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Fráncfort, de donde vienen (hoy) los libros

Faltan 20 días para que la ciudad se colme de libros, editores, profesionales, estudiantes, maestros y una largo etcétera de personas reunidas en torno a la lectura

GUADALAJARA, JALISCO (08/NOV/2015).- Marcelo da un apretón de manos y también su mejor sonrisa mientras se despide de Stefan, quien enseguida mira el reloj y se apura a recoger papeles, libros y catálogos para moverse de inmediato a otra cita. El trato está hecho. El primero es un agente literario, vive en Argentina y representa a una docena de muy buenos escritores latinoamericanos, envidiables, incluso, por muchas otras agencias en Iberoamérica. Stefan es el director de derechos de una editorial francesa, interesada en traducir y publicar literatura latinoamericana.

Han cerrado un contrato por seis años para la traducción y edición en Francia de una de las novelas más valoradas en Argentina en el reciente lustro.

Lo que seguirá ahora es que Marcelo llamará a su autor para darle la noticia y preparar el cobro por el adelanto. Para Stefan el camino es un poco más largo: notificar al editor, y éste hará lo propio con sus socios, con el traductor y el administrador. Pero nada de esto sucederá hoy, ni mañana, sino al terminar la feria del libro de Fráncfort, ya que estén en Argentina y en París, respectivamente.

Esto sucede en el Hall 6.3, es decir, edificio seis (de seis) nivel tres, donde, sin acceso al público, ni a prensa o a otros curiosos, se reproduce esta escena en cada una de las más de 400 mesas donde apenas caben hojas, catálogos, un botellín de agua y algunos libros apilados.

Un agente (de los casi 700 registrados este año) que ha pagado alrededor de mil euros sólo para tener derecho a la mesa, tiene alrededor de 10 citas diarias, durante tres días, que ha agendado al menos con seis meses de anticipación. Sin contar lo que negocia durante sus almuerzos, comidas, cenas y, desde luego, en las fiestas, que son otra feria paralela (de la que hablaremos después). Imposible tratar de concretar una reunión más, de pedir un espacio con otro editor, ambos lo saben. Las agendas están llenas. Marcelo, por su parte, con su docena de autores tiene la mitad de citas, pero no por eso es menos intensa “su” feria.

Pero, ¿para qué sirve una feria?

Aunque no parezca, las ferias de libro son más que fiestas interminables, cocteles y hogueras de vanidades. Estamos a unos días de que una parte de la gente de Guadalajara se olvide de las fiestas de octubre y su palenque, del festival del mariachi y de la romería. Entonces #todossomoslectores se vuelve más que un hashtag, porque a #todosnosgustaparecerlectores, y este año ya se calientan motores para recibir a la legión que encabezan Irvine Welsh y Salman Rushdie.

Guadalajara vibra desde la Expo con una feria reconocida y esperada por diversos profesionales del sector editorial, esencialmente de Iberoamérica, pero también por escritores, promotores de lectura, profesores, bibliotecarios, melómanos, edecanes, robalibros, preparatorianos, en sí, por la gente. Y eso sólo se ve en pocos sitios.

En contraparte, la feria de Fráncfort renueva su propia trascendencia cada año, cada octubre. Tiene 270 mil visitantes, pero, a diferencia de otras ferias, como la de Guadalajara (que registra más de medio millón cada año) en la de Alemania la mitad de quienes ingresan son profesionales del libro, es decir, agentes literarios, scouts, editores, distribuidores, libreros y una parte menor de funcionarios y autores. La otra mitad, es decir, poco más de 100 mil personas, son público, principalmente lectores y cosplayers de Fráncfort, que utilizarán los únicos dos días que está abierta la feria para aprovechar la venta de libros que agentes y editores extranjeros usaron (para hacer tratos o exhibir como catálogo) y que el fin de semana dejarán a remate, cansados de jornadas de 15 horas durante tres días, pero, generalmente contentos o, al menos esperanzados, por sus negociaciones.

Este año Fráncfort recibe a Indonesia como invitado de honor, no sólo por su cultura, sus islas y escritores. Asia es un mercado editorial del que nadie se quiere perder su tajada y Alemania es puerto de convergencia para todos. Estar aquí ilusiona y avasalla por igual. Tanto al visitante asiduo como al novato. Se les nota en la cara. Y es que el libro es una industria, y una muy sólida. Además del Hall 6.3, hay que mencionar lo que se negocia en los stands de cada editor participante, segmentados por rubros: libros internacionales, de gastronomía, de religión, manga y un larguísimo etcétera.

Sin mencionar los stands de agencias (como la mítica Willey) o los eternos pabellones de Random o Suhrkamp, quienes, por ejemplo, se las ingenian para mostrar las más de 250 novedades que publicaron en el último año, con algunas tiradas de hasta 500 mil ejemplares. Europa lee, queda claro, y lee mucho, algo acorde a sus prioridades, necesidades y condiciones socioeconómicas.

Viva México

El stand de México nos refleja mucho, dice todo de lo que somos: es creativo, diferente, contemporáneo y artesanal, apreciado por su diseño y su gente; pero también es sectario y de visión limitada, si bien nos representan muchas caras y proyectos tan conocidos como fundamentales (como el FCE, la FIL, la Caniem, el Conaculta...) también asombra a propios y extraños encontrarse páneles dedicados a las secretarías de la Defensa Nacional o de Comunicaciones y Transportes, atendidos por ¡militares! uniformados, sin espacio o representación para algunas de las más de doscientas editoriales (de literatura) registradas en nuestro país actualmente, mientras otros sellos como Sexto Piso o Trilce se las ingenian para viajar por su cuenta.

Carlos López de Alba

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