Suplementos
''Esos mañosos, viejos conocidos''
En Michoacán, en cada pequeño pueblo, no falta quien tenga una relación parental con los delincuentes
GUADALAJARA, JALISCO (04/AGO/2013).- Sobre la cabecera de su cama, en la pared de abobe, aún se observa los gruesos hoyos de tres balas de una Ak-47, justo al lado de un viejo y polvoriento crucifijo de madera.
Los proyectiles del “cuerno de chivo” que entraron a su cuarto esa calurosa madrugada del 5 de junio, mientras Sebastián Álvarez dormía junto a su mujer, de puro milagro no fueron a dar a sus cabezas.
El estruendo lo levantó de un brinco, y luego ordenó a todos en la habitación que se metieran bajo la cama o se pusieran detrás del ropero.
Ese día, de la nada se desató el demonio en Chinicuila y vomitó al día siguiente tres cadáveres, entre ellos un jovencito de 13 años, arrojados desnudos y con el tiro de gracia en la nuca, justo en un predio abandonado, a unos pasos de la casa de Sebastián y su familia.
“Los malditos pasan rafagueando todo y no les importa si adentro hay niños, mujeres o ancianos, sólo pasan como locos haciendo sus maldades y uno no puede hacer otra cosa más que encomendarse a la Virgen”, se queja Mirella, la mujer de Sebastián que renovó su fe aquel día.
Chinucuila está ubicado en uno de los extremos más remotos de Michoacán, en la orilla que dobla la esquina con el Estado de Colima, en una de las partes más altas de la intrincada Sierra Madre del Sur y en su geografía dispersa, lo que abundan son los caseríos llenos de pobreza.
—Qué casualidad— se ríe el presidente municipal de Chinicuila, Justo Humberto Villa Cerrillos, un hombre bajito y moreno, de cabeza cuadrada que sonríe todo el tiempo. “¿Usté sabe que el nombre completo de mi pueblo es: Chinicuila del Oro, Villa Victoria?”
—No, no sabía, presidente— le respondo y suelta una carcajada irónica porque después me comenta que la única riqueza que hay en ese lugar “es el oro que traen las muchachas en los aretes, y eso, dice, de dudosa calidad”.
Los hombres y una que otra mujer del Chinicuila, como en Coalcomán, Aguililla, Tepalcatepec, Buenavista Tomatlán y los pueblos cercanos de la zona serrana del Estado, que colindan con Jalisco, Colima y Guerrero, decidieron levantarse de manera formal y desde principios de este año en autodefensas colectivas y quitarle el control de la fuerza a la Policía formal.
“La gente de aquí vivimos desde hace años —dice Sebastián Álvarez— con el Jesús en la boca pensando en que cualquier día de estos moriremos a manos de Los Caballeros Templarios o de cualquier otro mañoso, (como llaman ellos a los miembros de las mafias), con un tiro en medio de la frente, como los chamaquitos que le cuento”.
“Los muertitos de ese día, no son de aquí, son de un pueblo cercano, ya casi para llegar a Coalcomán, pero al muchacho de 13 años sí lo conocía mi hijo, el más grande, porque iba con él a la secundaria”.
Una a una se van sucediendo durante la plática las anécdotas de quienes aseguran haberse enterado recientemente, que el hermano de fulano, el tío de zutano o no pocas veces hasta el primo, el hermano y la comadre anda metida en el ajo del crimen organizado, casi siempre por razones de dinero, pero también hay quien lo hace por el mero gusto de saber que tiene el poder en sus manos, a veces, la vida del otro.
***
Hay dos hechos en la vida de Diego Marín que le causan hasta la fecha unas pesadillas tremendas y que asegura son la fuente también de la migraña crónica que padece desde hace unos meses.
La primera fue cuando lo secuestraron en La Barca, Jalisco, y pasó días con los ojos vendados con un trapo sucio que le provocó a la postre una infección en la conjuntiva, que tardó meses en sanar; la otra ocasión fue cuando al poco tiempo de ese hecho mataron a su padre, un viejo de casi 70 años, que regresaba a su casa por la tarde después de cerrar el negocio familiar.
En ambos casos, Diego está convencido que lo hizo gente que los conoce muy bien y por eso ahora desconfía de todos con los que habla, hasta de sus propios parientes.
Cuando mataron a su padre, de tres balazos en el pecho, delante de su madre, Diego iba llegando a su casa y alcanzó a reconocer en uno de los dos asesinos un par de botas, porque habían sido de él, y también notó un caminar familiar.
Durante el secuestro al que sobrevivió, recuerda como en aquella oscuridad oía la voz de alguien que jura fue su mejor compañero de juegos en la infancia, que comía en su misma casa y de su mismo plato, que se emborrachó con él por primera vez y hasta le disputó, las mismas novias en la secundaria.
