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Gente es gente

Su sentido más común es reconocer que los seres humanos somos imperfectos

     Quizá usted haya escuchado esta expresión: gente es gente, pero ¿qué es lo que quiere decir? Su sentido más común es reconocer que los seres humanos somos imperfectos, y por ello es inevitable tener todo tipo de conflictos. Eso lo sabemos todos, y sin duda alguna, también lo hemos experimentado; es por eso que la Palabra de Dios tiene instrucciones al respecto.

     Alrededor del ministerio del Señor Jesús siempre hubo un nivel de contienda entre las personas: los discípulos con frecuencia disputaban para saber quién de ellos sería el mayor; los maestros de la ley contendían con Jesús acerca de las palabras que decía, y muchos otros buscaban la manera de encontrar una falla, para poder acusarle. Aunado a todo esto, el resto de las personas en los relatos de los evangelios también mostraban conflictos interpersonales: unos querían que Jesús les repartiera la herencia, otros se peleaban por los mejores asientos en los lugares donde Jesús iba a enseñar, y muchos más discutían acerca de lo que pensaban respecto a las enseñanzas del Maestro.

     En medio de todo esto, el Señor nos entrega un oasis de esperanza, para ayudarnos a tratar con la gente que nos rodea y las inevitables imperfecciones

de todos. Veamos lo que Jesús enseñó, en el evangelio de San Mateo 18 15-20.

     Jesús menciona a la otra persona como “el hermano” con quien hay un problema. Sabemos que no se refería solamente al hecho de tener un problema con un pariente (lo cual es muy frecuente), sino que deberíamos considerar a los demás con el mismo valor estimativo que tendríamos con un hermano en la carne. Esto es muy importante, porque si tenemos un problema con alguien a quien no estimamos lo suficiente, entonces tenderemos a dejar las cosas como están, haciendo que el problema dure mucho tiempo, o de plano no se resuelva.

     La primera instrucción es tomar la iniciativa, en el caso de que el otro es el que cometió un error. Jesús espera que nosotros iniciemos el proceso de reconciliación y restauración, a pesar de que es el otro quien se equivocó. Esto va en contra de lo habitual, ya que generalmente las personas esperamos que quien nos ofendió se disculpe, para entonces perdonarle; pero si somos nosotros, los ofendidos, quienes buscamos al ofensor, entonces estamos desarmando cualquier actitud de orgullo en nuestro propio corazón, lo que nos será muy útil para poder restaurar la relación. Esto es tan importante, que Jesús dice que si esto funciona “habremos salvado a nuestro hermano”; pero ¿de qué lo hemos salvado, si nos reconciliamos con él? Pues de que siga en su engaño y tome malas decisiones, o su corazón se contamine por la amargura.

     La segunda instrucción es buscar la ayuda de otros para resolver el problema; es decir, no rendirse si las cosas no están saliendo bien. Buscar la ayuda de otros, nuevamente es una muestra de humildad, ya que al llegar a ese punto, se está reconociendo que el problema no se ha resuelto, pero hay el deseo intenso de hacerlo; por otro lado, también se convierte en un reconocimiento de que no hemos podido resolver la situación, pero aceptamos que otros nos ayuden y hagan ver los puntos ciegos que nos están afectando.

     Hay otras instancias y procedimientos, pero todos tienen el mismo propósito: tratar de rescatar la relación con los demás, no dejando que los problemas terminen con las amistades o enfríen las relaciones. Aunque pudiera tratarse de “problemas entre personas”, a Dios le interesa mucho solucionarlos, al grado que prometió que lo que sucediera en la tierra respecto a las relaciones de las personas, tendría una repercusión en el cielo.

De manera que aunque “gente es gente”, “Dios es Dios”.  

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com    

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