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Fidelidad y prudencia

Cada uno tiene ese espacio llamado vida, como oportunidad y preparación para ganar la otra vida, la eterna

     El mensaje en este domingo décimo noveno ordinario del año, es continuación del contenido en el domingo pasado. La enseñanza entonces fue no apegar el corazón a las cosas materiales, tema muy actual en este siglo enfermo de materialismo.

     Ahora continúa el Maestro su enseñanza con la visión más amplia: cada hombre tiene a su disposición no solamente bienes materiales, sino además otros muchos bienes, como son el tiempo, la salud, el talento o inteligencia, las disposiciones para las artes o las ciencias, las oportunidades, las amistades y una incontable cadena de elementos --para unos más, para otros menos-- de que dispone cada ser humano en su tránsito, su paso en este espacio llamado vida, único, exclusivo e irrepetible para cada uno.

     Para Dios, creador y conservador, no existen multitudes, ni se pueden perder los humanos en una informe masa, porque cada uno es hechura de su mano, a cada uno lo ha creado a su imagen y semejanza, y lo ama y lo conoce individuamente; lo conoce mejor que el conocimiento que el hombre pueda tener de sí mismo.

     Cuando San Agustín a los treinta y tres años de su vida encontró a Dios, y en su libro “Las Confesiones” da testimonio de ese encuentro que le llevó a un nuevo estilo de vivir, le dice: “Tú me conocías desde el seno de mi madre, tú me amabas, y yo no te conocía y no te amaba”.

     Cada uno tiene ese espacio llamado vida, como oportunidad y preparación para ganar la otra vida, la eterna. Para ese fin el cristiano vive la fe, y con la fe, la esperanza, virtud siempre con la mirada puesta no en el presente visible, sino en un futuro invisible: en el encuentro definitivo con Dios.

     Mas para ese encuentro, Jesús, el Maestro, desea el mayor bien para cada uno, y por eso indica:  

“Estén preparados,...

“...tengan puesta la túnica y encendida la lámpara”. Se puede interpretar esta frase del Maestro, en los dos valores para llegar a la presencia de Dios: puesta la túnica --no llegar desnudos de obras buenas-- y con la luz de la fe. “Fe y obras” fue una de las banderas de la verdadera reforma en el Concilio de Trento (1545-1965), en respuesta a la postura de Martín Lutero, predicador de la protesta y sostenedor de su falsa doctrina de que la fe sola salvaba. “La fe sin obras está muerta”, ha enseñado la Iglesia, porque era y es el mensaje de Cristo divulgado por San Juan: “El que dice que le conoce y no guarda los mandamientos, miente y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en ese la caridad de Dios es verdaderamente perfecta” (1a. Juan 2, 5)        

     Y el apóstol Santiago: “¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir ‘yo tengo fe’, si no tiene obras? ¿Podrá salvarlo la fe? Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano y alguno de ustedes le dice: ‘Vayan en paz, que puedan calentarse y alimentarse’, pero no les da con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho les rendirá? Así también la fe, si no tiene obras es de suyo muerta” (Stg. 2, 15-17).

     Un poeta mexicano, Luis G. Urbina, escribió un poema titulado “La Visita”:

“Ha de venir. Vendrá.
¿Cuándo? No sé. Muy pronto.
Escucho ya su voz remota
y sus pisadas oigo.

“Abre la puerta, alma, que no tenga
que llamar, y que esté dispuesto todo:
apagado el fogón, limpia la casa
y el blanco cirio de la fe, en el fondo.

“Ha de venir. Vendrá. Calladamente
me tomará en sus brazos. Así como
la madre al niño que volvió cansado
de correr bosques y saltar arroyos.

“Yo le diré en voz baja: ‘bien venido’.
Y sin miedo, ni asombro,
me entregaré al Misterio,
pensaré en Dios y cerraré los ojos”.  

“Dichosos aquellos
a quienes su Señor, al llegar,
encuentre en vela”

     Con tres breves parábolas el Señor ilustra el único tema: todos y cada uno, en ese encuentro, han de rendir cuentas, porque no fueron dueños, sólo administradores de los bienes recibidos en su espacio temporal llamado vida.

     En este siglo XXI abundan las tentaciones y le es difícil al hombre estar firme en lo que es válido y verdadero para siempre. La falta de confianza en las ideologías, en los grandes sistemas, en los engaños de la política y la publicidad, hacen escépticos a los jóvenes y a muchos adultos. Muchos más viven a la deriva, sin esperanza y desesperados. Viven al día. Viven a lo inmediato: de un campeonato mundial de futbol, de un desfile de modas, de una nueva película de un nuevo estadio. Ya no saben dónde poner su corazón. En medio de esa situación errática, sólo quieren disfrutar del momento y buscan respuesta a una circunstancia fugaz. Son creencias de reemplazo, tesoros de suplencia. Mas en el fondo se percibe una gran insatisfacción.

Cristo claramente señala el camino: “Acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba. Allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla”.

Premio o castigo

     Los criados de la primera breve parábola y el buen administrador referido en la segunda, fueron merecedores de elogio de parte de Cristo por dos virtudes: fidelidad y prudencia.

     La fidelidad es un signo de madurez; es libre, es creativa, pero implica un compromiso; se compromete el cristiano por Cristo, como supremo valor y único guía. Es un gran amor: el amor hasta el extremo de los mártires, el amor callado de las vírgenes, de los pastores, de los fieles anónimos incapaces de fallar, de decir un no, cuando se han comprometido a un continuado sí al Señor.

     Muchos en la Iglesia han sido infieles, porque los hombres, como libres, son frágiles y pecadores; en cambio, muchos más han luchado y siguen luchando por permanecer fieles.

     La prudencia, que según Aristóteles es “recta ratio agibilium” --y en lengua romance significa “la recta razón de las obras”--, enseña al hombre a distinguir lo bueno de lo malo, el bien del mal, la verdad de la mentira. Es un entendimiento práctico para ordenar rectamente las acciones de la vida. Para los cristianos, es una de las cuatro virtudes cardinales que, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza, son pilares de la vida del hombre digno de llamarse hombre.

     Los que han vivido con prudencia cristiana y han guardado fidelidad al Señor, ellos han recibido el elogio del Señor.

“Al que mucho se le da,
se le exigirá mucho”


     La tercera parábola es el castigo para el administrador infiel. Se le dio mucho y se olvidó de su oficio de administrador e hizo mal uso de los muchos bienes a él encomendados; por eso fue merecedor de castigo.

     El motivo dominante de las tres parábolas es la espera vigilante, y es para avivar la mentalidad de ser “gente de viaje” del hombre, peregrino, caminante hacia su destino eterno, y su comportamiento ha de ser de fe, esperanza, prudencia y fidelidad.

     Esta raza de creyentes, con su peregrinación incesante nos transmite un mensaje fundamental: esta etapa llamada vida no es morada permanente.

José R. Ramírez

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