Diego apunta sin reparo a su primo-hermano Miguel Marín, “El Corrio” —quien un día cualquiera, dice, empezó a codiciar la ropa, el dinero, el carro y las mujeres—. Diego tenía la suerte de haber nacido en el seno de una familia del pueblo, que forjó una pequeña fortuna comerciando telas en el municipio de Vista Hermosa, Michoacán, que colinda con Jalisco.
Miguel “El Corrio”, su apodo desde chico, nació del otro lado de la calle y hasta podría decirse que con mala estrella.
“Sus padres siempre han sido muy pobres, pero también muy orgullosos, nunca quisieron trabajar en la tienda de mi padre, porque decían que no les pagaban lo que ellos querían y que mi familia le había robado la herencia que les dejó el abuelo.
“Ellos dicen que mi papá le robó la herencia, pero eso no es cierto” se defiende, Diego. “El Corrio” se metió con los mañosos porque quiso, porque nunca le gustó la escuela ni tampoco trabajar, porque cuando uno nace torcido, no hay ni como regresar”.
Diego no denunció el secuestro. Sólo sabe que salió vivo, que no lo torturaron porque la voz conocida negociaba para que sólo lo golpearan y le dieran de vez en cuando algo de comer, y que aquella voz familiar también fue la que les dijo a los secuestradores cuánto pedir y dónde recoger el millón y medio que le arrebataron a su familia.
Sólo en la declaración ministerial de la investigación de la muerte de su padre, Diego se atrevió a solicitar que investigaran también hasta a sus propios hermanos como presuntos implicados en la autoría intelectual del asesinato.
“El Corrio”, al igual que Diego, sigue viviendo en Vista Hermosa, pero ahora trae consigo una camioneta roja Ford Ranger, nuevecita, que pasea a cada rato frente a la tienda de su primo, quemando llanta.
También se ha conseguido una novia de Jalisco y carga en el cinto una .9 milímetros. En el pueblo dicen que pertenece al Cártel Nueva Generación de Jalisco, que es uno de los que pretende disputar la plaza de ese lado a Los Caballeros Templarios.
Ya no habla con Diego y su familia y, más de una madrugada, oye muy cerca de su casa cómo Miguel y sus amigos avientan tiros, lanzan amenazas y les dedican narcocorridos de Alfredo Ríos, el cantante mejor conocido como “El Komander” que los narcos han tomado ahora como su juglar.
Los proyectiles del “cuerno de chivo” que entraron a su cuarto esa calurosa madrugada del 5 de junio, mientras Sebastián Álvarez dormía junto a su mujer, de puro milagro no fueron a dar a sus cabezas.
El estruendo lo levantó de un brinco, y luego ordenó a todos en la habitación que se metieran bajo la cama o se pusieran detrás del ropero.
Ese día, de la nada se desató el demonio en Chinicuila y vomitó al día siguiente tres cadáveres, entre ellos un jovencito de 13 años, arrojados desnudos y con el tiro de gracia en la nuca, justo en un predio abandonado, a unos pasos de la casa de Sebastián y su familia.
“Los malditos pasan rafagueando todo y no les importa si adentro hay niños, mujeres o ancianos, sólo pasan como locos haciendo sus maldades y uno no puede hacer otra cosa más que encomendarse a la Virgen”, se queja Mirella, la mujer de Sebastián que renovó su fe aquel día.
Chinucuila está ubicado en uno de los extremos más remotos de Michoacán, en la orilla que dobla la esquina con el Estado de Colima, en una de las partes más altas de la intrincada Sierra Madre del Sur y en su geografía dispersa, lo que abundan son los caseríos llenos de pobreza.
—Qué casualidad— se ríe el presidente municipal de Chinicuila, Justo Humberto Villa Cerrillos, un hombre bajito y moreno, de cabeza cuadrada que sonríe todo el tiempo. “¿Usté sabe que el nombre completo de mi pueblo es: Chinicuila del Oro, Villa Victoria?”
—No, no sabía, presidente— le respondo y suelta una carcajada irónica porque después me comenta que la única riqueza que hay en ese lugar “es el oro que traen las muchachas en los aretes, y eso, dice, de dudosa calidad”.
Los hombres y una que otra mujer del Chinicuila, como en Coalcomán, Aguililla, Tepalcatepec, Buenavista Tomatlán y los pueblos cercanos de la zona serrana del Estado, que colindan con Jalisco, Colima y Guerrero, decidieron levantarse de manera formal y desde principios de este año en autodefensas colectivas y quitarle el control de la fuerza a la Policía formal.
