencias, los abusos de los poderosos y de quienes ejercen el poder.
¿Qué es orar? San Agustín responde: Levantar la mente a Dios. Es un vuelo desde la pequeñez de la criatura, hasta la mayor altura, hasta un ser infinito, hasta Dios, amor, misericordia que escucha cuando el hombre le habla.
Es una ascensión de los seres mortales y transitorios a la inmortal vida de Dios en un trato íntimo y familiar.
Santa Teresa de Jesús, la grande, la de Ávila, dice: “No es otra cosa la oración sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”.
La oración es arma poderosa que Dios puso en las manos del hombre.
En la continua enseñanza sobre el valor de la oración, el Señor dice así: “Pedid y se os dará; buscad y hallareis, llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre”.
La oración ha de ser humilde, confiada y permanente.
Recordemos la promesa divina: “Les digo a ustedes todas las cosas que con una oración pidan, crean que las recibirán y ustedes las encontrarán”.
Con el solo imperio de su voz pudiera haberle abierto la boca y los oídos.
En la vida interior, en el orden espiritual, son sordos quienes no quieren oír.
La palabra de Dios siempre es una espada de dos filos: ilumina, consuela, da gozo interior a algunos; y molesta, inquieta y angustia a otros. Así, según la disposición interior, es deseada y buscada por unos y es temida por otros.
La palabra de Dios exige, cierran voluntariamente los oídos.
La madre, oportunamente, pide, le ruega al hijo que se aparte de un mal camino, de una amistad dañina o de un vicio. Se hace sordo el hijo y a veces tal sordera dura años.
Nuestro Señor Jesucristo, le dijo a aquel hombre y dice continuamente a todos “Effetá”; ábrete, abre tus oídos y llegarás a la fe, al amor de Dios y al prójimo, a la salvación.
Admirados, los testigos del milagro decían: “Qué bien lo hace todo”. Hace hablar a los mudos y oír a los sordos.
La gente prefiere no abrir los labios y así no comprometerse.
Muchos callan ante las injusticias, los atropellos, las violencias, los abusos de los poderosos y de quienes ejercen el poder.
¿Qué es orar? San Agustín responde: Levantar la mente a Dios. Es un vuelo desde la pequeñez de la criatura, hasta la mayor altura, hasta un ser infinito, hasta Dios, amor, misericordia que escucha cuando el hombre le habla.
Es una ascensión de los seres mortales y transitorios a la inmortal vida de Dios en un trato íntimo y familiar.
Santa Teresa de Jesús, la grande, la de Ávila, dice: “No es otra cosa la oración sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”.
La oración es arma poderosa que Dios puso en las manos del hombre.
En la continua enseñanza sobre el valor de la oración, el Señor dice así: “Pedid y se os dará; buscad y hallareis, llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre”.
La oración ha de ser humilde, confiada y permanente.
Recordemos la promesa divina: “Les digo a ustedes todas las cosas que con una oración pidan, crean que las recibirán y ustedes las encontrarán”.