“La gente de aquí vivimos desde hace años —dice Sebastián Álvarez— con el Jesús en la boca pensando en que cualquier día de estos moriremos a manos de Los Caballeros Templarios o de cualquier otro mañoso, (como llaman ellos a los miembros de las mafias), con un tiro en medio de la frente, como los chamaquitos que le cuento”.
“Los muertitos de ese día, no son de aquí, son de un pueblo cercano, ya casi para llegar a Coalcomán, pero al muchacho de 13 años sí lo conocía mi hijo, el más grande, porque iba con él a la secundaria”.
Una a una se van sucediendo durante la plática las anécdotas de quienes aseguran haberse enterado recientemente, que el hermano de fulano, el tío de zutano o no pocas veces hasta el primo, el hermano y la comadre anda metida en el ajo del crimen organizado, casi siempre por razones de dinero, pero también hay quien lo hace por el mero gusto de saber que tiene el poder en sus manos, a veces, la vida del otro.
***
Hay dos hechos en la vida de Diego Marín que le causan hasta la fecha unas pesadillas tremendas y que asegura son la fuente también de la migraña crónica que padece desde hace unos meses.
La primera fue cuando lo secuestraron en La Barca, Jalisco, y pasó días con los ojos vendados con un trapo sucio que le provocó a la postre una infección en la conjuntiva, que tardó meses en sanar; la otra ocasión fue cuando al poco tiempo de ese hecho mataron a su padre, un viejo de casi 70 años, que regresaba a su casa por la tarde después de cerrar el negocio familiar.
En ambos casos, Diego está convencido que lo hizo gente que los conoce muy bien y por eso ahora desconfía de todos con los que habla, hasta de sus propios parientes.
Cuando mataron a su padre, de tres balazos en el pecho, delante de su madre, Diego iba llegando a su casa y alcanzó a reconocer en uno de los dos asesinos un par de botas, porque habían sido de él, y también notó un caminar familiar.
Durante el secuestro al que sobrevivió, recuerda como en aquella oscuridad oía la voz de alguien que jura fue su mejor compañero de juegos en la infancia, que comía en su misma casa y de su mismo plato, que se emborrachó con él por primera vez y hasta le disputó, las mismas novias en la secundaria.
Diego apunta sin reparo a su primo-hermano Miguel Marín, “El Corrio” —quien un día cualquiera, dice, empezó a codiciar la ropa, el dinero, el carro y las mujeres—. Diego tenía la suerte de haber nacido en el seno de una familia del pueblo, que forjó una pequeña fortuna comerciando telas en el municipio de Vista Hermosa, Michoacán, que colinda con Jalisco.
Miguel “El Corrio”, su apodo desde chico, nació del otro lado de la calle y hasta podría decirse que con mala estrella.
“Sus padres siempre han sido muy pobres, pero también muy orgullosos, nunca quisieron trabajar en la tienda de mi padre, porque decían que no les pagaban lo que ellos querían y que mi familia le había robado la herencia que les dejó el abuelo.
“Ellos dicen que mi papá le robó la herencia, pero eso no es cierto” se defiende, Diego. “El Corrio” se metió con los mañosos porque quiso, porque nunca le gustó la escuela ni tampoco trabajar, porque cuando uno nace torcido, no hay ni como regresar”.
Diego no denunció el secuestro. Sólo sabe que salió vivo, que no lo torturaron porque la voz conocida negociaba para que sólo lo golpearan y le dieran de vez en cuando algo de comer, y que aquella voz familiar también fue la que les dijo a los secuestradores cuánto pedir y dónde recoger el millón y medio que le arrebataron a su familia.
Sólo en la declaración ministerial de la investigación de la muerte de su padre, Diego se atrevió a solicitar que investigaran también hasta a sus propios hermanos como presuntos implicados en la autoría intelectual del asesinato.
“El Corrio”, al igual que Diego, sigue viviendo en Vista Hermosa, pero ahora trae consigo una camioneta roja Ford Ranger, nuevecita, que pasea a cada rato frente a la tienda de su primo, quemando llanta.
También se ha conseguido una novia de Jalisco y carga en el cinto una .9 milímetros. En el pueblo dicen que pertenece al Cártel Nueva Generación de Jalisco, que es uno de los que pretende disputar la plaza de ese lado a Los Caballeros Templarios.
Ya no habla con Diego y su familia y, más de una madrugada, oye muy cerca de su casa cómo Miguel y sus amigos avientan tiros, lanzan amenazas y les dedican narcocorridos de Alfredo Ríos, el cantante mejor conocido como “El Komander” que los narcos han tomado ahora como su juglar.